Aceite por 7 euros y carne sin controles de calidad: las trabas para comer bien lejos del lugar con la mejor dieta del mundo

Cinco gallegos residentes en México, EE.UU. o el Reino Unido explican las dificultades que se encuentran en el supermercado para poder llevar una alimentación similar a la dieta atlántica, reconocida por los expertos como la más saludable


Lo corroboró el pasado año un estudio de la Universidad de Oporto: la dieta atlántica convierte a los gallegos en los más longevos de Europa. Acostumbrados como estamos a una despensa plagada de pescados, carnes y vegetales de la mejor calidad, sumado a un recetario popular que fomenta unos menús sabrosos a la par que saludables, una vez el gallego sale al extranjero, mantener los hábitos alimentarios puede convertirse en una auténtica odisea. No solo porque España sea, junto con Portugal, el país de la Unión Europea con la cesta de la compra más barata (incluso es más económico ir al supermercado en terreno ibérico que en Grecia o Chipre, con sueldos más bajos). Sino porque la salud puede resentirse al comprobar que llevar una dieta correcta es, en muchos casos, casi imposible.

Cinco gallegos residentes en distintas partes del globo explican cómo han tenido que adaptar su economía doméstica a las costumbres de los lugares donde viven. Esto es especialmente importante, además, si se tiene en cuenta que la mala alimentación es la causa de una de cada cinco muertes en el mundo y que, la regulación en materia alimentaria, como ellos mismos cuentan, muchas veces brilla por su ausencia. Uno de los gurús de la vida sana en la actualidad, Carlos Ríos, impulsor del movimiento Realfooding,  publicaba el 16 de octubre en su cuenta de Instagram lo siguiente: «Hoy es un día histórico. las bebidas azucaradas y edulcoradas que antes se tasaban con un 10 % ahora pasarán a tasarse con el 21 %. En algunos estudios se observa cómo la tasación no solo reduce la compra de estos productos, sino que también hace aumentar el consumo de  bebidas libres de impuestos como el agua. La evidencia es rotunda: los impuestos a las bebidas azucaradas introducidos en países de todo el mundo parecen haber sido eficaces para reducir tanto compras como ingesta». A Antía Blanco, que lleva un par de años viviendo en México D.F., le hacen los ojos chiribitas pensando en una regulación similar en el país del tequila.

«Reconozco que por ser gallega estoy muy mal acostumbrada, tanto por el precio de los productos de allí (relata desde México) como por el 'factor aldea', que te permite tener media nevera llena con productos caseros. El contraste me pareció muy llamativo porque alimentarte de ultraprocesados es excesivamente barato debido a que esa industria mueve muchísimo dinero aquí. Si comparas que un plato grande de un ultraprocesado cuesta menos de un euro con un litro de yogur saludable, que al cambio cuesta 6 euros, te haces una idea de la situación». Aunque esta herculina también reconoce que, por ejemplo, las verduras son baratísimas y de buena calidad, así que por ese frente puede prepararse elaboraciones decentes. El tomate, de hecho, le cuesta 0,5 euros el kilo (importante, matizar que en México el salario medio es de 6.106 euros) y el calabacín 80 céntimos. Es al hablar de carne cuando vuelve a fruncir el ceño. «Apenas consumo porque aquí no tienen la obligación de mencionar de dónde vienen ni de pasar controles de calidad tan escrupulosos como los de España». Y ¿qué es lo que más echa de menos? Como buena gallega, el pan. «Te venden como producto premium uno que es malísimo porque no tienen cultura de pan, sino de tortillas. Es su equivalente y es el que está bueno y barato aquí. Para que te hagas una idea, la mitad de una barra de pan española muy corriente cuesta más de un euro».

Sin panaderías

Justo a este bien tan valorado en la esquina noroeste peninsular hace referencia Javier. Este coruñés residente en Boston comenta que una baguette, lo más parecido al pan gallego que puede encontrar en esta ciudad estadounidense cuesta unos dos euros precisamente, y hace la misma apreciación que Antía, «se debe a la ausencia de cultura del pan». Y continúa: «La falta de panaderías y que es visto casi como un plato más, no como un bien del día a día con el que acompañar la comida, hace que no sea un producto de primerísima necesidad e indispensable en las casas». Dos son las cosas que quiere resaltar de los más de tres años que lleva viviendo al otro lado del charco: «O compro la leche más cara, de 5 dólares (más de 4 euros) el litro o se cristaliza y parecen polvos con agua. Es inevitable gastarte mucho dinero en la compra si te preocupa tu salud». También si te apetece darte un capricho, el chorizo Palacios, de la marca española que tiene a mano, le cuesta ni más ni menos que 12 dólares (10,25 euros).

Eva, que vive en Milán, envía su cesta de la compra y, en comparación con el precio medio que uno puede encontrarse en cualquier supermercado de España se aprecia que el importe de los productos es sensiblemente superior a lo que le costaría en Galicia. La diferencia más llamativa se encuentra en la ternera (casi 21 euros el kilo, según cuenta) y el pollo (hasta 15 euros, también el kilo). También en el pescado, que explica, «es difícil»  A su vez, con la diferencia entre el sueldo medio español y el italiano, de 27.537 euros aquí y de 31.602 euros en el país transalpino, los precios quedarían más o menos a pré. Respecto a los hábitos, Eva lamenta que en Italia «comen pocos guisos con legumbres, y la manera de utilizar estos productos es muy distinta a la española».

En Londres, Miguel piensa (sin paños calientes de ningún tipo) que el problema de la comida, más allá de la diferencia de precios abismal que encuentra entre supermercados, es la calidad de los productos. «O que custa máis é comer rico», sentencia. Eso sí, aunque reconoce que no ha tenido que cambiar su rutina alimenticia en los más de dos años que lleva en el extranjero, la suba de precios «pode ser que se note a partir de xaneiro, cando xa o Reino Unido estea fora do mercado común. Pero vai depender de se chegan a algún acordo comercial». Martín, un ferrolano que lleva en la capital británica más de cinco años, explica que lo que más valora, en cuestión de alimentación en este país, es que si quieres variedad y calidad, la tienes. Ahora bien: ¿el precio? «La verdad es que se dispara para los que tienen sueldos normales». Y si entramos en terreno pantanoso, es decir, incorporando a la cesta de la compra productos clásicos de la dieta atlántica sí  es seguro que el bolsillo saldrá escaldado. «Una botella de aceite de oliva La Española de un litro cuesta más de 7 euros al cambio». El mismo producto, en un supermercado de nuestro país, cuesta menos de la mitad.

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laura g. del valle

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«Nada. No sabría hacer nada». Es la respuesta de Adriano, un coruñés de 81 años que, puesto en la tesitura de que su mujer desde hace más de medio siglo no pudiera cocinar, se vería en un brete importante. Al menos a la hora de comer y de cenar. Reflexiona tres segundos. Los suficientes para darse cuenta de que tendría que intentar solventar este problema. «Quizás una tortilla francesa o un filete; no sé, llegado el apuro supongo que acabaría aprendiendo a hacer algo, pero seguramente todo me quedaría crudo, y no sabría calcular las proporciones de sal». A la tortilla francesa y al filete, pero también a los bocadillos, se apunta Leandro, de 84 años. «Y, bueno, también sé hacer el desayuno. Me lo hago yo todas las mañanas». Fritos, pan y bollería. Un peligroso trío al que recurren a diario buena parte de los más de 130.000 gallegos de más de 80 años que viven en la comunidad. Viudos que no saben cocinar, personas con problemas cardiovasculares, diabéticos, mayores con dificultades de movilidad y mucha, muchísima gente sola que por perder (daño colateral de este mal), ha perdido hasta el apetito.

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