Etiquetas más controvertidas que el Nutriscore

La mayoría de nutricionistas se opone de plano a este semáforo que categorizará los alimentos en España. Sin embargo, alertan de que muchas maniobras de márketing de la industria alimentaria son aún más confusas para el consumidor


En solo veinte segundos, el anuncio incumple una de las directrices marcadas por el Código PAOS, un manual de buena conducta que guía a las compañías alimentarias para mejorar la calidad de sus mensajes publicitarios y el impacto negativo que puedan tener en niños y niñas. Su objetivo es acabar con esa pandemia que llegó antes que el coronavirus y aún está lejos de erradicarse: la obesidad infantil. En el spot en cuestión lucen pizpiretas unas galletas con serigrafías de Minions que hacen las delicias de los más pequeños. «En la publicidad de alimentos dirigida a menores de hasta 12 años no aparecerán personajes especialmente próximos a este punto», indica uno de los apartados de este código regulador. Tarjeta amarilla.

No llega a ser sancionado del todo por la nutricionista María Pérez porque, en este caso, el producto lleva ingredientes razonablemente aceptables. Y es esta la única razón por la que la compañía puede tirar de artillería pesada con ese eslogan que parece ser música celestial en materia alimentaria: «Sin azúcares añadidos». ¿Y acaso es esto malo? Podríamos dejarlo en que bueno no es. Como alerta esta especialista, «la industria alimentaria juega con la mala fama que tienen las grasas y los azúcares para mandar este tipo de mensajes, y así generar la sensación en el consumidor de que los productos son más saludables, cuando perfectamente pueden seguir siendo una porquería». Continuando en esta línea, de hecho, menciona el caso de unas galletas de otra marca. «Esto es mucho más sangrante: en la caja se indica que el producto es rico en fibra, vitaminas, minerales y hierro. Y si alguien quiere buscar todo esto, lo normal es que se coma unas lentejas; más allá de que lleva un buen chute de azúcares y el envase tiene dibujos animados». Estos ejemplos, lejos de ser casos aislados, están a la vista de cualquiera que tenga televisión y se dé un paseo por el supermercado. Ocurre especialmente con alimentos para niños: se suma que hay que contentar a los padres por la vía de la alimentación saludable con atraer a los menores con «colores llamativos, dibujos, tipografías de letras grandes o incluso formas llamativas. En otras ocasiones a veces incluyen incluso regalos para incentivar la compra»

Y así lleva años el elefante campando a sus anchas en la habitación. Porque con el foco mediático puesto en el sistema Nutriscore, los consumidores siguen dejándose querer por mensajes agresivos y confusos. Y esto no quiere decir que los nutricionistas abracen este nuevo etiquetado, todo lo contrario, pues parte de la polémica radica en que este modelo llega a valorar el aceite de oliva como producto de peor calidad que la Coca-Cola Zero. Pero es cierto que quieren aprovechar la atención para reclamar que se estudien y regulen muchas praxis llevadas a cabo por la industria alimentaria.

María González, nutricionista y miembro del Colegio Profesional de Dietistas-Nutricionistas de Galicia, explica que solo entiende el sistema Nutriscore para comparar distintas marcas de un mismo producto, pero que aún así luego «son etiquetas en las que pone '0% materia grasa' a las que se van a lanzar muchos consumidores pensando que eso es casi como comer aire, cuando a lo mejor, imagínate que es un yogur, tiene altas cantidades de azúcar». Una anécdota similar la cuenta Perez, que trabaja en Assistens Sport. «El 95 % de mis pacientes me dicen que toman yogur desnatado contentos, como si fuese fundamental para cuidarse, y la mayoría de las veces reconocen que los toman de sabores, justo lo que suelen estar plagados de azúcar. Es más importante que un yogur sea natural que desnatado».

Qué hacen otros países

González invita a las autoridades a echarle un ojo a sistemas que ya funcionan en países latinoamericanos como Uruguay o Chile. En este caso, son las partes negativas de un producto las que se muestran en la parte frontal del paquete para que el consumidor tenga claro meridiano lo que se lleva a la boca. Se trata de unos sellos negros, que indicarían, entre otras cosas un «alto en grasas saturadas», «alto en azúcares» o «alto en calorías». De este modo, sabríamos de forma más fidedigna que nos llevamos a la boca. Y esto no es cuestión menor, pues parece que cada vez estamos más preocupados por lo que comemos, aunque a veces interese llevar una venda en los ojos. En esto están de acuerdo las nutricionistas consultadas, que creen que las marcas se aprovechan del bum por la vida sana usando recursos en sus envases como «fuente de fibra», «ayuda al correcto funcionamiento del sistema digestivo» o «sin gluten»; esto último una de esas falacias que ha ido calando hondo en buena parte de la sociedad como un valor en alza sin ningún sentido, pues una persona que no es celiaca no tiene por qué renunciar a alimentos que lleven esta proteína. 

Así las cosas, y volviendo al ojos que no ven, quebradero de cabeza que me ahorro, Viki Lorenzo recuerda, por muy de sentido común que parezca, que el mejor etiquetado es precisamente el que no existe. «La cesta de la compra debería estar llena, en su mayoría, de productos libres de etiquetas: frutas, verduras, carnes, pescados. Y en caso de comprar productos envasados lo mejor es fijarse en la lista de ingredientes y, cuanto más entendamos, mejor, será que es un producto más natural evitando claro, elevadas cantidades de azúcar y otros componentes perjudiciales que ya podamos conocer».

La publicista y experta en márketing Jéssica Bardanca explica que las empresas saben que los consumidores, sobre todo la franja millennial, cada vez mira más con lupa lo que compra. Incluida la alimentación. «Por eso deberían ser realistas y coherentes con lo que venden, apostando por copys realistas». En esta línea, María González destaca el semáforo nutricional que usa la compañía Vegalsa-Eroski para los productos de su marca como indicador del buen hacer que pueden llevar a cabo las compañías. Consiste en un sistema de colores que indica de forma cara y sencilla el porcentaje de sal, azúcares, o grasa saturada de un producto en función de la ingesta de referencia diaria recomendada de calorías y nutrientes.

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