El día en el que Emre entendió que lo principal es lo colectivo


Cuando Emre arrancó por la siniestra, sexta marcha en vertical, Carlos Sánchez solo pudo aguantarle la mirada y Marc Navarro sostener su marca hasta verse desbordado. Fue el aperitivo de la segunda puñalada de Maxi, Iago Aspas mediante, que servía para voltear el tanteador. Mor salió, tras un periplo previo que arrastraba más dudas que certezas, enchufado al ritmo, levantando la mano, ofreciendo recursos y dando por bueno, esta vez sí, su cuarto de hora sobre el campo. Logró, casi por primera vez desde que llegó a Vigo, aportar su innegable talento para mejorar el rédito colectivo. Y es que el problema del turco-danés no estribaba tanto en sus facultades, que venían presupuestas, e incluso presupuestadas, sino en su empeño por demostrarlas todas, en solitario, y en una sola jugada. Mor salía a los partidos, no siempre con la misma corriente, como si el resto de camisetas pintadas a la par que la suya viajasen por libre. Como si su anarquía posicional no implicase a nadie más. Esa es la rémora que esta vez ha logrado revertir. Si Emre despega en su vertiente combinativa, y logra pulir ciertos renuncios tácticos, no hay duda de que de sus botas partirán muchas alegrías. Tiene socios de brillo para ello.

Maxi es un ejemplo de cómo adaptar virtudes y carencias para un mejor funcionamiento colectivo. Aspas es, al margen de su resolución, una reliquia asociativa de la que el equipo tira incluso cuando se ahoga en medio campo. Sisto, plagado de contrastes, ha demostrado su brillante capacidad para asistir junto a abusos innecesarios de la pelota. En esa tecla, que también se entrena, descansa la oportunidad de exprimir al máximo el vendaval ofensivo que guarda el Celta, quinto máximo anotador de la competición doméstica. Otro cantar sería la solvencia defensiva.

Paciencia, alegaban los entusiastas de Emre con su partida de nacimiento en la mano. No le pidan experiencia a quién no ha cumplido los veintiún años. Premura, apelaban los que veían correr las jornadas sin vislumbrar la evolución suficiente. Y siempre, tras el telón, los catorce millones de euros de la factura. Que no culpabiliza al futbolista pero lo responsabiliza y dispara inevitablemente las expectativas. En el fútbol, lo que no era para ayer, debió quedar resuelto en la víspera. Los tiempos son escasos y menguan si los resultados flaquean. Emre, parece, ha encontrado la senda. Solo le que queda seguirla con entusiasmo.

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El día en el que Emre entendió que lo principal es lo colectivo