redacción / la voz

La viudedad se consideraba el estado perfecto para la mujer de clase acomodada, porque podía disfrutar de una libertad que ni de soltera ni de casada se le permitía. Incluso un desliz amoroso se veía con una condescendencia que sería imperdonable en otra ocasión. Tal vez por eso, eran pocas las se volvían a casar, aunque portasen el luto desde jóvenes.

La sorpresiva llegada de Isabel Preysler a este grupo permite hacer un repaso a las viudas más famosas de España. En el imaginario patrio reciente hay una viuda por definición: Isabel Pantoja. Incluso ahora, a punto de entrar en la cárcel por defraudar a Hacienda, miles de personas exculpan a la tonadillera, a quien vieron enamorarse de un torero legendario, perderlo al año y medio de casarse y convertirse en viuda con 28 y un hijo de siete meses. Durante un tiempo, Isabel Pantoja permaneció oculta al mundo, pero la necesidad de criar a su hijo, y seguir con su vida profesional la hicieron regresar a la palestra: desde entonces paseó su dolor de viuda, adoptó sola a una niña peruana (1996) y tuvo algún que otro acompañante. Entonces llegó Julián Muñoz, alcalde de Marbella, y desde el 2007, los problemas con el Fisco.

Marina Castaño es otra reconocida viuda que ejerció de tal. Desde que ennovió a finales de los ochenta con Camilo José Cela, controlaba de cerca todo lo relativo al escritor, asegurando incluso que las últimas palabras del intelectual (murió 17 de enero del 2002) fueron «¡Viva Iria Flavia!», la parroquia de Padrón que el literato eligió para su marquesado. Y es que Marina Castaño ejerció de marquesa desde el primer momento e incluso ya viuda, aunque no le correspondiese usar el título, que pasó al hijo de su marido. Este esfuerzo por hacerse valer consiguió justo lo contrario, que fuese muy criticada, también en su gestión de la Fundación Camilo José Cela, entidad que tuvo que ser rescatada por la Xunta. Sin embargo, le hizo un hueco en cierto tipo de actos sociales y en las revistas del corazón. Hace un año se volvió a casar, esta vez con un cirujano, Enrique Puras, y al parecer ha puesto a la venta la mansión que compartía con el nobel en Puerta de Hierro.

Mucho menos cursi e infinitamente más rica que Marina Castaño es otra viuda de relumbrón, Carmen Cervera Tita Thyssen. Aunque las biografías posteriores le dan una situación socioeconómica envidiable, el salto vital lo dio con 38 años y un hijo de soltera, cuando conoció a Hans Heinrich von Thyssen-Bornemisza, un millonario holandés dedicado a la filantropía. La pareja se hizo inseparable: veinte años de amor continuo (él murió en el 2002) que se contaba periódicamente en la revista ¡Hola!. La impresionante colección pictórica del barón acabó en España gracias al interés de Tita, que era la quinta esposa del noble. Tita ejerce de viuda que honra a su amado esposo, tanto que este mismo mes publica las memorias del empresario, doce años después de su muerte.

Una viuda menos típica es Carmen Posadas. Escritora de éxito -su obra está traducida a 23 idiomas- desde joven ha tenido una vida apasionante. Por ejemplo, se casó a los 19 años con Rafael Ruiz de Cueto en una iglesia ortodoxa en Moscú -fue la primera boda católica desde 1917- y llevó su ramo a la tumba de Lenin. A los 30 años se separó y comenzó a escribir cuentos infantiles, pero se hizo famosa años más tarde, por sus novelas y su boda con Mariano Rubio, entonces gobernador del Banco de España. Mujer de juventud eterna, la boda de 1988 la encumbró a la llamada gauche caviar, es decir, la izquierda intelectual amiga del lujo y el glamur. Su matrimonio con Rubio no fue un camino de rosas, ya que él se vio implicado en un escándalo financiero, después enfermó de cáncer y murió en 1999. Desde entonces, Carmen sigue escribiendo, y aunque ha tenido alguna pareja oficial, sigue hablando con inmenso cariño y admiración de su segundo, y hasta ahora último marido.

Y si Carmen Posadas es el ejemplo de viuda perfecta, con vida propia y elegante recuerdo de su marido, Raquel Mosquera podría ocupar el extremo contrario. Peluquera de profesión, se casó con el exboxeador Pedro Carrasco a los 27 años (él pasaba de los cincuenta) y enviudó cinco después. Desde el primer momento quiso hacerse un hueco en el mundo del corazón, y su excéntrica imagen le sirvió para diferenciarse del resto de «parejas de». Su boda cuatro años después del luto con un joven nigeriano, Tony Anikpe, ocupó todas las portadas, así como el nacimiento de su hija en común y la separación del matrimonio; sin embargo, lo más llamativo de la que fue madrastra de Rocíito es su trastorno bipolar, descubierto en la prensa rosa y que ella recuerda cuando su nombre cae en el olvido.

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Viuda de famoso, ¿una profesión?