Una entrevista de altos vuelos

Léonce Garnier es el aviador de moda, por sus acrobacias y por haber creado un conflicto histórico entre Vigo y Pontevedra. Un periodista lo asalta en su hotel


Con la aviación nació una nueva clase de caballeros andantes (o volantes), mitad estrellas de cine, mitad acróbatas circenses. Se dedicaban a exhibir su dominio de los cielos allá donde les pagaban y, a veces, en lugar de desfacer entuertos, actuaban de detonante. Eran la atracción de las fiestas de postín. O había aviones, o la celebración no pasaba de la categoría de verbena de pueblo.

Tal era el ansia de los ayuntamientos por ofrecerles el nuevo espectáculo a los vecinos que Vigo y Pontevedra traspasaron las fronteras de la rivalidad. En el ojo del huracán, un francés, Léonce Garnier. La Voz presentaba así el problema: «He ahí dos ciudades hermanas que riñen y se arañan violentamente disputándose los favores de un hombre-pájaro, como si del instante que media entre el arranque de la máquina voladora y el aterrizaje dependiese la felicidad político-administrativa de un pueblo». La cuestión era que Garnier «se había comprometido a realizar [...] pruebas de aviación en Vigo [...] cuando supo que no podían hacerlo [...] Mauvais y Loygorri, primeramente contratados».

El gobernador y el ministro

Pero «enterados del compromiso los pontevedreses, hicieron gestiones encaminadas a impedir que en Vigo pudiese celebrarse la fiesta que el público esperaba con ansia». El gobernador de la provincia envió a la estación de Redondela «a un oficial del Gobierno acompañado de una pareja de Seguridad, para impedir que Garnier viniese a Vigo».

El resultado fue que en la ciudad «se organizó una manifestación numerosísima que se dirigió a la casa consistorial con objeto de pedir que dimitiese la corporación municipal. Reunida esta, acordó acceder [...], como cuestión de dignidad». Tuvo que mediar el ministro de la Gobernación, que telegrafió al gobernador y al alcalde, «ordenándoles procuren dar solución al conflicto [...], con objeto de que el aviador Garnier pueda volar en ambas poblaciones». Pero solo hubo vuelo en Pontevedra.

Los ánimos estaban excitados. «Llegó a calificarse de traidores, así, en redondo, a cuantos desde Vigo fuesen a los toros a Pontevedra. Pero como unos 200 se lanzasen decididos al viaje, ¡no fue silba la que aguantaron los infelices a su regreso a casa! O silbas, porque ya en Redondela les habían vuelto locos los pitos, y tuvo que acudir la Guardia Civil para defenderles».

Pocos días después, un periodista de La Voz dio con el aviador en A Coruña, donde iba a ofrecer uno de sus espectáculos. «Ayer nos dijeron que Garnier estaba en el Hotel de Francia [...], y merece una interviú. Nos recibió sin etiquetas, con [...] la camisa arremangada».

La interviú

El reportero se mete en harina:

«-¿Pero qué fue eso? ¿Qué tremolina llevó usted a Vigo?

»-¡Yo no tengo la culpa, señor!

En mi contrato no se hablaba más que de Pontevedra. No se decía ni una palabra de Vigo.

»-¿Y entonces?

»-... Yo calculé más tarde que tenía tiempo para volar en Vigo antes de ir a Pontevedra, y acepté ir allí cuando me ofrecieron cinco mil pesetas [...].

»-¡Eso se llama acreditar la marca, Garnier!

»-Sí, pero...

»-¿Qué?

»-No sabía lo que ocurría mientras tanto. El Sr. Marcelino Vázquez, concejal pontevedrés, se encontró en Madrid con el Sr. Carcassonne, agente y representante en estas cosas de aviación, y hablaron [...]. Y así fue -prosiguió Garnier- que el Sr. Vázquez, de acuerdo con mi apoderado, añadió en el acto al contrato la cláusula de que solo podía volar en Pontevedra [...].

»-Pagarían más...

»-¡Oh, no, no! Y no fui a Vigo. Yo lo he sentido mucho.

»-¿Lo del pago?

»-Lo del vuelo. Pensaba ir por los aires desde Vigo a Pontevedra o viceversa.

»-Muy bonito, para estrechar los consabidos lazos. Puede usted ir desde aquí, llevando el ramito de oliva».

Durante la charla, el aviador está acompañado por su esposa. El periodista le pregunta:

«-¿Y usted se asusta mucho cuando se remonta?

»-¡Oh, qué horror!

»Se cubrió el rostro con las manos de azucena. Hay en su terror mucho de infantil, pero como también recarga las erres, resulta trágico».

«La tea de la discordia»

Entonces explicó que en Pontevedra querían que al año siguiente su esposo volviese a volar allí, «y hasta por que se apreste a un raid.

»-¿Hasta Vigo?

»-Jamás. Piden que el raid sea de Pontevedra a Santiago, y de Santiago a La Coruña.

»Hemos sentido pánico. Cerrando los ojos nos pareció ver a Garnier [...] hendiendo los aires como un ser fantástico, una mano en el volante [...], otra mano agitando la tea de la discordia sobre Galicia [...]. Y hemos contestado dignos:

»-Basta, señora. Eso no será. La Coruña no puede fomentar el boicottage aéreo».

Entonces, la mujer muestra una fotografía: su esposo con las autoridades de Pontevedra.

«-¡Por Dios, que no vean esta postal en Vigo!

»-Ya no hay cuidado.

»-¿Cómo?

»-Van a hacer una plaza de toros para fastidiar a Pontevedra».

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