Pepe, el sevillano de siete años que sueña con ser como Hugo Mallo

De familia sevillista, el pequeño ha desarrollado una gran simpatía por el Celta y por su capitán


Vigo

Pepe Arcos, de siete años, nació la localidad de Carmona y en el seno de una familia sevillista por los cuatro costados. Con padres que llevan más de veinte años de socios del club hispalense, no podía sino simpatizar con ese equipo, pero para sorpresa de sus progenitores, aún no tenía dos años cuando sin que se sepa muy bien el motivo, comenzó a interesarse por el Celta. Y con el paso del tiempo, de manera muy especial, por el que hoy es su ídolo: Hugo Mallo.

«Aquí a los niños se les enseña a decir Betis o Sevilla antes que papá o mamá, pero él con poco más de dos años ya decía que era del Sevilla y del Celta de Vigo», relata su padre, Antonio José Arcos. Al principio no le prestaron demasiada atención al asunto, aunque «sorprendía que dijera con tanta claridad el nombre» del equipo vigués cuando, recuerda, «los niños aparte de sus equipos siempre atienden a los ya conocidos poderosos y mediáticos de la Liga».

La cosa fue más allá en la temporada 2012/2013, la del regreso del Celta a Primera. Con dos años y medio, comienza a ver partidos de fútbol en casa «y siempre pregunta cuándo juega el Celta y con quién, que lo quiere ver. También colecciona estampitas de la La Liga y estallaba de alegría al ver dentro de los sobres a algún jugador del Celta». Estaba por llegar el gran punto de inflexión que le hizo idolatrar a Hugo Mallo. «Pasadas las Navidades, está jugando con los regalos de Reyes cuando aparece en la tele un Madrid-Celta», recuerda. Y él solo tenía ojos para los celestes, que ese día vestían de rojo.

Era el partido que iba a desencadenar los que seguramente han sido los momentos más duros de la carrera de Hugo Mallo. «En una jugada aciaga en una pugna con Cristiano, Hugo se lleva la mano a la rodilla con gestos de dolor», recuerda la acción Antonio José. Y su pequeño no dejaba de preguntar por la «pupa» del hoy capitán. «Insistía en que cuándo iba a jugar otra vez, él no tiene el mismo concepto del tiempo de un adulto y no entendía de meses y fechas», cuenta. Por eso la ausencia de su céltico preferido se le hizo eterna.

Mientras esperaba su regreso, Arcos recuerda que los dos vivieron la permanencia del 4 % como cualquier celtista en la distancia. «Me había encargado de explicarle las carambolas que se tenían que dar para que se salvara el Celta. Cuando terminó, en su imaginación Pepe se veía allí como uno más. Su emoción se desbordó, saltaba y corría por la casa. Ahí entendí yo que por un algo o un no sé qué de la vida, sentía algo especial por ese equipo». Meses después, Hugo regresaba a los terrenos de juego. «Mi hijo no dejaba de seguir cada movimiento, cada vez que tocaba el balón explotaba de júbilo y ya no quería perderse ningún partido».

Antonio José tiene anécdotas como cuando acudieron a ver los pasos de Semana Santa de la iglesia de Carmona dedicada al Apóstol Santiago. «Me dijo: ‘Papá, toda la iglesia está llena de escudos del Celta'. Me reí de la ocurrencia y le expliqué que era la Cruz de Santiago». Él volvió a barrer para casa: «Entonces el Apóstol Santiago era del Celta», cuenta el progenitor que le contestó el mediano de sus tres hijos, que en la escuela de fútbol a la que pertenece siempre pide jugar de lateral derecho como Mallo.

Uno de los momentos que más disfrutó fue cuando tuvo la oportunidad de ver un Sevilla-Celta en el Pizjuán el año pasado. «Decía que quería un empate para que no perdiera ninguno de los dos», comenta Arcos. Antes del partido quiso encontrar en los puestos algún artículo celeste, pero no fue posible. «Al acabar, y pese a lo tímido que es, se acercó a un grupo de mujeres con camisetas del Celta y volvió con una bufanda que había intercambiado por la suya del Sevilla. Fue algo significativo que dejara atrás lo tímido que es», subraya el padre. Ese mismo día, llamó a Hugo al subirse al autobús y el marinense saludó de lejos hacia donde estaba. «Se quedó convencido de que le había saludado a él. Esa ilusión propia de la inocencia infantil me emocionó».

Ya en los últimos Reyes recibió como regalo la camiseta del Celta, había dejado claro que quería la celeste y con el nombre de Hugo y el 2 a la espalda. «Ahora un día cualquiera se le puede ver por Carmona jugando con sus amigos con la celeste entre camisetas de Betis, Sevilla, Barcelona, Madrid y otras siempre queridas por los niños como las de Bayern, PSG o Juventus», recuerda.

Ahora los padres de Pepe han asumido que «hay pasiones que la razón no llega a entender nunca» y que es exactamente eso lo que le ocurre a Pepe con el Celta. «Ya anda diciendo que como Luis Enrique entrenó al Celta y le conoce, tiene que llevarlo a la selección. También piensa que igual que vino Aspas al Sevilla, podrían fichar a Hugo en el futuro», dice. Mientras, se conforma con seguir al Celta y a Mallo en la distancia y ya ha logrado contagiar a los suyos la simpatía por el equipo vigués.

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