Un final de temporada de tortura

El Celta deambula por el Bernabéu y cae goleado ante un Real Madrid que jugó a placer


El final de temporada se ha convertido en una tortura para el Celta, ausente desde hace muchas jornadas de la Liga, especialmente en los partidos de fuera de casa. Lo del Bernabéu fue el enésimo resumen de un año para olvidar. El Real Madrid ganó por el libro, haciendo sangre con una facilidad pasmosa ante un equipo sin equilibrio en el centro del campo, con una banda izquierda con Boyé de inquilino en el primer tiempo inexistente, y completamente inofensivo. Y por encima, en el único momento en el que pudo meterse en el partido, el árbitro le negó un penalti y le anuló el gol. Un detalle menor en un desastre de partido que despide a domicilio triste e intrascendente era Unzué.

El Celta de los dos últimos meses se ha convertido en un equipo sin alma, sin rastro de gen competitivo y que no transmite nada. Y que se cae al primer soplido de cualquier rival. Da igual que sea el Madrid o el colista. Porque en la noche del sábado, de inicio, el Celta parecía un equipo aseado y con las ideas claras en el arranque de partido. Salió a presionar alto y a tener el balón, pero se olvidó de la contra del Real Madrid y los dos primeros golpes a su mandíbula de cristal crearon un destrozo que sentenció el partido en menos de media hora.

La apuesta de Boyé por la izquierda creó un agujero de incalculables dimensiones. Por ahí entró Achraf a los cinco minutos para enviar el primer aviso. El segundo terminó en el fondo de la red. En dos toques el Madrid desarmó a los vigueses. Saque de portería, balón al espacio de Modric y carrera en solitario de Bale para abrir la lata.

El 1-0 pudo quedar en anécdota si el árbitro señala penalti dos minutos después por una clara caída de Brais dentro del área rival o no anula el gol de Jozabed, pero las dos decisiones fueron en contra y tras dos paradas de Sergio, ambas propiciadas por jugadas por la banda derecha del Madrid, llegó el segundo de Bale con un autopase sobre Jonny y un obús tan imposible como la rosca de Isco un par de minutos después.

Con el partido en el olvido, los de Zidane subieron la presión ante un rival tan tocado como inocente que tampoco tuvo premio en un excelente centro de Brais con remate de cabeza de Jozabed que quitó Keylor Navas con una gran parada.

Unzué se acordó de equilibrar el equipo en el descanso, cuando ya llevaba tres goles encima, y metió en el campo al Tucu Hernández, pero ni con un punto más de músculo los vigueses dieron señales de vida. Tocaron sin ningún peligro, estuvieron negados en ataque y en defensa coleccionaron golpe tras golpe. Entraron otros tres goles (uno de Achraf, otro de Kroos y otro de Sergi Gómez en propia meta) pero incluso pudieron ser más, ya que Sergio Álvarez firmó un par de paradas de mérito y el palo también echó una mano. Y eso que en el segundo tiempo los blancos jugaron a menos revoluciones, pensando ya en la final de Kiev y dejándose llevar.

El 6-0 suena a humillación, pero más por la imagen dada por un Celta que pide a gritos el final de temporada, porque lo peor no es emborronar aún más el expediente con una clasificación por debajo del ecuador, sino el poso que puede quedar para armar el próximo proyecto. A día de hoy, el Celta de los últimos días de Unzué es un páramo. Un fantasma.

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