Un Celta tranquilo


Vigo

Undécimo en la tabla a once puntos de los puestos europeos y a once puntos del descenso. Así es como llega el Celta al parón de selecciones previo al tramo definitivo de la Liga. Esos diez últimos partidos en los que se considera que se decide el destino final de cada equipo.

Los celestes, acostumbrados en los últimos años a sobrevivir en medio de la tormenta, llegan al último tramo de liga navegando en aguas mansas, tal vez demasiado tranquilas para el momento de la competición en el que estamos. Bien es cierto que el momento no es intrascendente ni mucho menos, ya que esa tranquilidad debería ser aprovechada a corto plazo para seguir creciendo en juego y resultados y a medio plazo para planificar el futuro que se quiere.

El sábado, el Celta perdió y posiblemente no lo haya hecho con más brillantez de la que te otorga el poder disputarle el partido, sin más, a uno de los grandes de la Liga. Eso sí, tampoco se puede decir que no cumpliese e incluso que no hubiera merecido algo más.

Porque de los vigueses se dice que el sábado les faltó ambición en la primera media hora y que de alguna manera fueron minutos tirados. La sensación de inferioridad inicial, ciertamente, existió, no tanto por el vendaval del juego del rival, sino más por la sensación de acoso e incomodidad que provocaba la presión alta de los madrileños, la cual apenas dejaba resquicios a los vigueses para recuperarse con la posesión del balón. El Celta que empezó arriba, con los minutos se replegó o lo replegaron, tratando de fajarse del ataque de un rival que por momentos colocó hasta 8 jugadores en tres cuartos de ataque (como en el primer gol).

Pero muy pocos partidos son lineales incluso cuando tienes enfrente al Real Madrid. La influencia del resultado en cada momento del juego, el estado físico de los jugadores, una jugada que termina en ocasión de gol recuperando la confianza a unos y metiendo el miedo a otros, una decisión controvertida, etc. son algunas de las variables o situaciones que pueden hacer cambiar el equilibrio de fuerzas de un partido inesperadamente.

Sin embargo, estos giros en el destino de los partidos hay que buscarlos y ahí es cuando tal vez hay que poner en virtud la reacción de los vigueses. El 0-2, o tal vez el paso de los minutos, rebajó la intensidad inicial del rival. Y fue en ese momento cuando los vigueses, en vez de dejarse ir, dieron un paso adelante para desperezase y empezar a plantear batalla apoyados en otro gol de Mina.

El delantero vigués volvió a ejercer de ariete y rubricó con su séptimo gol de la temporada que está de dulce. Hasta ahora, el máximo exponente del delantero celeste era todo el trabajo que aportaba durante el partido. La incomodidad generada en los centrales rivales, las caídas a banda buscando los espacios generados por los interiores, las disputas del primer balón en el juego directo, el juego de espaldas para dejar de cara o ser la punta de lanza en el inicio de la presión eran las características que hasta hace bien poco habían convertido a Mina en un fijo en el once.

Los seis goles del delantero vigués en los últimos diez partidos enriquecen el rol de un jugador antaño definidor. Goles que son una gran noticia porque le aportan la confianza que todo delantero necesita y además dotan al equipo de un complemento goleador a Iago, algo que los vigueses echaban en falta desde la salida de Maxi.

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