La revolución de los pies

En plena «belle époque», el asunto del baile se enfocaba con la lente de la moral. La suspicacia se convirtió en escándalo con danzas como la de los apaches


Redacción / la Voz

«Vivimos en un baile perpetuo. La revolución triunfante ahora es la revolución de los pies». Venía advirtiéndose desde finales del XIX. A la gente le había entrado la manía de bailar. De bailar «de tres de la tarde a seis de la mañana». Una crónica llegada desde Madrid en 1883 describía un salón como «un tren de recreo con vagones de primera, de segunda y de tercera clase, pero todos malos». Un desafío a la moral: «Se baila chulo y se habla en insultos y se enamora en groseras frases. Después de la galantería inculta está la bofetada. Después de la bofetada, la navaja. Allá en lontananza [...], tal vez la ominosa cadena de un presidio».

Lo cierto es que la reyerta era habitual pareja del baile. No solo en la capital. Uno de mil ejemplos: «En una verbena [...] en Brión, sostuvieron una acalorada disputa Juan Sueiro y José Ramos con Serafín Jinza y Eusebio Castiñeiras. Se agredieron, resultando de la contienda heridos los dos primeros, de arma de fuego y blanca, respectivamente [...]. Los autores de las heridas desaparecieron [...]. Sospéchase si habrán logrado huir a América del Sur desde Villagarcía».

Así estábamos cuando hubo noticia de una «danza de los apaches» en Francia, con visos de ser importada para avivar el escándalo. El apachismo era el underground (y la delincuencia) del momento en la Ciudad de la Luz. Y saltó de la pista de baile a los escenarios. «París tiene la adoración de sus apaches, como nosotros tenemos la de nuestros bandidos. Esos personajes siniestros del hampa parisién, explotadores de mujeres, ladrones por vicio, asesinos por sport, son temidos y admirados al mismo tiempo por los buenos burgueses». Su vertiente cultural podía verse «en los music-hall, en los cabarets, en todos los teatros de perversa alegría de París». La danza de los apaches hacía furor. «Pronto la representará en uno de los teatros de Madrid -¡cómo nos vamos europeizando!- la artista rusa Truchanowa».

¿Qué tenía de particular el nuevo baile? De los periódicos franceses recogía La Voz que se trataba de «una danza siniestra y brutal, en la que las parejas se acarician unas veces y se golpean otras, mezclando los besos y las patadas». El apache, «excitado por el vértigo del baile, golpea tan fuertemente a su compañera que la hace llorar de dolor [...]. Otras veces la mujer no llora, y arremete furiosa contra su compañero, devolviéndole golpe por golpe, bofetada por bofetada, en heroico pugilato. La lucha suele terminar con sangre». «El público se degrada y se prostituye, y siente cada vez más la necesidad de lo malo. Es esto un caso de perversidad moral, que ha llegado a asustar a los que todavía son capaces de asustarse [...]. París ha perdido la cabeza y se la va a hacer perder al resto de Europa».

«La derrota del agarrao»

Hubo intentos de ponerle freno. En la histórica columna Con letra del siete, que solía salir de la pluma de Villar Ponte, se comentaba en 1913 La derrota del agarrao exótico en Dinamarca. «Íbamos camino de aceptar sobre la marcha la danza de los apaches, o, cuando menos, el tango andaluz transformado en una de sus múltiples apariencias [...] que andan en boga por los salones parisienses [...]. Es el caso que Dinamarca ha dado el primer paso -y no coreográfico, ciertamente- en la reacción contra los modernismos atrevidos [...]. Los compatriotas de Hamlet están desesperados. Ni tango, ni boston, ni one, ni two-step. Todo ha sido proscrito del reino danés».

También en Galicia hubo épocas de veda. «Los guardias de seguridad y del municipio velaron por el cumplimiento de la prohibición del agarrao. Hubo, sin embargo, en los portales, parejitas que, aprovechando los descuidos de los agentes, disfrutaban bailando».

Pero el baile francés salió triunfante durante una buena temporada, aunque solo como espectáculo en los teatros. «Las hermanas Heliet, que debutaron en el Pabellón Lino [coruñés], obtuvieron un éxito franco [...]. En la danza de los apaches, de la cual hacen una verdadera creación, fueron calurosamente ovacionadas. Es este un número fino, agradable y entretenido que merece ser visto».

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