Redacción / la Voz

Que el cabo Jordán no era un flojo ya lo sabían bien los vecinos de Leganés. Tres años antes de la hazaña que lo elevó a héroe nacional, los periódicos de la capital alabaron su arrojo durante un incendio que devoró una finca en la localidad madrileña. Los soldados de los regimientos Wad Ras y Covadonga, acuartelados en las inmediaciones del lugar en el que se declaró el fuego, acudieron raudos a prestar ayuda y consiguieron sofocarlo. Los lugareños rogaron a la prensa que hiciese constar en sus informaciones el valor de Jordán, que, «animando a los soldados -decía un diario-, se metió en el sitio de mayor peligro, rodeado de llamas por todas partes y expuesto a cada instante a quedar abrasado».

Esto ocurría en 1894. En 1897 su nombre saltaba a las primeras páginas, y en la edición del 22 de junio de La Voz empezaba a dibujarse su biografía. Ourensano, «nacido en la plaza del Corregidor y bautizado en la parroquia de Santa Eufemia del Centro, Salvador Jordán y Doré, hijo de un músico mayor de la fragata Villa de Bilbao», heredó de su padre la carrera militar y la melomanía. Aquel año, cuando aún seguía siendo un simple cabo, se encontraba en Filipinas «al frente del destacamento de Las Nieves, compuesto de 15 soldados tiradores de la columna de operaciones del Agusan (islas Visayas)».

El 6 de abril «se presentaron los insurrectos, en número considerable -algunas fuentes hablan de varios centenares-, a las tres de la madrugada [...] con el propósito de sorprenderlos y hacerlos prisioneros». Jordán, «al oír el fuego de fusilería en las inmediaciones del fuerte», reunió a su tropa, «todos filipinos», y lanzó una arenga. «Tenemos que vencer o morir: si notáis en mí alguna vacilación, os autorizo para matarme».

Machetazo en la oreja

El cabo se puso al frente de su pequeña orquesta. «Colocó cinco soldados en la débil fortaleza y diez en la trinchera, y unas veces con el Mauser y otras con la bayoneta sostuvo durante algunas horas la casa cuartel e impidió, con disparos certeros, la entrada en el pueblo de la fuerza insurrecta». Durante la refriega, los tagalos perdieron seis hombres «y se llevaron heridos en abundancia». Jordán, «siempre en el puesto de mayor peligro, resultó con un machetazo en una oreja».

«Admira que ese puñado de héroes haya podido detener y ahuyentar a tantos insurrectos, ávidos de sangre y exterminio; admira que un joven de tan pocos años, sin pelo de barba [...], haya dirigido con sin igual pericia un fortín de la patria española. Jordán luce sobre su guerrera de rayadillo tres cruces rojas, estaba ya propuesto para sargento por anteriores acciones y ahora se está formando juicio contradictorio para darle la cruz laureada de San Fernando [...]. ¡Que la patria recompense la bizarría del destacamento y la dirección acertadísima del cabo Jordán!». En efecto, la acción le valió al militar ourensano una cruz de San Fernando de primera clase, que le fue entregada en 1904, cuando había alcanzado el grado de segundo teniente. «La concesión es justa recompensa a su valor en el campo de batalla», decía La Voz.

Terminadas la contienda contra los independentistas filipinos y la inmediata guerra con Estados Unidos, Jordán regresó a España y pasó a la reserva. En 1906 fue destinado al regimiento de Murcia y ascendió a primer teniente de infantería, justo antes de recibir una cruz de primera clase del Mérito Militar.

Marcha fúnebre

En agosto de 1909, tras el desastre sufrido por las tropas españolas a manos de los rifeños en el barranco del Lobo, en las inmediaciones de Melilla, Salvador Jordán fue enviado allí con el Regimiento del Rey. Algunas fuentes dicen que la visión de la recogida de los cadáveres tras la batalla le inspiró la única composición musical que se le conoce, la marcha fúnebre La lágrima de un poeta.

Tras su repatriación, se dedicó a la escritura y al periodismo, e incluso fue coautor del libreto de una zarzuela.

Su necrológica en La Voz la escribió el corresponsal en Vigo. Era un texto breve que apareció el 12 de octubre de 1929. Decía así: «Hoy falleció el bizarro capitán de infantería don Salvador Jordán. El valeroso militar, que gozaba de muchas amistades, hallábase condecorado con la cruz laureada de San Fernando».

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El penúltimo gallego de Filipinas