Otra paradoja de los españoles: Por qué adoramos tomar café malo

Somos uno de los países que más lo consumen y, por cierto, con altas dosis de cafeína. Sin embargo, el 80 % del café de nuestro alrededor está plagado de azúcar y contaminado por un tueste excesivamente elevado


Todo podría reducirse a que no nos gusta. Así de sencillo. Pero vamos a indagar con Marcos González, el coronado como mejor barista de Galicia, en los motivos por los que los españoles se encuentran en las posiciones más altas de la tabla mundial de consumo de café. Llamativo pues, por lo que explica este experto, tampoco tenemos demasiado aprecio por una bebida que la mayoría tomamos «con leche por la mañana, cortado a media mañana y solo por la tarde». El problema es que en nuestro país el 80 % del café que podemos encontrar a nuestro alrededor es de la variedad robusta, lo que podríamos decir que nos ha atrofiado el gusto. «Se cultiva a entre 300 y 400 metros de altitud y los principales países productores son Brasil y Vietnam. Es un café muy amargo con dosis más altas de cafeína por el estrés que los productores le generan a la planta y tiene un tueste muy alto, precisamente, para maquillar sus defectos». Además, añade este vigués: «Como le ponemos leche y azúcar nos estamos perdiendo, entre todo, el sabor de un buen café».

El hecho de endulzar el que para muchos es elixir de vida, a González le parece un sacrilegio y síntoma claro de que el café no gusta. Pone el ejemplo del café que él mismo consume, de filtro, para asegurar que a la mayoría de españoles lo tildan de «aguachirri», cuando en su opinión es el único que permite apreciar los matices del producto. 

Alternativas sencillas que salen caras

Soluciones rápidas y sencillas se han hecho con las cocinas por las mañanas. Que levanten la mano los poquísimos cafeteros que no tiran de buena mañana de cápsula o suluble. Sin embargo, George Clooney y compañía han hecho, a ojos de González, un márketing excepcional que, no solo nos hace olvidar cómo es un café de verdad, sino que obvia por completo lo perjudiciales que pueden ser estas alternativas para la salud. «Las marcas venden torrefacto, al que le añaden azúcar en el tueste y que en muchos países está prohibido porque lleva un porcentaje altísimo de acrilamida». En concreto, en cuanto a las cápsulas, este maestro reflexiona y asegura que «si dura un año no puede ser natural, pero han creado una obra maestra porque llenan los sabores de azúcar y a nadie le parece mal».

Lamenta González que en un país, se supone, tan cafetero como España (donde se consumen 2,2 tazas al día por cabeza), esta bebida siga siendo de segunda frente a otros productos. Pone el foco en la carne. «Si no te preguntan por el punto cualquiera se mosquea al creer que se la quieren pasar porque es de mala calidad; sin embargo, con el café, te lo queman y nadie diría nunca nada». Esto demuestra que aún estamos a años luz de países como Australia o Finlandia, espejos donde mirarse en cuanto al aprecio que le tiene la población a la calidad en esta materia. Otro de los problemas de que muchos acepten el mismo café en un restaurante de lujo que en un bar de carretera, o que incluso sea mejor en este último local, es que en buena parte de los establecimientos «un cortado no es un cortado; no sabemos ejecutar bien los cafés». No ocurre esto en el vecino Portugal, que sin ser un país referente en cafés, «respetan las formas».

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