Rakú, el pequeño japonés invencible

El célebre profesor de la «sensacional lucha jiu-jitsu», de gira por Galicia, arrasa en los teatros. Quinientas pesetas para quien consiga derrotarlo


Redacción / la Voz

Viernes, 8 de enero de 1909

«Pese á su apariencia menguada, á sus lentes de oro cabalgando sobre la naricilla y á su color enfermizo, es un terrible luchador». Rakú era también una celebridad. Sus combates habían convertido en espectáculo de masas «el difícil ejercicio de destreza que se denomina ‘‘jiu jitsu’’». Lo atestiguaban los telegramas que llegaban desde Madrid: «En el Circo de Parish luchó hoy el japonés Rakú con el inglés Themill [...]. La entrada fué colosal y los precios carísimos».

No extraña que su paso por Galicia fuese un acontecimiento. Hasta se aprovechaba el tirón en campañas publicitarias. «¿Por qué Rakú sin esfuerzo/ á todos vence al instante?/ Porque toma en el almuerzo/ el anís ‘‘Tira pra diante’’», anunciaba en La Voz una marca amiga de los ripios.

En A Coruña, se hizo de rogar. El periódico, en su sección Teatralerías, explicaba: «Dicen que está cansadísimo. Así, pues, no sale á la pista hasta el viernes. Ánimo, y a él, jóvenes atletas». Y llegó el viernes. «Hoy es la cita. Debuta Rakú [...], y habrá un terrible lleno [...]. Acepta para luchar hombres de mayor corpulencia, peso y fuerzas que las por él representadas. El profesor Rakú ofrece un premio de 500 pesetas á la persona que pueda vencerle en quince minutos».

Poco le duraron sus primeros contrincantes. La crónica del día siguiente decía: «Un lleno hasta los topes tuvo ayer el Teatro-Circo. El deseo de ver a Rakú sirvió para que la empresa tuviese un entradón [...]. El profesor japonés y un adjunto suyo representaron la pantomima de un apache que ataca y un señor que se defiende inutilizando á su adversario á cada intento, reduciéndolo á la impotencia y manejándolo siempre como una pelota. Después comparecieron Juan Quintela y Corveira, dos recios muchachos del muelle [...]. El japonés, jugando con el primer adversario lo tumbó en un abrir y cerrar de ojos con una magistral zancadilla [...]. Y con el segundo luchador ocurrió dos cuartos de lo mismo. Y entonces surgió en la pista un botero de elevada talla y cuerpo atlético que invitó al profesor á que luchara con él; pero como el programa dice que hay que inscribirse con veinticuatro horas de anticipación [...], Rakú dijo que no quería más hasta hoy. Esto promovió un poco de jaleo en las alturas. El público estaba al rojo y quería pelea».

«¿Rakú torero?»

En las siguientes funciones, los oponentes cayeron uno tras otro. Hasta que apareció Manuel Brandariz, el Moreno, un marinero con «músculos de atleta» que retó a Rakú «mientras le posaba en la espalda una manaza: ‘‘¡Eh! Aquí estou eu. ¡Veña conmigo!’’». El luchador local «tuvo por momentos al japonés mañoso y ágil bajo su cuerpo membrudo, y no cedió hasta que el dolor [...] le hizo reconocer si no la fuerza, la habilidad extraordinaria del adversario. Rakú le dió la mano y compartieron ambos la ovación amplia de la última prueba».

El japonés continuó su gira gallega. En su siguiente función «pudo librarse de las acometidas de los fornidos vigueses y en Santiago se encuentra dispuesto á echar la zancadilla á cuantos se le presenten [...]. El ilustre nipón tiene amplias y provechosas contratas por lo que resta de año y durante 1910. Parte de este lo dedicará á recibir lecciones de tauromaquia, y sus profesores serán nada menos que Machaquito y Bienvenida. ¿Serán de sport simplemente los propósitos de Rakú ó querrá entendérselas con los inofensivos Miuras, para quitar moños á los Bombo, Machaco y demás detractores del ganado que hace pupa?».

Rakú causó sensación. No hay duda. Sesenta años después aún recordaba un cronista que «quedó en la tradición popular su nombre para denominar la lucha a brazo partido». Y le salieron un buen número de fans entre, sobre todo, protagonistas de las notas de tribunales. Un ejemplo: «Este Rakú que ayer compareció ante los señores del margen, no es el japonés de marras. Trátase de un rapaz de diez y siete años [...] vecino de Puentedeume, para quien no hay puerta ni ventana seguras». Posiblemente influyeran en su fama no solo sus espectáculos circenses, sino también andanzas como la que mencionó Villar Ponte en su columna Con letra del siete, donde lo citó entre las «hazañas» de la Chelito, la cupletista del momento.

Tras su gira galaica, Rakú peleó en el País Vasco y en Portugal. Allí, el suizo Maurice Deriaz, «un hércules que pesa 92» kilos, lo derrotó en el Coliseo dos Recreios lisboeta. «La lucha fué espantosa» para el oriental, que no se resignó a que la cosa quedase así. «Venzo a Mauricio cuando quiera [...]. Lo venzo en menos de cinco minutos, aquí, en España, en Francia, en donde él elija [...]. El reto queda lanzado», declaró.

Hubo nueva pelea y Rakú, esta vez sí, derrotó a Deriaz. «El japonés se plantó sobre él, espatarrado, trincándolo con sus músculos de acero, oprimiéndole los brazos y el cuello. El suizo bramaba, pugnaba por levantarse, se retorcía furioso, pero no hubo modo. Rakú sonreía, pero no soltaba. Y así acabó la pelea con un absoluto triunfo del japonesito menudo, de 52 kilos de peso, con lentes de oro y bigote incipiente. Tranquilícense sus admiradores locales, que andaban mustios después de la derrota».

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