Cuando el «patito feo» desquició a la Juve

El Celta se deshacía de los italianos en un partido histórico en Balaídos y tras haber caído en la ida


vigo / la voz

En la noche del 9 de marzo del año 2000, más de 30.000 espectadores esperanzados abarrotaron el municipal de Balaídos con la ilusión de ver una nueva gesta. Era la misma temporada en la que, meses antes, el mismo equipo había sorprendido al mundo al endosar un 7-0 al Benfica, pero en esta ocasión traían un resultado adverso de la ida (1-0) frente a la Juventus y los de Ancelotti llegaban envalentonados, lanzando mensajes en la línea de que el Celta no era rival para ellos. A los 30 segundos, el celtismo celebró el primer gol; marcarían cuatro en un partido para la historia disputado hace hoy 20 años.

Para todo celtista que lo viviera in situ o en la distancia, aquel 4-0 es un recuerdo imborrable. Y Everton Giovanella, uno de los once integrantes del equipo titular de ese día dice sentirse «un privilegiado» por haber podido estar sobre el césped aquella noche. Lo recuerda con emoción. «Creo que sigue en la retina de todos cuantos vivieron aquel momento: aficionados, futbolistas, directivos, cuerpo técnico... No creo que ninguno de nosotros lo olvide mientras esté en este mundo», señala desde Brasil.

El excéltico habla de «orgullo de haber estado dentro del campo, porque es donde uno más disfruta» y hace hincapié en la entidad del rival que tenían enfrente, que se había impuesto en la ida con un gol de Kovacevic. «Somos más peligroso fuera de casa», había advertido el serbio. Giovanella recuerda bien aquella sensación que transmitían los italianos de que se sentían superiores. «Tenían un equipazo tremendo con Zidane, Del Piero, Davids, Montero... Jugadores de mucha calidad y gran valía. Parecía que para ellos aquel partido era un trámite, y más después del 1-0 de la ida», dice sobre un encuentro del que «perfectamente» pudieron «salir mejor parados» los celestes de haber tenido algo más de suerte.

La mejor muestra de la confianza con la que viajó a Vigo la Juve es que dejó fuera a jugadores importantes. «Pienso que no conocían el poder real que tenía aquel Celta. Y se encontraron con que ya desde el pitido inicial fuimos un auténtico vendaval, un tren que les pasó por encima», rememora.

La fe fue un pilar clave de la remontada. Giovanella recuerda a un equipo «concentrado ya desde el hotel y en la caseta». «Nuestro único pensamiento era pasar la eliminatoria y brindar a la gente un buen partido», indica. Nunca dudaron de que tenían condiciones para poder remontar aquel cruce y fueron a por ello de manera decidida. «Jugando en casa éramos fuertes y sabíamos que la Juve se veía en cuartos, pero se encontraron algo diferente a lo que esperaban».

Lo que se encontraron fue a un equipo enchufado del primero al último. Tanto, que el primer gol llegó a los 30 segundos. «Fue un partidazo de Mostovoi, Gustavo, Karpin, Makelele, McCarthy con dos goles... Y siempre en un 4-0 se habla más del ataque, pero los defensas también habían estado muy bien», reivindica. Para el brasileño fue «el mejor partido de aquellos tiempos junto al del Benfica».

Con el 2-0 poco después de cumplir la media hora y la expulsión de Conte a punto de que se alcanzara, la idea que le viene a la cabeza es la de una Juve ya derrotada con mucho partido todavía por delante. En concreto, evoca a un Davids «desquiciado, que no sabía por dónde meterse». Ese marcador al descanso obligó al entonces técnico del equipo, Carlo Ancelotti, a mover banquillo. «Echó mano de Zidane y Del Piero, que comenzaron suplentes precisamente porque ellos esperaban un partido tranquilo y favorable».

Sin embargo, lejos de producirse la reacción -«no consiguieron desbordarnos ni una vez»-, llegaron otros dos goles, el primero en propia puerta, que sirvieron «como colofón para una gran noche». «Fue indescriptible, y vivirlo desde dentro, aún más. Disfrutamos de lo lindo. Éramos el patito feo e hicimos que la Juventus se rindiera», añade. La reacción del estadio fue «el éxtasis, un momento apoteósico y espectacular». Una celebración a la altura del que califica como «un partidazo inolvidable».

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