Los «influencers» quieren que comas mal

La liebre saltaba hace unos días al ver cómo cada vez más rostros conocidos promocionaban medicamentos. En el campo de la alimentación existe una mala praxis similar: la de esos prescriptores con miles de seguidores que anuncian y recomiendan el consumo de comida rápida y bollería


Tiene dos millones de seguidores en las redes sociales y ya se lo había advertido a La Voz hace más de un año: «Después de varias décadas nos hemos dado cuenta del daño que nos ha hecho consumir tantos productos procesados, que ocupan el 80 % del espacio en los supermercados. Por eso critico a los famosos que promueven un estilo de vida poco saludable. Yo entiendo que hay mucha gente que en Instagram monetiza todo su contenido y hace publicidad encubierta, que en la televisión ya está prohibida, pero influye en grupos de población vulnerables como los niños». Carlos Ríos, el gurú español del movimiento realfooding, hace tiempo que lucha contra esas campañas en las que ídolos de masas como la generación de Operación Triunfo de Amaia, Aitana y compañía, intentan convencer a la sociedad de que consuman productos ultraprocesados (en la Academia solían merendar bollería que pagaban las marcas interesadas). Por supuesto, el caso de los cantantes no es aislado, ni en España ni en el resto del globo. Y sale especialmente a cuenta mencionarlo esta semana, momento en el que el Ministerio de Sanidad se ha puesto manos a la obra con Google para ponerle coto al hecho de que decenas de prescriptores digitales promocionen medicamentos sin receta e incluso antibióticos.

Es cierto que esta práctica viene de atrás. Tanto podemos retroceder en la línea del tiempo que si nos situamos en los años ochenta encontraremos aquel anuncio en el que David Bowie y Tina Turner protagonizaban un anuncio de Pepsi, y ya en los primeros 2000 Justin Timbarlake hizo que (casi literalmente) todo el mundo tarareara el I'm loving it con el que McDonald's promocionaba su marca. Nada nuevo bajo el sol si se tiene en cuenta que el márketing ha aprovechado siempre el tirón de las celebridades para sacar el máximo rendimiento; con la diferencia de que la capacidad de impacto es, en plena era digital, infinitamente mayor desde que las redes sociales forman parte del día a día de la sociedad. 

Hay datos demoledores, revelados por diversos estudios, que demuestran la importancia de poner sobre la mesa esta losa. La profesora Marie Bragg, responsable del departamento de Salud de Langone (Nueva York), que formó parte de una de estas investigaciones, concluyó en el 2013 que la promoción que los deportistas de élite habían realizado dirante 14 años de alimentos no saludables había disparado los niveles de sobrepeso en niños y adolescentes. Ese mismo análisis demostró que de los 163 famosos que habían promocionado productos ultraprocesados, ninguno había sido la imagen promocional de frutas, verduras o grano integral. 

La jugada nada maestra de McDonald's

Parte del problema de estos anuncios, como ocurre con los vinculados a las apuestas, radica en que se relaciona directamente a un personaje exitoso y que sigue los cánones de belleza actuales (y sin, a priori, problemas de salud) con una alimentación que dista mucho de ser la recomendada por médicos y nutricionistas. Suele salir bien. Ocurrió con la campaña de Beyoncé de Pepsi, por la que se embolsó unos 50 millones de dólares. También hace poco con la hamburguesa Dulceida, esa que creó la influencer española hace más de un año para la cadena americana Carl´s Jr. Pero no siempre se obra el milagro. Que se lo digan si no a los responsables de publicidad de McDonald's, ya que hace unos meses les estalló en la cara la promoción en Instagram de sus productos a través de la imagen de la supermodelo Gigi Hadid. En la imagen se mostraba a la otrora ángel de  Victoria Secret comiendo unas patatas fritas; hecho que muchos usuarios de Instagram pusieron en duda, sembrando una polémica que no le vino nada bien a la cadena de comida rápida. 

Uno de los grupos más perjudicados por este tipo de publicidades es sin duda el de los niños y adolescentes. Especialmente vulnerables a los estímulos, son constantemente bombardeados por gigantes de la alimentación a través de los canales que más utilizan: televisión, Instagram o Youtube. De hecho, los youtubers que anuncian bebidas azucaradas o chocolatinas son multitud. Un ejemplo es el de El Rubius. Con, atención, casi 37 millones de seguidores en esta plataforma que fuera la imagen en el 2017 de una campaña de Fanta no gustó lo más mínimo a los prescriptores de los hábitos de vida saludables.

Lo mismo ocurre con Cristina Pedroche, que pese a difundir a través de sus redes sociales los beneficios de practicar deporte, ha sido en recurrentes ocasiones la cara visible de chocolatinas y galletas cargadas de componentes que son auténtico veneno para Carlos Ríos y semejantes. Este centinela de la comida sana, de hecho, no se corta. Y no discrimina a la hora de sacar las garras. Leo Messi, de hecho, fue diana de uno de sus dardos cuando firmó un artículo en el que alertaba del daño que hacían los famosos promocionando ultraprocesados acompañándolo de una imagen del fubolista con una conocida bolsa de patatas fritas.

Otro de los focos donde ponen especial atención los expertos es la promoción, ya menos exagerada que hace un par de años, de las bebidas detox prometiendo el Dorado del adelgazamiento. Autodenominados coachs del bienestar, proliferaron prescriptores de estas bebidas verdes (o de cualquier color) que prometían un milagro que no era más que una cortina de humo. Como se han cansado de explicar los expertos, no existen los alimentos detox, si no que son nuestros propios órganos los que se encargan de depurar el organismo. Menos aún es sensato atender a esas recomendaciones que invitan a sustituir la comida real por estos líquidos.

¿Se puede ser adicto a los ultraprocesados?

Laura G. del Valle

El consumo de productos enriquecidos artificialmente, conocidos como alimentos hiperpalatables, merma el sentido del gusto e impide a sus adeptos disfrutar del sabor, por ejemplo, de la fruta y sí, crean adicción

Primero la mala noticia: no hay excusas; el ser humano no necesita para el correcto funcionamiento de su organismo más azúcar que el que contienen las frutas y los hidratos de carbono. Ahora, la buena nueva: de la adicción al dulce se sale. Sí. Adicción. Sin entrar en ningún tipo de comparación con el consumo de drogas y sus devastadores efectos, dietistas y nutricionistas alertan de que abusar del azúcar puede provocar, además de enfermedades como diabetes u obesidad, una ansiedad por consumir productos como bollería o chocolatinas que no hace más que incrementarse al comprobar el descontrol que genera el no poder parar de comer, bien sea un donuts, bien los restos de la tarta de cumpleaños de tu madre. Un círculo vicioso si se atiende a que, en muchos casos, es por estrés y tristeza que decidimos zambullirnos en un mar de chocolate hasta nueva orden.

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