Historia de un portero y un contragolpe

El Celta fue capaz de sobrevivir en el Ciutat de Valencia a un partido ramplón en el que el rival atesoró las oportunidades y los célticos, el gol


¿El mejor del partido? Rubén Blanco. Generalmente, cuando el portero del equipo se lleva los méritos, no es buena señal para el grupo, sin embargo ayer el Celta fue capaz de sobrevivir en el Ciutat de Valencia a un partido ramplón en el que el rival atesoró las oportunidades y los célticos, el gol; el único que cuajó fue obra de Pione Sisto y nació en un contragolpe. Porque un ramalazo de velocidad, amén de las paradas del mosense, fueron todo lo que el Celta exhibió en su primer partido post Copa del Rey.

El once

Las rotaciones. Sergi Gómez y Andreu Fontás fueron los elegidos en el Camp Nou, y Gustavo Cabral y Facundo Roncaglia tomaron el relevo frente al Levante. Las rotaciones, al menos en las últimas fechas, parecen haber llegado a la defensa celeste, si bien el cambio de cromos no está alterando sustancialmente el rendimiento. La solvencia defensiva queda como materia pendiente para la segunda vuelta. La otra gran novedad en el once fue la reentrada de un Maxi que ayer ni olió el balón.

La portería

Cinco paradones. Cinco paradas, incluida una mano prodigiosa a los dos minutos y una intervención con el pie propia de un meta de balonmano ante un tiro de Boateng convirtieron a Rubén Blanco en el mejor jugador del partido. Al menos, por el bando celeste. El guardameta ha encontrado la continuidad que necesitaba para crecer bajo palos, y con una tranquilidad inusitada y unos reflejos a prueba de balas ha logrado convertirse en el portero titular de Unzué. Sus intervenciones empiezan a dar puntos al equipo, y partidos como el de ayer lo atestiguan. Se muestra firme bajo palos y también cuando tiene que salir, quizás la gran diferencia respecto a Sergio Álvarez.

El escenario

Posesión sin ataque. Los números dicen que el Celta tuvo más de un 62 % de la posesión frente al Levante. Mucho balón, sin embargo, que no le lució. Los vigueses estuvieron la mayor parte del tiempo en territorio propio, con posesiones largas pero romas que no lograban abrir la llave de la presión ni de la colocación granota. Atesorar tanto tiempo el balón podría hacer pensar que fue en un ataque estático como cuajó el tanto del triunfo céltico, pero nada más lejos de la realidad. Fue en un contragolpe de libro, vertiginoso y bien ejecutado. Una acción que recordaba a los últimos tiempos de Berizzo, cuando el Celta explotaba a la carrera sus recursos.

La contra

De Aspas a Pione Sisto. El gol del Celta llegó por la vía rápida y tuvo dos protagonistas. Iago Aspas, el creador, y Pione Sisto el ejecutor. El Tucu Hernández, con un trabajo invisible, se hizo con el balón en el centro del campo y Aspas, al que cada vez le cuesta menos retrasar metros para buscarse las habichuelas, se fue a por el esférico, se lo cedió a Sisto, Sisto se lo devolvió al moañés, y este puso un pase preciso para que el danés batiese a Oier Olazábal. En un abrir y cerrar de ojos, y en una de las escasas ocasiones en las que el Celta hizo valer su velocidad y tiró de un fútbol vertical. Porque a pesar de que los célticos están acostumbrados a tener mucho la pelota, han perdido por el camino la verticalidad. Cuando la recuperan, todo marcha de otra forma.

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