Las ligas exóticas y el fracaso de perder el tren europeo


Que Aspas podría estar ya puliendo sus quilates a precio exótico, no creo que se le escape a nadie. Que el máximo goleador español haga llamar la atención de clubes con extenso desahogo económico, es lo normal. Que su arraigo le condiciona, y le condiciona mucho, es algo que el celtismo deberá reconocerle eternamente. Imposible el reproche si el día de mañana decidiera recrear la chequera antes de que se le agote el carburante. Una puerta que Iago, con cierta prudencia, sigue prefiriendo no cerrar. ¿Para qué alimentar compromisos de eternidad en la casa de uno sin saber si en un futuro los vas a cumplir? La puerta que nunca se debe cerrar es la de regreso. Y en el fútbol, su propia experiencia lo prueba, no toda infidelidad conlleva una traición.

Pisar un Mundial siendo cabeza de ratón, y con la propaganda contenida, tiene un mérito difícil de medir. Seguro que Iago es muy consciente de ello. Sabe que necesita jugar y destacar en las grandes ligas europeas para no borrar su teléfono de la agenda de Lopetegui. Y esa oportunidad le ha llegado en Vigo. Marcharse ahora a una liga menor solo por abultar la cartera sería una excentricidad de consecuencias imprevisibles en su currículum con la selección. Hoy la discusión ya no es si sellará su pasaporte en Rusia, sino si debería estar o no en un once de partida. Y de esa meta labrada en su propia leira, no va a resultar fácil hacerle desistir.

Quizá por esa ambición, y porque nunca llegará, afortunadamente, a domesticarse de todo, Iago ha dejado, a la vez que sorteaba preguntas sobre un futuro que aún no es, una referencia al fracaso que abre, desde ya, la manguera de la presión colectiva. No sé si a Unzué, tímido en los adjetivos, le habrá hecho gracia la reflexión. Probablemente, no. Pero que Aspas considere un fracaso perder, tal y como está ahora mismo, el tren europeo, invierte los términos. No es lo mismo vender la piel del oso como premio que exigirla como condición para evitar el fracaso.

Cuando esto arrancó, allá por agosto, presupuestos e historial en mano, requerir una plaza en la Europa League para salvar los muebles era elevar el listón de las expectativas de una forma gratuita. Pero vista la evolución de las jornadas, y la compañía que ha quedado en la estación, Iago ha puesto, conscientemente o no, el dedo en la llaga. Subirse a ese tren, o perderlo, decidirá la evaluación de la temporada. Casi nada.

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