Patricia Beiro, experta en seguridad alimentaria: «Es más dañina la quimiofobia que los restos de pesticida de un tomate»

Según un reciente informe, España es el mayor consumidor europeo de plaguicidas en verduras y fruta


La experta en seguridad alimentaria Patricia Beiro ahondaba en lo hipócrita que resulta la idea de que los ciudadanos dejen de consumir frutas y verduras por el goteo de informaciones que advierten de la presencia de pesticidas en estos productos, y entonces se coló AstraZeneca en la conversación. La analogía venía como anillo al dedo. Las autoridades competentes recuerdan que no hay justificación científica para temer ninguna de las vacunas que se dispensan en nuestro país, pero hay quien solo piensa en trombos. Y las autoridades competentes recuerdan, también y desde hace años, que los productos de la cesta de la compra en España cumplen con todos los controles sanitarios para garantizar el bienestar de la población. Pero hay quien solo piensa en tóxicos.

En julio del pasado año, la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) alertaba de que el 42 % de las frutas y verduras que llegaban a las mesas españolas tenían plaguicidas; ese mismo mes, Ecologistas en Acción publicaba un informe según el cual, con datos arrojados por Eurostat, España se quedaría como el mayor consumidor de pesticidas de Europa. Ahora es la Pesticide Action Network quien ha vuelto a hacer saltar la liebre. El titular: la verdura de hoja verde en España es la que tiene el mayor porcentaje de disruptores hormonales en una sola pieza.

Estos alteradores endocrinos son sustancias químicas presentes en alimentos, productos de limpieza o enseres de higiene personal, y en grandes cantidades pueden considerarse responsables de alteraciones del sistema hormonal y se relacionan con problemas como la pérdida de fertilidad, malformaciones congénitas, diabetes y diversos tipos de cáncer como el de mama o próstata. La Unión Europea fija unos «umbrales de seguridad» —el porcentaje por debajo del cual estos pesticidas no producen efectos adversos— que, como mantiene el Ministerio de Cosumo, en España no se superan. Aún así, el Gobierno tiene en el horizonte, concretamente en el 2030, reducir el uso de plaguicidas en un 50 %.

Agricultura ecológica

«Hay que ser críticos con la información que recibimos y entender que los alimentos que llegan a nuestras manos son totalmente fiables. Precisamente, lo peligroso es esta quimiofobia que estamos viendo últimamente y que solo interesa a la agricultura ecológica y el márketing que la rodea. Porque hay mucha confusión con todo esto: no existen avales científicos suficientes que garanticen que los productos ecológicos son más sanos. Que, por otro lado, la agricultura ecológica también permite el uso de ciertos químicos, ojo». Añade Beiro, profesora de Higiene alimentaria en el Centro Superior de Hostelería de Galicia (CSHG), que «no podemos dejar de comer tomates por unos riesgos prácticamente inexistentes».

De hecho, recuerda que cuando existe un peligro evidente son los propios organismos sanitarios los que lanzan un aviso. «En el 2019, Sanidad actualizó las recomendaciones sobre el consumo de pescado para prevenir la intoxicación por mercurio, que afectaba al pez espada, el atún rojo, el tiburón y el lucio; e iban dirigidas sobre todo a niños menores de diez años y mujeres embarazadas»

Refuerza la idea de Beiro la nutricionista María Pérez. «Es más dañina la desinformación que provocan algunos mensajes ‘quimiofóbicos', o dejar de comer vegetales por miedo, que la cantidad residual de plaguicidas que contengan los alimentos que comemos». Continúa: «Es más, lo que hay que hacer es incentivar el consumo de este tipo de alimentos que, mientras lavemos las piezas, podemos estar tranquilos». Y, puntualiza ahora Beiro: «Si son productos de proximidad, mejor que mejor; porque esa es otra —explica—, no tiene ningún sentido comprar un kiwi ecológico que viene desde la otra punta del mundo, con la huella de carbono que esto genera, porque de sostenible no tiene nada. Lo mejor es intentar acotar la compra a alimentos saludables, locales y de temporada».

La carne que comes deja huella

Laura G. del Valle

El impacto medioambiental que genera el consumo de vacuno no pasa inadvertido para el sector, que ya busca soluciones, ni para el consumidor; que tiene en el pollo o la proteína vegetal sus mejores aliadas

Últimamente en el seno del sector vacuno, cada vez que una organización de calado habla, sube el pan. Si hace unos años asestaba el golpe la Organización Mundial de la Salud (OMS) al emparentar el consumo de carne roja con un mayor riesgo de sufrir cáncer, en agosto la ONU alertaba de la necesidad de reducir su consumo para frenar el cambio climático. Pese a que los españoles se gastaron en el 2018 más dinero que en el 2017 en productos cárnicos —según el último Congreso de Productos Cárnicos, concretamente, un 3,3 % más— es cierto que la conciencia verde cada vez gana más aliados. Por eso, y porque un lavado de cara se ha vuelto necesario, este sector se ha comprometido a reducir la huella de carbono un 15 % en diez años. Así lo puso de manifiesto la pasada semana Provacuno, la interprofesional del sector. ¿Seguirán los consumidores sus pasos?

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