El fútbol indulta al Celta


Vigo

Muchos lo intuíamos y pocos nos lo queríamos creer. El domingo nos acostamos con otra pirueta más sobre el alambre de un equipo que ha jugado con el riesgo muy por encima de lo que la prudencia recomienda. Otro año más, los vigueses se han salvado más por deméritos de los rivales, en este caso tal vez no sea el calificativo más apropiado para sus dignos contrincantes, que por méritos propios y ha llevado el desencanto a una afición aliviada por el resultado final pero resignada y enfadada con el cómo se ha conseguido.

Contra un descendido Espanyol, los celestes no mostraron ambición dando por bueno en muchos momentos de la segunda parte un empate que no les garantizaba la permanencia y que sí los condenaba al abismo en el caso de que por ejemplo Óscar hubiera acertado con los tres palos en Butarque cuando el alargue superaba los seis minutos. Ansiedad, miedo, bloqueo, falta de confianza, cansancio… Puede ser, pero la imagen transmitida es difícilmente explicable incluso acudiendo a los manuales de psicología deportiva.

Sobre el encuentro en sí, poco más que no hayamos ya visto, sobre todo en este final de Liga. Si en algo se parecen los partidos del Celta es en ese arranque que apenas dura unos minutos en los que nos muestra lo que nos gustaría que fuese pero que finalmente no será. Salen los vigueses a campo del rival intentando robar arriba, pero con tan poca convicción que apenas es desbordado un par de veces en su presión, va bajando su posicionamiento defensivo hasta juntarse en campo propio. Y es que salir de la presión celeste resultó sencillo para los rivales.

El Celta solo fijó un central, llegó tarde casi siempre por dentro y acabó con el balón en su banda contraria intentando atajar el desborde del extremo contrario. Y a partir de ahí a temblar porque los locales, siendo los últimos de la categoría, volvieron a resucitar viejos fantasmas poniendo en evidencia la colocación y la anticipación defensiva ante los centros laterales. Una vez más.

Con el balón el Celta desquicia en su juego posicional. Horizontal, lento en la circulación y sin movilidad por dentro el balón acaba llegando a los laterales, recurrentes en el balón largo ante la falta de alternativas. Ni un tiro a puerta hasta avanzada la segunda parte ante un equipo descendido fue el vivo retrato de la impotencia ofensiva. Solo en alguna transición y cuando Aspas rompió buscando la portería, el Celta fue capaz de levantarnos de nuestros asientos.

El fútbol, por segunda vez, le ha concedido al Celta la oportunidad de la enmienda. Por el bien de la afición y por el bien del club esperemos que esta vez análisis y decisiones acierten en el diagnóstico y en sus soluciones.  

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