Óscar García, el discípulo de Cruyff al que nunca despidieron

Fue campeón en Israel y en Austria, sus dos últimas experiencias acabaron en espantadas y no entrenaba en España desde los juveniles del Barcelona


«He decidido, en acuerdo con el club, finalizar nuestra colaboracion ya para darle más tiempo para prepararse para la próxima temporada». El 3 de abril del 2018, Óscar García Junyent (Sabadell, 1973) cogía su última puerta. La del Olympiakos. El propietario del club, Evangelos Marinakis, había mandado de vacaciones a la plantilla, con una multa de 400.000 euros, por su mal rumbo en la Superliga griega. Óscar volvía a marcharse. Lo había hecho la campaña anterior en el Saint-Ettiene francés, tras doce jornadas y con el equipo sexto, por discrepancias con la dirección deportiva. Renunció a los dos millones de euros que tenía pendientes. 

Su carrera como entrenador la inició en el que había sido su club como futbolista desde alevines y con el que llegó a lo más alto por primera vez, de la mano de Johan Cruyff, en un amistoso, el 21 de mayo de 1991. «El Barcelona siempre será mi equipo». De nuevo, Carlos Mouriño recurre a un discípulo del técnico holandés. Óscar se había retirado como futbolista con solo 31 años en el Lleida. Un retiro temprano que ya pronosticaba su decisión para no estirar los finales. Entre Barcelona y Lleida, había pasado por Albacete, Valencia y Espanyol. En la Masía encontró su primera oportunidad como técnico, en julio del 2010. Le pusieron entre manos el equipo juvenil A. No le fue mal. El mayor de la saga de los García Junyent logró conducir al equipo, en el que militaba Rafinha, a un histórico triplete. Su segunda temporada no llevaba el mismo sino. Y Óscar recibió una llamada que le hizo no acabar el curso. No ha vuelto a pisar un banquillo español.

Su amigo Jordi Cruyff -con el que compartiera una campaña el honor de pichichi del filial azulgrana en Segunda B- le ofrecía el banquillo del Maccabi Tel Aviv, en el que ejercía como secretario técnico. «Después de 10 años ganamos la liga, cogí un equipo que no tenía ningún internacional y acabó con siete. Creo que escogí el mejor sitio para formarme». Con el título en la mano, Óscar García se marchó. El teléfono sonaba en Inglaterra.

Firmó dos campañas como técnico del Brighton, en la Championship. Tomó el relevo del charrúa Poyet con el ascenso como objetivo. Cumplió parte. Logró disputar el playoff. Pero se quedó a las puertas. Con una temporada más de contrato, Óscar dimitía y tomaba el camino de regreso a Israel. Segundas partes nunca fueron buenas reza el dicho. No tuvo la opción de palparlo. El conflicto bélico en el que se vio inmerso el país le hizo marcharse en agosto. De vuelta a Inglaterra. Otra vez a la Championship.

El 2 de septiembre, Óscar García era presentado como técnico del Watford. Apenas estuvo tres semanas. Su corazón le dio síntomas de que algo no iba bien. Tras sentir fuertes dolores en el pecho, ingresó en un hospital en la previa a un partido liguero contra el Charlton. Estuvo una semana, sometido a diversas pruebas. No volvería a sentarse en el banquillo. Ante los consejos médicos, Óscar renunció para tomarse un descanso. Estaría más de un año alejado del fútbol. Hasta diciembre del 2015, cuando el Salzburgo austríaco le ofreció el suyo. Su periplo en Austria consolidó su carrera. Ganó dos ligas y dos copas. Antes de volver a marcharse otra vez. Rumbo al frustrado proyecto en Francia.

«Hemos crecido con una filosofía de juego muy clara desde pequeños, tenemos claro cómo queremos que jueguen nuestros equipos, la disposición táctica». Le toca ponerla a prueba en Balaídos, con un Celta deprimido y que se había alejado de ese librillo. En el mismo escenario en el que marcó -una volea con el Barcelona en la temporada 96-97- el que quizá fue el mejor gol de su carrera como futbolista

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