McDonald's y Starbucks, los caballos de Troya que todos dejan entrar

Cadenas capitalistas se han colado en zonas hostiles como Vietnam, China o Rusia con gran aceptación. Una teoría sociopolítica asegura que dos países con McDonald's no entrarán en guerra entre sí


Redacción / La Voz

Es la misma ciudad. Aunque hasta el cambio de nombre parezca indicar que nada queda de aquel agónico Saigón, donde en 1968 se inmortalizó uno de los momentos más icónicos de la historia reciente: el balazo, captado por el fotógrafo Eddie Addams, de un jefe de la policía nacional de Vietnam a un guerrillero del Vietcong. Cincuenta años después de la masacre, el hoy rebautizado Ho Chi Minh se lame las heridas de una encarnizada guerra que segó más de un millón de vidas vietnamitas, y 58.000 estadounidenses, comiendo hamburguesas de McDonald’s. Lejos de mantener una férrea oposición al emblema del life style americano, el país del sudeste asiático ha decidido plegarse a las bondades del suculento capitalismo en forma de consumo rápido y voraz.

El mismo día que Ronald McDonald aterrizó en Ho Chi Minh, hace cuatro años, cientos de ciudadanos soportaron colas de más de una hora para probar las delicias del fast food y, de paso, darse un paseo por los 1.300 metros cuadrados del primer establecimiento que la cadena de hamburguesas abría en la ciudad. Aunque no la única, pues desde entonces, en la capital se han inaugurado 15 restaurantes más. No son los únicos que se han dejado engatusar desde el estómago. Y puede que no estén equivocados. Las agradecidas cifras que dejan estos caballos de Troya del sueño americano en puntos del todo alejados del espíritu capitalista les dan la razón.

Según la Teoría de la guerra de McDonald’s, del analista político Thomas Friedman, solo los lugares con un nivel aceptable de desarrollo económico poseen franquicias de esta cadena de comida rápida; por eso no habrá dos países que tengan McDonald’s que vayan a pelear en una guerra entre sí. Sin tener en cuenta guerras civiles, de momento no va desencaminado el tres veces ganador del premio Pulitzer. Como sostiene en un artículo de The New York Times, «temía que la excepción fuera la guerra de las Malvinas, pero Argentina no obtuvo su primer McDonald’s hasta 1986».

La caída de la Unión Soviética fue también un buen momento para acercar de manera poco agresiva el capitalismo a Rusia, tras años de larguísimas negociaciones tratando de convencer a los líderes comunistas para que permitieran la entrada de McDonald’s en Moscú. Ocurrió el 30 de enero de 1991, y asistieron al evento 35.000 personas: cifra récord de la cadena en la apertura de un local.

Casi tan duro de roer como los mandamases del Kremlin se mantenía, al menos hasta el pasado junio, Kim Jong-un. El líder de Corea del Norte, que llegó a ordenar la «inmediata destrucción» de todos los locales de Starbucks y McDonald’s que hay en su país y cuya existencia desconocía, se planteó, tras un cara a cara con Donald Trump, permitir la apertura de una «franquicia de hamburguesas occidentales» como muestra de buena voluntad hacia Estados Unidos, según un informe de la CIA.

LOS RÉCORDS, EN CHINA

Si bien Kim vetó además de los McDonald’s a la todopoderosa cadena de café, viva imagen del frenético ritmo de vida de las principales ciudades de EE. UU., China, sin embargo, ha aplicado la ley del si no puedes con tu enemigo únete a él. El país del té, ávido de incorporar cada vez más hábitos de vida occidentales, abrió el año pasado en Shanghái la tienda más grande del mundo de Starbucks. Ahí es nada. Pero los titulares no cesan, ya que el pasado agosto, la compañía sellaba una alianza con Alibaba para que la cadena reina de la venta por Internet en Asia envíe a domicilio todos los frapuccinos y caffè latte que deseen los habitantes de Pekín y Shanghái.

Si se habla de las empresas matriz del neocolonialismo americano no puede faltar Coca-Cola. La bebida más famosa del mundo hace años que consiguió entrar en territorio hostil sin salir escaldada, con unas herramientas de márketing que para muchos han sido las más eficaces de la historia. No hay más que atender a lo que ocurrió un lejano 9 de diciembre de 1941. Aquel día, solo 48 horas después del ataque de Japón a Pearl Harbor, el presidente de la compañía, Robert Woodruff, pronunció la siguiente frase: «Quiero que las tropas estadounidenses, donde sea que se encuentren, puedan tener al precio de 5 céntimos una Coca-Cola fresca, sin importar lo que le cueste a la empresa». Fue así como seis meses más tarde «la bebida de la felicidad» tuvo su propia planta en Argel. Una situación tan surrealista, o no, como la memorable escena de Goodbye Lenin en la que la socialista Christiane descubre el triunfo del capitalismo cuando, tras la caída del Muro de Berlín, despierta de un coma y se topa con que frente a su ventana, en la Alemania del Este, se despliega un enorme cartel de Coca-Cola. «¡Son alucinaciones!», clama su hijo. No lo eran.

ILUSTRACIÓN: MARÍA PEDREDA

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