Presión e intención frente a un Celta de cartón piedra

Los célticos erraron en el planteamiento y no supieron corregir su rumbo a pesar de lo que estaba en juego


Una vez más, y van unas cuentas, el Celta se hizo el harakiri. Frente al Leganés, Juan Carlos Unzué falló en el planteamiento de partido, no supo virar el rumbo del grupo y la falta de chispa y frescura de su equipo, con las figuras solo de cuerpo presente, hicieron el resto. Fue otra tarde para olvidar, igual que Europa. Si los vigueses no encuentran el camino para regresar a la competición continental es por méritos propios, no porque sus rivales se lo pongan difícil.

La clave

Problema en el diseño

Garitano ganó la partida a Unzué desde el minuto uno. El técnico del Leganés, a pesar de las bajas, o quizás a causa de ellas, planteó la contienda basando su trabajo en una presión altísima y muy intensa. Los pepineros ahogaron desde el arranque la salida de balón del Celta, que a pesar de ver el escenario, insistía una y otra vez en que Lobotka se incrustase entre los centrales y condujese para iniciar jugada. La propuesta era tan previsible que una y otra vez el Leganés encerraba a los célticos y forzaba fallos en las entregas. El centro del campo céltico estaba noqueado y era incapaz de generar fútbol para sus atacantes. Y ahí entraba otro de los problemas. Unzué, tras su defensa férrea, sentó a Maxi Gómez y el Celta se encontró de repente con que su fútbol combinativo no carburaba ante el agobio pepinero, pero tampoco tenía un punta de envergadura al que enviar balones.

El devenir

Faltó reacción

La imagen ofrecida por el Celta fue de equipo menor y ramplón. En el descanso, Unzué, viendo el panorama, optó por dar entrada a Maxi, recolocó las piezas pero no modificó el estilo de juego. El cuadro vigués se mantenía firme intentando sacar el balón jugado, y solo en el tramo final Sergio Álvarez recurrió, sin éxito, a colgar alguna pelota. Esta vez ni siquiera apareció el clásico arreón final del Celta, solo se insinuó, y muy pobremente. La solución llegaba tarde y era mal ejecutada. Emre Mor fue uno más y Radoja no modificó el día aciago del centro del campo. Porque el doble pivote de arranque que formaron Lobotka y Tucu en ningún momento hizo valer sus galones ni su calidad. Uno por previsible y el otro por dar la sensación de no estar en el partido. La imagen era de un equipo disperso, mal colocado y con las ganas justas.

La puntilla

Fachada sin solidez

La carrera por Europa, cada vez más lejana para los célticos, exige entrega absoluta, pelea y ganas, y la sensación que transmite el Celta es de un equipo con un punto apático que confía en que la calidad de sus futbolistas obre el milagro semana tras semana y le arregle la papeleta. Y eso no siempre sucede. El humilde Leganés barrió a los celestes en intensidad y también en carácter. Tuvo mucho más claro lo que quería y cómo conseguirlo, mientras que los célticos reincidieron en la sensación de que los cimientos no están sólidos. Hay más fachada que fondo.

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