Un proyecto de club abonado a la agonía del corto plazo


Vigo

Un descenso a Segunda sería un enorme agujero económico. El deportivo, mejor ni pensarlo. Las aspiraciones del Celta en las ocho temporadas consecutivas que lleva en Primera habían crecido hasta instaurarse por nombres, que no por fútbol, en la zona media alta de la tabla. Con proyectos más pensados con el corazón que con la cabeza, ha ido dando tumbos intentando recuperar una identidad que se ha dejado por el camino. Urge repensar si la mentalidad cortoplacista funciona en esto del fútbol. Lejos quedan los años en los que el equipo céltico construyó un proyecto trabajando peldaño a peldaño, sin la inmediatez de los resultados que te acaban condenando al infierno.

Y un año más, la última jornada. Para eso ha quedado esta plantilla, ideada con el corazón pero olvidando los intangibles del fútbol que, al final, te colocan en el lugar que mereces. Esos intangibles han permitido que Óscar García pase de agradar en el celtista medio a llegar al tramo final absolutamente desquiciado y con la sombra de la incapacidad para cambiar el rumbo de su conjunto. Y sí, el Celta se había ganado el derecho de decidir cómo y cuándo cerrar su permanencia en una máxima categoría a la que, recordemos, le costó sudor y lágrimas volver. Quemó dos balas, sin mucha preocupación. Como ese alumno que lo deja todo para el final, alguna cabeza en A Madroa debió pensar eso de «mañana me pongo». Conociendo la calidad que atesoran las botas de sus hombres, malo será que alguno de sus rivales no aflojase. Todo iría sobre ruedas, había que pensar ya en una próxima campaña preparada para luchar por todo.

Alguien olvidó que faltaba cerrarlo. Que todo se podía torcer, más si se trata de los celestes. Y sí, al contrario de otras agónicas últimas jornadas, el Celta llega dependiendo de sí mismo.

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