Antón de las Heras: «Me hice vigués y celtista, es algo que se te mete dentro»

El central vasco llegó a la ciudad en 1958 y jugó diez temporadas en el Celta


Vigo / La Voz

Antón de las Heras (Bilbao, 1935) llegó al Celta sin saber qué se encontraría. Entonces, en 1958, era un equipo de Primera al que nunca se había enfrentado y, aunque la temporada de su llegada bajaron, se quedó las siguientes para volver a verlo en la máxima categoría. Luego se retiró «seguro de dejarlo en buenas manos». Pero ya nunca se fue de Vigo ni dejó atrás un Balaídos al que vuelve como espectador en cada partido.

-¿Cuál es su primer recuerdo ligado al Celta?

-Llegué con veinte y pico años del Baskonia, de Segunda. Estaba en Bilbao, vinieron y vieron que les valía. No es que me engañaran, pero no tenía mucha idea de adónde iba. Así que me fui al Celta, que estaba en Primera, y lo bajé ese mismo año, porque cogieron jugadores demasiado jóvenes y en la máxima categoría se necesitaba otra cosa. Quedamos últimos.

-¿Fue su peor momento?

-Ese, y estar después nueve años para subir. Jugamos varias veces la promoción, en los años 60, 61 y 66, pero no había manera.

-¿No pensó entonces en irse?

-Tuve ofertas y el Celta decía que me dejaba marchar, pero luego pedía dinero. De todas maneras, yo tampoco quería irme, ni aunque me regalaran, porque ya había hecho aquí mi vida, mi familia y mis negocios, y estaba muy a gusto.

-Otro episodio duro fue el terminar un partido pese a sufrir una grave lesión. ¿Cómo lo vivió?

-No fue mérito mío. Como no se podían hacer cambios, salían 11 jugadores y a lo mejor terminabas con 9. El entrenador me dijo que siguiera y yo quería, así que lo hice, con mucho dolor. Después estuve medio año lesionado y lo acabé dejando, porque vi que salían jugadores como Manolo que garantizaban el relevo y ya no me necesitaban.

-De los años posteriores, ¿con qué logro del Celta se queda?

-Recuerdo la clasificación para la UEFA a las pocas temporadas de retirarme. Pero la mejor época fue la de los rusos, Karpin y Mostovoi. El equipo funcionaba, eran como máquinas y la gente disfrutaba. Daba igual el equipo que viniera: Barça, Real Madrid... Todos tenían que estar encerrados atrás.

-¿Ha seguido yendo a Balaídos?

-Sí, sí, siempre. Voy al campo todos los domingos que hay partido y a veces también voy a algunos entrenamientos. Un día de estos estuve hasta viendo a los del filial y a los juveniles. Yo me hice vigués y celtista, fue algo que se me metió dentro y ya no se puede sacar. Lo llevo conmigo siempre.

-¿De qué manera ha cambiado la afición en este tiempo?

-En mi época lo vivían de otra manera, no digo que mejor ni peor. Eran muy exigentes, hasta el punto de que a veces había que pararlos para que no entraran al campo, porque si había algo saltaban enseguida, sobre todo contra los árbitros.

-¿Cómo vivió el reciente lustro en Segunda?

-Bueno, nosotros habíamos estado casi diez años... Pero las cosas habían cambiado mucho desde entonces. En las primera temporadas en Segunda yo seguía yendo a mi sitio de Tribuna, me preguntaban cómo veía al equipo y agachaba la cabeza. Fue una etapa complicada.

-¿Qué siente cuando va al estadio y se ve en la lona entre los jugadores históricos del equipo?

-Cada vez que miro hacia allí digo «jolín, mecachis en la mar, que estoy ahí». No te acabas de acostumbrar y se te llena el pecho. También agradecí mucho el partido homenaje que se me hizo.

-Ya después de retirado, ¿tampoco pensó en volver a su tierra?

-Nunca. Yo ya no me voy, soy vigués y gallego, aparte del celtista. Tengo dos hijas y un hijo, y nietos, y todos celtistas. De aúpa Athletic en la familia no se oye nada.

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