El Celta alcanza la serenidad tras un partido frenético


Vigo

El Celta ganó sin la ortodoxia que rige los partidos llamados tácticos. Ganó en el frenético intercambio de golpes en el que se convirtió un partido alejado de esa norma según la que todo debe estar bajo control, esos partidos en los que muchas veces la falta de acierto o efectividad del rival disimulan errores defensivos más o menos gruesos que los habidos el domingo, que por otro lado, haberlos los hubo. Tres puntos, al fin y la postre, que aportan la serenidad de alejarse del descenso mirando al frente y sin necesidad de mirar hacia atrás.

Dicen que este tipo de partidos no gustan a los entrenadores, pero tal vez por la excepcionalidad de lo sucedido y del resultado, lo lógico parecería ser relativizar y contextualizar lo ocurrido, para quedarse con una victoria que lejos de generar dudas defensivas, debería servir a los celestes de acicate para corregir errores y seguir creciendo.

Porque el partido, además de tres puntos, dejó tres aspectos que le dan valor añadido al triunfo en El Alcoraz. El Celta sufrió y ganó sin Tapia, un jugador tan específico como difícil de sustituir. La falta del peruano se notó por detrás y por delante de su posición. Se echaron de menos las ayudas defensivas sobre los centrales (como en el segundo gol) y el dominio defensivo que tienen sobre todo lo que pasa en el espacio que ocupan. Beltrán trabajó y marcó, pero es un jugador con más llegada hacia arriba que hacia atrás y al que le cuesta mantener esa posición que demanda las funciones asignadas al pivote por Coudet.

El partido, además, parece dejarnos la sensación de que los celestes han conseguido fortalecerse psicológicamente dejado atrás sus propias dudas e inseguridades derivadas de los últimos años y que provocaban dificultades a la hora de reaccionar ante la adversidad. El poder de reacción ofrecido por los vigueses ante las distintas alternativas que se fueron dando en el marcador indican que el equipo ha recuperado la autoconfianza. Se quiso y, además, se pudo.

Y Iago volvió a liderar dejando evidencias del jugador que es, de lo que es para sus rivales y de lo que es para sus compañeros. No marcó, pero fue decisivo entre otras cosas en los goles que abrieron y cerraron el partido. Primero atrajo sobre sí mismo a tres rivales que bascularon sobre él desprotegiendo el lado contrario sobre donde además ejecutó un preciso cambio de orientación que acabó en Nolito. Y cerró el triunfo vigués haciendo lo que a muchos tal vez pareció fácil pero que está al alcance de muy pocos: desmarque al espacio, pausa y toma de decisión acertada. Un lujo.

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