Las máquinas de vénding: cuando lo único sano son las botellas de agua

Empleados de compañías de distintos sectores nos enseñan los productos a los que tienen acceso en su jornada laboral: grasas saturadas, azúcar, aceite de palma y apenas productos saludables. ¿Cuáles son las consecuencias de convivir a diario con estas tentaciones?


Redacción / La Voz

El debate está encima del mantel. ¿Puede la empresa descontar el tiempo del café o del pitillo a un empleado? Entre el bando de síes y el bando de noes se cuela un intransigente actor en escena. El de ese nutricionista, que pueden ser todos, que capaz sería de vetar cualquier descanso si de esa manera consigue alejar al trabajador de las máquinas de vénding que llenan calles, centros comerciales, aeropuertos, hospitales y, por supuesto, centros laborales. En un momento en el que nuestra alimentación está en el punto de mira por el abuso en la ingesta de ultraprocesados, bollería industrial y en definitiva, alimentos de mentira, el nuevo ministro de Consumo, Alberto Garzón, advertía hace algunas semanas de la necesidad de tomar medidas contra la comida rápida metiéndole un hachazo en forma de subida de impuestos. Los médicos aplauden la medida; esta y prácticamente cualquier otra que ayude a disminuir los altísimos índices de obesidad de obesidad que azotan a los españoles: en nuestro país ya más del 25 % de la población sufre esta enfermedad.

Por eso llama la atención que todavía no se hayan tomado medidas similares a las que han acogido Francia, Portugal o Italia, que sí han regulado el tipo de productos que puede habitar en las máquinas expendedoras que tienen a su disposición los empleados en sus centros de trabajo. De hecho, el país transalpino incluso se plantea la redacción de un documento de buenas prácticas para lograr un vénding saludable. Según la nutricionista Blanca Couce, no estaría de más que en España, o al menos en Galicia, alguien diese un golpe en la mesa. Según las fotos que le hemos hecho llegar, y que se corresponden con las máquinas de vénding de una constructora, una empresa de automoción, una compañía textil y un hospital (todos asentados en las tierras de Breogán), la experta mantiene: «En ninguna de las imágenes veo opciones saludables, pero tampoco en el resto de máquinas que me encuentro; como mucho alguna vez he visto fruta como uvas o manzana cortada, o nueces peladas. Y aún existiendo estas alternativas, los precios son desorbitados».

Doble condena

Poniendo el foco en las máquinas de estas empresas, de las que muchos empleados tendrán réplicas en sus centros de trabajo, Couce explica que «la realidad es que es muy difícil encontrar una máquina que innove más allá de la bollería industrial, las galletas y los snacks salados; como se puede ver en estas fotos en las que lo más saludable son las botellas de agua. Esto es muy perjudicial por varios motivos: en primer lugar, porque si esta es la única oferta que hay en tu puesto de trabajo y te olvidas de llevarte algo para comer, cuando tengas hambre estás condenado a consumir estos productos. Por otro lado, si lo que quieres es cuidarte o perder peso, la presencia de estas máquinas es una tentación, una lucha constante contra la que es muy difícil luchar».

Recuerda, además, la especialista que hay productos que el poderoso márketing nos hace creer que son saludables pero que en realidad solo están pensados para grupos concretos de la población, como los envases que alertan «sin gluten» o «sin lactosa». Y asegura que no es tan complicado «incluir en estos véndings productos como yogures, fruta, hummus, guacamoles o frutos secos al natural». Incide precisamente en este punto porque «respecto a los frutos secos, pueden parecer saludables y, sin embargo, lo que son en realidad es un cóctel de sal y aditivos a base de ganchitos y similares, con algún fruto seco salado y frito en algún aceite vegetal que, por supuesto, nunca será de oliva».

El problema es que en esta materia no suele estar claro si fue antes el huevo o la gallina. Si las empresas ponen las máquinas expendedoras que tienen buena aceptación entre los empleados, o los empleados consumen, resignados, las opciones que les ofertan sus compañías. Queda esta duda sin resolver tras hablar con Marcos Eirís, propietario de la carballesa APunto 24, que cuenta con 50 puntos de venta repartidos por Galicia. Según su experiencia, y pese a que el equipo se afana por incorporar productos saludables a sus máquinas (destaca la fruta deshidratada y productos hechos con harina de legumbres), reconoce que si se guía solo por los datos no le saldría del todo rentable cambiar por completo el surtido del vénding. «Entiendo que es necesario ofrecer alternativas sanas, y de hecho nosotros apostamos por ello, pero la verdad es que la demanda de estos productos aún es baja».

Lo corroboran las palabras de una de las trabajadoras que se ofreció a mandar una foto (la de la derecha del montaje fotográfico que encabeza esta noticia) de la máquina de su trabajo. «Durante un tiempo tuvimos bocatas de jamón y queso en las máquinas y bolsas de zanahorias; pero retiraron ambos productos porque no se consumían, de hecho a las zanahorias hasta les podías ver el moho».

El caso más controvertido es el de los hospitales, aunque sea por la paradójica situación de ver a un médico recomendándole a un paciente una dieta saludable mientras el personal sanitario solo tiene acceso a productos ultraprocesados. La primera de estas imágenes corresponde a la máquina de un hospital privado de A Coruña: batidos, chocolatinas y snacks, eso sí, de todo tipo y sabor, son las únicas opciones que tienen a su disposición los facultativos. En el 2018 el Ministerio de Sanidad anunciaba que se instaurarían medidas en colegios e institutos para impedir la venta de alimentos y bebidas con alto contenido en azúcar, ácidos grasos y saturados. Pero hasta la fecha es todo lo que se ha podido leer. 

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