Dos polos opuestos a los que el fútbol convirtió en amigos

Al Turco y al Cholo, que se enfrentan el sábado, les une una estrecha relación. La recuerdan sus excompañeros


Eran un par de mocosos que soñaban con la pelota cuando se conocieron y casi cuatro décadas más tarde la amistad que se forjó a través del balón sigue intacta entre Antonio Mohamed y Diego Pablo Simeone. Dos futbolistas reconvertidos a entrenadores que el próximo sábado se verán las caras en Balaídos y que cada vez que se encuentran echan la vista atrás para recordar todo lo que les une. «El Turco es un amigo de la vida. Es especial, tenemos un montón de experiencias juntos», dijo en su día el colchonero.

El entrenador del Celta y el del Atlético de Madrid tenían ocho años cuando se encontraron por primera vez en las categorías inferiores de Vélez. Compartían una pasión y forjaron una amistad que se fue consolidando a medida que sus caminos se cruzaban y a pesar de que sus personalidades difícilmente podrían ser más diferentes. «Sos personas totalmente distintas, el Turco era muy gracioso, muy chistoso, permanentemente haciendo bromas, y el Cholo todo lo contrario, era serio, metido en el partido y poco amigo cuando se acercaban los minutos para comenzar», recuerda con cariño Fabián Basualdo, defensa en la selección albiceleste con el que compartieron vestuario. «Son dos polos opuestos por personalidad, pero había una gran relación».

Esa misma idea de los polos es la que se le viene a la cabeza a Sergio Vázquez, otro de los futbolistas que conquistó la Copa América con los dos entrenadores. «El Cholo como jugador era como hoy como técnico, obsesivo con los entrenamientos, con los detalles. Era muy difícil que la palabra perder estuviera en su vocabulario. Un tipo muy entusiasta con el juego, con la forma de vida. Y el Turco en esa época, principios de los noventa, era un pibe que estaba a la moda, era hincha cuando jugaba, un tipo divino. Un compañero de lujo, una persona fuera de serie. Un tipo que realmente daba gusto estar con él y disfrutar de las ocurrencias que tenía», relata el exinternacional.

¿Pero cómo llegan dos futbolistas tan distintos a forjar una amistad tan estrecha? Pues compartiendo muchas horas y aventuras, como la que sucedió un buen día cuando estaban con la albiceleste juvenil. Cuentan los dos que un día madrugaron para coger el autobús para ir al entrenamiento. Se plantaron en la parada tomando el desayuno y esperando, pero vieron que no llegaba y el tiempo se les echaba encima, así que intentaron coger el transporte público. Pero con los bolsillos vacíos, el conductor les dijo que no. «¡Mírame, mírame a la carita, yo voy a jugar en la selección argentina!», probó el Cholo. Pero la maniobra no tuvo éxito y tuvieron que echarse a correr.

Al llegar a su destino se toparon con el seleccionador Coco Basile, que al enterarse de que habían ido a la carrera para no faltar al entreno, les dijo: «¿Corriendo? ¡Qué profesionalidad!». Y les premió con una sesión con el combinado absoluto. Esa es una de las muchas anécdotas que unen al Turco y al Cholo, cuya relación está cuajada de piques sanos, como cuando Simeone bromeó con que la primera vez que vio a Mohamed, con su melena larga y rubia, «creí que jugaba en el equipo femenino de Vélez. Luego ya me di cuenta de que era un chico».

De los tiempos compartidos en la absoluta, recuerdan Basualdo y Sergio Vázquez que al Cholo ya se le intuía madera de entrenador, mientras que al Turco le llegaría con el tiempo. «Creo que Mohamed tiene, por su personalidad, un manejo del grupo con sus jugadores de llevarlo hasta la amistad, y creo que el Cholo propone un trabajo diario, tiene mucho carácter, impone mucho respeto y transmite un poco lo que era como jugador», valora Basualdo. Dos perfiles distintos a los que la vida unió con el hilo del balón.

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