Un profesor de secundaria y de celtismo en Carolina del Norte

Miguel Casas, vigués, vive y ejerce de celtista en Estados Unidos desde 1992


Vigo

Miguel Casas comenzó a sentir el celtismo «por ósmosis» y se le metió tan dentro que desde la infancia le ha acompañado siempre. Tanto es así, que en 1992 lo llevó con él a Carolina del Norte, donde ahora reside. Porque este vigués criado en la Gran Vía no procede de una familia celtista -«mis padres no eran la ciudad ni les interesaba mucho el fútbol»-, pero fue adquiriendo la afición, supone, «a través de amigos y medios de comunicación» y ahora ya no duda de que le acompañará siempre.

Docente de profesión, Casas se dedica desde hace años a impartir clases en la localidad de Raleigh a alumnos de secundaria y Bachillerato, con edades comprendidas entre los 14 y los 18 años, con los que no puede ni quiere evitar compartir su celtismo. «A algunos de mis alumnos se les queda y lo siguen luego. Por lo menos lo que puedo decir con seguridad es que jornada tras hornada de estudiantes del centro donde trabajo se marchan sabiendo qué es el Celta de Vigo», cuenta orgulloso.

Casas recuerda con cariño el que considera que fue el momento clave en la consolidación de su pasión por el Celta. «Fue un soleado domingo de abril en 1975, cuando fui con un amigo y su familia (los Vázquez, que tenían el Garaje Continental, también en la Gran Vía) a Balaídos por primera vez», rememora. No resultó ser en absoluto un partido cualquiera, no solo para él. «El Celta ganó 1-0 al Barça con un tempranero gol de Sanromán. Entonces Cruyff jugaba en el Barcelona; pero lo reservaron para un partido de Copa de Europa (o al menos eso es lo que se decía), y se fueron sin puntos», relata.

Continuó viviendo el celtismo de cerca en lo que a distancia se refiere hasta 1992. «Iba a estar ocho meses pasando un año sabático en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, y aquí sigo», revela. Se sacó con una americana y sus dos hijos nacieron allí; no ha sido capaz de contagiarles su celtismo. «Como seguidor del equipo aquí me encuentro un poco solo, mi familia no comparte mi interés por el fútbol», lamenta. Algo que no le ha hecho perder un ápice de su afición, aparte de que la tecnología le ayuda a saciar la sed de noticias de su equipo. «Puedo ver muchos partidos por televisión y entre Twitter y aplicaciones de móvil, sigo todo al minuto», agrega.

La situación actual en lo que al acceso a la información se refiere dista mucho de lo vivido cuando se marchó, a principios de los 90, y en años sucesivos, el tiempo que pasó hasta que comenzaron a extenderse el uso de Internet y de las redes sociales. «Cuando me fui mi madre me mandaba recortes de periódicos por correo después de algunos partidos importantes. ¡Algo que hoy es impensable para la gente joven!», recalca.

Los partidos, solo y en la distancia, los vive «con intensidad». «Acabo sudando, con mucha tensión. Los veo siguiendo a gente en Twitter, y a veces intercambiando comentarios por WhatsApp con otros miembros de la familia o amigos». Se suma a esos que dicen que el celtismo es su «bendita condena».

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