Cuatro generaciones en una sola botella de vino

SILVIA PENELAS

SABE BIEN

María Manuela es un homenaje a la madre y abuela de Nieves Millán (primera por la izquierda), que junto a su marido, Moisés Rodríguez, ha convertido los terrenos en los que se crio en un proyecto vinícola muy ambicioso. Su hija Blanca fue la encargada de diseñar toda la imagen de la marca. Tardó ocho meses en dar con la tecla.
María Manuela es un homenaje a la madre y abuela de Nieves Millán (primera por la izquierda), que junto a su marido, Moisés Rodríguez, ha convertido los terrenos en los que se crio en un proyecto vinícola muy ambicioso. Su hija Blanca fue la encargada de diseñar toda la imagen de la marca. Tardó ocho meses en dar con la tecla. PACO RODRÍGUEZ

María Manuela no es una simple bodega, es un proyecto que rinde culto a la cultura vinícola desde que germina la semilla de la uva hasta que descorchamos la botella. Sus instalaciones de O Boqueixón también cuentan con nueve cabañitas del bosque

02 jul 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

María era su madre. Manuela su abuela. Ambas le enseñaron a trabajar las ricas tierras de la Ribeira do Ulla. Por eso, cuando Nieves heredó un pequeño terreno familiar en O Boqueixón, a unos minutos de Santiago, no dudó en sacarle provecho. Catorce años después se ha convertido en uno de los proyectos de enoturismo más originales de Galicia. Su nombre es María Manuela, un homenaje a esa tierra familiar «trabajada por mujeres que dejan huella».

Sus instalaciones distan mucho de esa primera parcela heredada que Nieves quiso «poner en producción». Ahora cuando entras en María Manuela te recibe un viñedo de siete hectáreas de plantación. Un recorrido verde y colorido que da paso a un frondoso bosque de carballeiras que oculta nueve acogedoras cabañitas del bosque en las que hospedarse. Aunque lo mejor está al fondo del terreno: una gran bodega en la que surge la magia y se produce la botella final de albariño María Manuela.

Nieves es consciente de que es difícil definirlo. Ella, con la garra que la caracteriza, lo sintetiza en un proyecto de «plantación de uva, producción de vino y turismo». Cada una es una pata de la mesa. Y si falta una, la mesa no se sostiene. María Manuela está en cada uva que se planta. En cada botella que se descorcha y en cada escapada romántica que culmina con una noche en sus encantadoras casetas con cama doble, baño, cocina, terraza y jacuzzi.

La raíz del proyecto germina en esa hectárea heredada en la que su abuela y su madre «trabajaron como condenadas». Nieves y su marido empezaron plantando uva albariño para la venta a terceros. Aunque su visión de negocio les empujó a sumar más hectáreas a la ecuación. «La venta de la madera ya estaba apalabrada, pero hicimos una escapada de fin de semana a las cabañas de Outes y vimos la oportunidad», recuerda. Ese mismo lunes dieron orden de parar la tala y construir las cabañas.

Ahora tienen nueve rincones de paz. Están hechas para desconectar, y reconectar. Una vez dentro, el tiempo se detiene. No hay horarios: «Dejamos la cesta a las 09.30 en la puerta y cada huésped la recoge cuando le apetece», indica Nieves. El menú incluye café, leche, yogur, fruta, pan y jamón. Y si tampoco apetece cocinar a la hora de comer o cenar, hay la opción de comprar conservas y embutidos gallegos gourmet en la recepción.

Un vino que tiene gafas y moño

En clave legal, para edificar en la parcela familiar era necesario que el terreno se destinase a la producción y transformación de la uva. Fue ahí cuando María Manuela pasó de ser una plantación a una bodega. La primera añada llegó en el 2022 y desde entonces no han parado. Apuestan por la calma. Dan tiempo al vino con una crianza de 13 meses en lías. «Tenemos capacidad para producir 50.000 botellas, pero solo producimos 7.500 porque buscamos un vino con la mínima intervención», defiende Nieves.

María y Manuela fueron la primera y segunda generación en intervenir en esta historia. Lo hicieron trabajando y labrando la tierra que años más tarde Nieves transformaría junto a su marido en un modelo de negocio moderno y sostenible. No obstante, la encargada de dar una entidad y una imagen a la marca fue Blanca, su hija. «Entonces había acabado Bellas Artes y le encargamos el diseño», apunta su madre. Nieves fue exigente. Tardaron ocho meses en dar con el logo. Fue difícil pero dieron con la fórmula; una mujer con las gafas y el moño que caracterizaba a María y a Manuela; unos labios rojos como guiño a la modernidad y pasión de Nieves y Blanca; unas hojas de carballo que nos lleva a las cabañas y su entorno; y unas uvas que hablan de la tierra y de las raíces. Eso es María Manuela: cuatro generaciones en una sola una etiqueta.