Como en otros movimientos, veganos y vegetarianos también viven conflictos internos, en parte, provocados por el consumo de productos que son réplicas de la carne y que producen grandes cadenas alimentarias

Laura G. del Valle

El informe de la OMS en el que advertía que el consumo de carne roja y carne procesada era «probablemente cancerígeno» dejó al sector ganadero tocado pero no hundido. Al menos en España. Era 2015 y la industria cárnica había sobrevivido a escándalos como el de las vacas locas, por lo que esperaban que esta recomendación se quedara en poco más que una anécdota. Pese a la histeria inicial, efectivamente, esto fue lo que ocurrió. De hecho, aunque los últimos años el consumo de carne ha sido irregular, en el 2020 aumentó considerablemente la ingesta de esta proteína animal, estando Galicia por encima de la media nacional al tomar seis kilos anuales más que el resto de españoles. 

En paralelo a este contexto trufado de chorizos, chuletones y pancetas, más de dos millones de personas en nuestro país sí cambiaron el contenido de su cesta de la compra. La revolución medioambiental aupada por emblemas como Greta Thunberg, que en el 2018 inspiró los viernes verdes; o el hecho de que la sostenibilidad comenzara a ser un punto caliente de la agenda política, animaron a muchos a replantearse su modelo de vida. Así, hoy el 13 % de la población adulta es vegetariana o vegana en España. Este grupo, que en el imaginario colectivo se muestra ciertamente cohesionado, también sufre conflictos internos. Uno de ellos polariza al movimiento entre quienes apoyan el consumo de productos que imitan y saben a carne, y los que huyen de este tipo de alimentos. 

Que esta cuestión esté en la palestra, últimamente más que nunca, se debe a la estrategia publicitaria llevada a cabo por una de las compañías punteras en replicar (casi a la perfección) el sabor de unas albóndigas, una hamburguesa o unas salchichas. Heura, nacida en Barcelona en el 2017, quiere cambiar el actual sistema alimentario sin miedo a reprimendas, y pese a tener en contra a asociaciones de ganaderos que quieren prohibirles utilizar el término 'carne' en sus productos. Precisamente por esto, hace unos días esta empresa colgaba en el centro de Madrid una lona donde invitaba a los consumidores a decidir si lo que venden es carne o no, ofreciéndoles gratis uno de sus bocados. Vegetarianos y veganos gallegos cuentan qué piensan de este tipo de productos, si los consumen y si existe, o no, alguna línea roja que no se plantean traspasar.

El simple hecho de que Heura haya duplicado su facturación en el 2021 ya indica por dónde van los tiros. Sí, la mayoría de los consultados agradece que existan en el mercado estas opciones aunque lamenta que los precios son sustancialmente más elevados que los de sus homólogos cárnicos. Alejandra Filloy, compostelana de 30 años, se muestra a favor de estos productos porque, según mantiene le facilitaron la transición al mundo vegetal que, de otro modo, no podría haber llevado a cabo. «Dejé de comer carne tras ver varios documentales que reflejaban cómo la industria maltrata realmente a los animales para que nosotros los tengamos en el plato, pero esto no quiere decir que no me guste la carne o su sabor; al revés. De hecho, agradezco que existan alternativas como las hamburguesas de Beyond Meat, que tienen alguna que es idéntica a una de Goiko, o una de Garden Gourmet que es igual a la Long Chicken de Burger King».

En una línea similar se manifiesta Cristina Rodríguez, vegetariana desde hace nueve meses. «Dejé la carne cuando me adentré en el estudio de la etología, al ser más consciente de cómo piensan y sienten los animales; pero eso no quiere decir que no se me haga la boca agua cuando huelo un pollo asado, pero prefiero que nadie tenga que morir para que yo me alimente, por eso consumo Heura, Violife o The Vegan Butcher». Continúa: «Es verdad que su precio es elevado, pero confío en que esto cambiará cuando su consumo comience a ser masivo». Elena, de 26 años, lleva desde los veinte sin probar la proteína animal por ideología. «Creo que no debería haber maltrato animal y las empresas cárnicas no hacen otra cosa que perpetuarlo», indica. Para añadir que consume este tipo de sustitutos porque tienen más sabor que alternativas como la soja texturizada y el tofu y porque «ya hay opciones en el mercado que no son ultraprocesados». Menciona los quesos veganos como otro de los grandes logros de la industria, «uno de los productos que más echamos de menos los veganos cuando iniciamos esta dieta», termina.

alianza capitalista

Si hasta ahora prácticamente todo han sido alabanzas a la industria, que ha permitido que muchos se lancen a una alimentación más sostenible sin un esfuerzo titánico, otros ven en esta alianza capitalista el deterioro de los valores que deberían imperar entre los afines al movimiento. El periodista vigués Javier Rodríguez lo tiene claro: «Creo que estes produtos están ben para abrirlle a mente á xente omnívora ou a aqueles que están tanteando deixar a carne, pero no fondo penso que non é máis que unha estratexia do mercado coa que, pola miña maneira de enteder o mundo, non estou moi de acordo. Os principios do vexetarianismo creo que están moi asociados ao consumo de proximidade e á non industrialización dos procesos na alimentación». Sigue Rodríguez: «Argumentando un pouco máis o meu parecer, dicir que para min é moi contradictorio irme a comer unha hamburguesa vexetal ao McDonald's, que é o gran exemplo de como o capitalismo absorbe movementos como o feminismo, o ecoloxismo ou o vexetarianismo».

Laura Garrido, por su parte, indica que tampoco consume estos alimentos porque no le interesan los productos «que recuerdan a la carne; es más, suelen darme repelús», comenta, y explica que ya hay miles de opciones con legumbres, híper nutritivas, que nos permiten pensar más allá que en clásicos con carne. Menciona por ejemplo texturas como la que resulta de preparar una hamburguesa de garbanzos y berenjena, parecida a las clásicas, pero que no tiene nada que ver en sabor.

La carne que comes deja huella

Laura G. del Valle

Últimamente en el seno del sector vacuno, cada vez que una organización de calado habla, sube el pan. Si hace unos años asestaba el golpe la Organización Mundial de la Salud (OMS) al emparentar el consumo de carne roja con un mayor riesgo de sufrir cáncer, en agosto la ONU alertaba de la necesidad de reducir su consumo para frenar el cambio climático. Pese a que los españoles se gastaron en el 2018 más dinero que en el 2017 en productos cárnicos —según el último Congreso de Productos Cárnicos, concretamente, un 3,3 % más— es cierto que la conciencia verde cada vez gana más aliados. Por eso, y porque un lavado de cara se ha vuelto necesario, este sector se ha comprometido a reducir la huella de carbono un 15 % en diez años. Así lo puso de manifiesto la pasada semana Provacuno, la interprofesional del sector. ¿Seguirán los consumidores sus pasos?

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