Una palometa roja que no necesita grandes florituras

C. Martínez REDACCIÓN / LA VOZ

RECETAS

Xoán Carlos Gil

El restaurante Porto dos Barcos, en Oia, destaca por la preparación de pescados y mariscos

29 sep 2026 . Actualizado a las 10:00 h.

«Para mí, el pescado es como mis hijos», dice Juan Enrique Carneiro, gerente del restaurante Porto dos Barcos, situado en Oia. Su filosofía es clara: del mar a la mesa. «El producto es la base de todo y nosotros siempre buscamos lo mejor». Por eso, comenta que la receta que protagonizará estas líneas no siempre está en carta, porque esta, varía todos los días. «Por las tardes empiezo a hablar con los barcos que van a entrar al día siguiente en subasta, por ir haciendo acopio. Tal como está el mar, que lo tengo ahora mismo delante —el restaurante cuenta con unas vistas privilegiadas a la ría—, te diría que mañana va a haber sin problema, pero trabajo según el mercado y hasta ahí llega la planificación del menú», explica.

Lo que no varía son sus comensales. Un público fijo que abarca toda la comarca, comidas empresariales e incluso peregrinos que realizan el Camino Portugués por la costa, desde Oporto hasta Santiago. Hay un mostrador, donde se elige el producto que se va a comer. «Incluso les recomendamos uno u otro según los gustos», confiesa Carneiro. Dada la importancia que se le da a la materia prima en Porto dos Barcos, la receta propuesta puede resultar sencilla a la hora de recrearla en casa.

Ingredientes

  • Palometa roja
  • Patatas
  • Pimientos
  • Cebolla
  • Sal
  • Vino blanco
  • Fumé de pescado

Al horno

El primer paso es cortar «una base de pimiento y cebolla de nuestra propia huerta en juliana, junto con las patatas panaderas», avanza el chef. Posteriormente, se utiliza un poco de vino blanco y fumé de pescado «que preparamos con sus espinas». Y sin más florituras, la palometa roja se va al horno. Carneiro remarca que el proceso es aplicable a cualquiera de los pescados con los que trabaja: «Todos tienen un valor muy alto y suelen ser piezas grandes».

Con todo, el chef reconoce que, en este momento, «es un lujo poder comer pescado, porque incluso los de más trote, son caros». Si bien remarca que «hay muchos que no se valoran que están buenísimos». Lo dice con conocimiento de causa. «Llevo toda la vida comiendo del mar, de lo que traía mi abuela, y disfruto incluso con la cabeza de una marajota frita». De hecho, fue un pescador el que un día, de forma casual, cambió el rumbo de su establecimiento. Aunque en un principio, hace 22 años, Carneiro regentaba una cafetería donde servía bocadillos y alguna tapa, la entrada de casi cien kilos de sargo un día por la puerta y la habilidad de su abuela limpiándolo y preparándolo delante de la gente fue la mecha que transformó el negocio. Con el tiempo se sumaron percebes, cigalas y langostas. «Y hasta aquí hemos llegado», cuenta orgulloso.