Radiografía de la alimentación en España: la mejor comida pero la peor nutrición

La dieta mediterránea, nombrada la mejor del mundo, ayuda a prevenir la depresión, problemas coronarios y el riesgo de diabetes; aún así seguimos abusando de carnes rojas y tenemos unas de las tasas más elevadas de obesidad


Esta misma semana Sicilia acoge una conferencia mundial sobre dieta mediterránea. Pretende impulsar el consumo y la producción de alimentos de forma sostenible y saludable de tal forma que las generaciones futuras puedan tener garantizado el acceso a este patrón alimentario que, luego entenderán por qué, ha sido nombrado el mejor del mundo (por delante de la nueva dieta nórdica o la japonesa, que no es decir poco). Mientras en Palermo un nutrido grupo de expertos analiza la evolución de esta dieta desde que comenzara el nuevo milenio, un estudio, el enésimo, elaborado por la Universidad Pompeu Fabra, la Universidad de Valencia y el Instituto de Salud Carlos III, revela que la alimentación compuesta por aceite de oliva, pescados, legumbres y lácteos mejora los niveles de colesterol y reduce los riesgos cardiovasculares. También coincidiendo en el tiempo con las sesudas conclusiones de los científicos que están estos días en el país de la bota sale a la luz un informe, en este caso del Hospital Universitario Reina Sofía de Córdoba, que asegura que la dieta mediterránea «ayuda a mejorar el metabolismo de los más pequeños y previene la diabetes».

El goteo sobre las ventajas que este tipo de alimentación tiene sobre todos los grupos poblacionales no cesa. Aunque hagamos caso omiso, por la razón que sea. Es lo que se manifiesta si se pone sobre la mesa que las grandes cadenas de comida rápida plagan las calles de la geografía española, habida cuenta de un negocio cuyas arcas están cada día más llenas. Una cantinela que resuena cuando se echa un vistazo a los últimos datos de las compañías de comida a domicilio, que se hacen de oro gracias a los repartos de pizza, hamburguesas y kebabs. La traducción, si a esto se le añade que la carne sigue siendo un producto predominante en nuestros platos y que los ultraprocesados se hacen fuertes gracias a agresivas estrategias de márketing, no podía ser otra: una juventud obesa. Los niños españoles son (paradojas de vida, junto a países mediterráneos como Grecia, Italia y Malta), los más obesos de Europa. ¿Qué tiene que cambiar? Las siguientes ventajas de la alimentación que, literalmente, tenemos al lado de casa, pueden dar un empujón definitivo. 

Más allá de una dieta. Las dietas atlántica y mediterránea, que salvo matices son prácticamente idénticas, no se limitan solo a unos hábitos de alimentación recomendados para el bienestar de la población. Según un informe de la FAO publicado en el 2015, el hecho de que se abandonen estas pautas supone una pérdida de hábitos tradicionales de consumo de proximidad que repercuten notablemente sobre la producción local, la agricultura sostenible y la preservación de paisajes. 

Aunque podemos entonar el mea culpa, no hay que pasar de puntillas por el azote económico que dejó muchos bolsillos temblando, pues es una realidad que para alimentarse bien hay que hacer un esfuerzo económico, ya que no es lo mismo comprar un producto fresco que precocinado. Posiblemente no sea casual que en el informe de Consumo Alimentario del 2014 todos los productos relacionados con la dieta mediterránea fueran los primeros en caer de la cesta de la compra. También las jornadas laborales excesivas juegan en contra en este punto. Y la conciliación. Y un largo etcétera que necrosa nuestra dieta y, en último término, nuestra salud.

Un aliado contra la depresión. Según el último estudio de la International Society for Nutritional Psychiatry Research «la calidad de la dieta y las deficiencias de ciertos nutrientes esenciales son determinantes básicos para la salud física y mental». En resumen, se dectectó que el cerebro necesita adecuada ingesta de nutrientes claves, como los ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga Omega-3, aminoácidos esenciales, vitaminas del grupo B (fólicos y B12), vitamina D y minerales como el zinc, el magnesio y el hierro. Una dieta equilibrada y de alta calidad, como es la mediterránea, los aporta.

El sustento: menor incidencia de enfermedades coronarias. Los primeros estudios en torno a la dieta mediterránea se originaron al plantearse los investigadores el porqué en Italia y Grecia la población tenía una menor incidencia de enfermedades coronarias. La Fundación Española del Corazón no cesa en sus avisos: este patrón, basado en la frugalidad y el consumo de productos vegetales y ocasionalmente animales, que emplea el aceite de oliva como base de las elaboraciones, reduce un 30 % el riesgo de problemas cardiovasculares.

La recomendada por la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC): «Nos aporta los alimentos necesarios en la proporción y cantidad adecuada para el correcto funcionamiento del organismo adaptado a sus necesidades», reza la web de la AECC, que pone el foco en la importancia de que en la dieta abunden las ensaladas y hervidos. No es baladí este inciso, pues cada vez más la industria alimentaria, feroz, intenta captar adeptos utilizando como reclamo la idea de la dieta mediterránea o del uso de aceite de oliva. ¿Son unas patatas de bolsa fritas en aceite de oliva un ejemplo de dieta mediterránea? Pues eso.

¿Hace falta una asignatura de nutrición para combatir la obesidad?

LAURA G. DEL VALLE

Nutricionistas y chefs lo consideran básico, pero las ampas creen que es tarea de las familias enseñar a comer a los pequeños

Los Do de pecho de los cuatro candidatos a la presidencia del Gobierno en los debates de final de campaña giraron sobre los mismos ejes. Afinar en ayudas a la cultura, la lucha contra el cambio climático y apostar por medidas concretas que auguren una vida larga y próspera a los españoles fueron algunos de los temas esenciales que quedaron en el tintero. Muchos echaron de menos que se hablase, de hecho, del método de combate de cada formación contra el mal endémico del siglo XXI en España: la obesidad. Pero mientras estas cuestiones se diluyen en el ámbito político, en otras esferas se lucha con fuerza para frenar este acusado problema que empieza en la infancia y que, poniendo el foco en Galicia, ya sufren uno de cada tres niños de entre 6 y 15 años. Toman la batuta cocineros y nutricionistas. El último, el gigante de los fogones Pedro Subijana, que el fin de semana volvió a pedir en la Universidad de Navarra que se forme a los niños en nutrición a partir de la Educación Primaria.

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