Esos grandes cafés de la vieja normalidad

Con la hostelería haciendo encaje de bolillos para salir indemnes de los golpes de la pandemia, hay locales que pese a todas las restricciones aún huelen a 2019. Incluso algunos a 1903. Fieles a sus platos combinados, partidas de dominó y lámparas de araña, el Manhattan, Luces de Bohemia y el Café del Centro son historia viva de Galicia

Que los propietarios de estos tres cafés se llamen Antonio es, por descontado, una casualidad. Pero es también cierto que se trata de un nombre atemporal, recio y familiar; características que comparten Luces de Bohemia (Vigo), Café del Centro (Lugo) y Cafetería Manhattan (A Coruña). Historia viva de Galicia, una periodista de La Voz treintañera decía hace unos días que este último local es «mítico por la tapa de cortesía de empanadilla y croqueta, y por el techo de cristal; si vas, te tienes que hacer un selfie». Curiosa apreciación, sobre todo, porque probablemente el grueso de la clientela del Manhattan nunca se plantearía tirar de ese gesto narcisista cuando se acerca a la plaza de Pontevedra a tomar un café. Igual no saben ni qué es tal cosa. Pero poco importa, pues el atractivo de estos locales radica en puntos ahora ciegos en la mayoría de bares, porque aquí el cómo es igual de importante que el qué. El trato, las maneras, son fundamentales. Tanto como ofrecer una amplia variedad de opciones, plagadas de platos combinados que zarpan de los huevos con patatas al bacalao, pasando por un sándwich rematado por un espárrago como signo de distinción.

Se esforzaba tanto Antonio Taibo en explicar el diseño de este bocadillo como en narrar el día a día tras esta suerte de rentrée a la que ha obligado la pandemia. Porque son los pequeños detalles los que en estas casas marcan la diferencia. De hecho, mientras parece que todo sigue como siempre en una cafetería donde un martes del 2021 un hombre de unos 60 años escribe con pluma estilográfica, el gerente de este emblema de A Coruña está preocupado porque no pueden acompañar los habituales cafés de terrones de azúcar. Cafés que sirven, por supuesto, trajeados camareros con pajarita que, eso sí, no dejan de lucir pelo a lo Omar Montes. «Normalmente tenemos más plantilla y los trabajadores tienen más edad, pero están en ERTE», comenta Taibo. El toque de actualidad de la cabellera de estos jóvenes contrasta con ese pastiche de estilos que soporta bien el paso de los años. Tanto que, como explica el gerente, de cambiar algo será solo las luces.

El café vigués Luces de Bohemia
El café vigués Luces de Bohemia

El vaivén de cierres y aperturas a los que han estado sometidos en el último año los locales con más solera de la comunidad no ha hecho sino incrementar el apego de los clientes habituales a sus segundas residencias. «Necesitábamos venir» es la frase que más escucha Antonio González, propietario del mítico café vigués Luces de Bohemia. «Somos ese tipo de cafetería de ambiente distendido y agradable al que la gente viene, por lo general, a seguir su rutina: los que son de café vienen a eso, y otros no perdonan su menú al mediodía». No obstante, advierte que el éxito rotundo de su local está en el chocolate con churros, que en parte moviliza a la juventud a una cafetería en la que perfectamente pueden coincidir con sus abuelos. Y es que esa gente mayor que podía temer salir a la calle por tratarse de un grupo especialmente vulnerable al coronavirus se siente en estos sitios como en ningún otro. «Después de haberlo pasado tan mal, de no ver a familiares y amigos, podía parecer que iban a dejar de venir a echar la partida; sin embargo aquí están. Y yo me alegro, porque todo el tiempo que estuvimos cerrados me preguntaba qué tal estarían todos mis clientes, pero sobre todo los más mayores, y cuando los he vuelto a ver por aquí [Manhattan] no sabe la alegría que me he llevado», expresa Taibo. Aunque no se debe hacer distinciones entre la clientela, el Café del Centro, en Lugo, luce orgulloso una retahíla de ilustres nombres que dan cuenta de la fama que se ha ganado a pulso en esta urbe. Tiempo ha tenido el otrora conocido como Café Moderno (así llamado por los avances tecnológicos con los que contaba cuando empezó su andadura en 1903) para registrar caras conocidas. Atraídos quizás por su extensísima carta, en la que se invita a probar todo tipo de tortillas, bocadillos y platos combinados, pese a que el rey del mambo es el bacalao; no perdonaban su café Araceli y Juan Pujol, una pareja de espías que hicieron cambiar el curso de la II Guerra Mundial. También lucieron palmito cantantes como Georgie Dann y prolíficos grupos como Boney M. Y entre tanto, un ramillete de caras populares del papel couché de los noventa como Sofía Mazagatos o Juncal Rivero.

 

El Café del Centro, situado en Lugo

Clientes de 18 años... y de 104

Obligado a cerrar tras más de un siglo funcionando a todo gas, Antonio Blanco, que está al frente de este local situado en la plaza Mayor, recuerda con orgullo que los años de historia no se borran de un plumazo. Contra viento, marea y covid-19, está convencido de que el Café del Centro resistirá aunque tenga que vivir un tiempo de la terraza, en una ciudad no poco hostil en cuanto al tiempo. «Vienen a vernos chavales de 18 años pero también señoras de 104, algo tiene este local que sigue atrayendo a la gente hasta en las situaciones más complicadas». Y algo tendrá cuando se escucha eso de que en Lugo hay que hacer tres cosas: visitar la muralla, la catedral y el Café del Centro.

Agradecidos por la buena acogida de su público (Taibo incluso relata que los comensales del Manhattan le perdonan que estos días los menús se sirvan con patatas congeladas por falta de personal en cocina), ningún Antonio tiene previsto bajar el telón. Taibo, por el momento, solo piensa en continuar con su rutina, que pasa por escoger buen género en el supermercado, cerrar el local y, entre tanto, dar algún paseo a una manzana donde se le tiene casi como una celebridad. «Hasta que el cuerpo aguante», dice Blanco desde Lugo; y se apunta su tocayo vigués a ese Resistiré que, seguro, se ha tarareado en momentos bien distintos de la historia en estos tres cafés.

Siempre nos quedará el Manhattan

Javier Becerra
INTERIOR DE LA CAFETERÍA MANHATTAN
INTERIOR DE LA CAFETERÍA MANHATTAN

Recordábamos (alguna con lágrimas en los ojos, me consta) la semana pasada por aquí la extinta cafetería Kirs de la calle Real, su excelencia añeja y la sensación de que un tiempo se ha ido para no volver jamás. La reacción fue inmediata. Melancolía, ganas de viajar atrás por un momento y disfrutar de esos placeres que se escurren entre los dedos y, cuando te das cuenta, ya no están. En este caso, sin embargo, existe consuelo. En efecto, porque el Kirs ya no está, pero siempre nos quedará el Manhattan.

INTERIOR DE LA CAFETERÍA MANHATTAN
INTERIOR DE LA CAFETERÍA MANHATTAN

Quien traspase los cristales oscuros del local de la plaza de Pontevedra saboreará esa misma sensación de cafetería elegante de otra era. Su origen está muy ligado al Kirs. De hecho, el propietario participó en la fundación de aquel. Primero, se ubicó en la parte que da a Juana de Vega. Luego, al reformarse el área en los primeros noventa, se trasladó a su situación actual. La filosofía resulta parecida. Sí, el Manhattan también brilla y hace brillar. Tira de croquetita y taquito de tortilla para acompañar el aperitivo. E, igualmente, entre el mármol, los dorados y las plantas, se presenta como una cápsula ajena al paso del calendario.

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