Conciliación: el ingrediente que le falta a la alta cocina

Tres gallegas que son primeras espadas de la hostelería aseguran que el sector ha roto moldes en los últimos años y que la inclusión de la mujer es total; sin embargo, creen que todavía hay muchas mujeres que no acceden a altos cargos porque no pueden compatibilizar la vida laboral con la personal


Aunque en principio pueda parecer extraño que en el sector vitivinícola haya más mujeres que en el ámbito de la gastronomía, Marta Fernández lo explica de manera sencilla: «Es una vida mucho más tranquila que te permite mejor conciliar». Equilicuá. Salió el gordo con la directora del Centro Superior de Hostelería de Galicia (CSHG) como había pasado previamente con la prestigiosa sumiller Esther Daporta y Mónica Fernández, nombrada en el 2017 mejor jefa de sala de España. Las tres, primeras espadas en sus ámbitos, reconocen que la imposibilidad de compatibilizar la vida laboral con la personal es un lastre que lleva a muchas mujeres a rechazar puestos de poder o a, ni siquiera, intentar acceder a ellos.

«La conciliación en la hostelería es nula y el tiempo que necesitas para estar con tus hijos coincide claramente con las horas de trabajo. Yo no tengo hijos, pero sé que sería imposible llevar a cabo las jornadas que hago», comenta Daporta, que no solo fue reconocida en el 2015 como la mejor sumiller de Galicia, sino que controla junto a su hermano Yayo el restaurante (con estrella Michelin) Yayo Daporta, en Cambados. La quiroguesa Mónica Fernández, que se encuentra inmersa en la apertura de nuevos restaurantes del Grupo Bambú, del que es directora de sala, también cree que el bastión que le queda por conquistar a la hostelería en materia de igualdad es la conciliación. En su caso, reconoce que siempre busca un equilibrio en sus salas, que sean mixtas «porque enriquece muchísimo el trabajo», pero no siempre es fácil por el problema de tener jornadas laborales maratonianas. No obstante, también piensa que hay cada vez menos barreras que franquear y que ella nunca se ha visto en un brete por el hecho de ser mujer. Ni siquiera cuando hizo el curso de sumiller, cuando, calcula, eran unas 4 o 5 alumnas de un total de 60 personas.

El hecho de que el mundo del vino haya estado vinculado tradicionalmente al género masculino quizás haya podido propiciar, como explica Daporta, comportamientos extraños (y que podrían tildarse de maleducados) entre los más escépticos. «Cuando empecé sí que es verdad que alguna vez me pidieron que saliese Yayo a explicar los vinos pero, por suerte, la gente se ha familiarizado con que haya mujeres en este terreno». Según esta experta ha sido fundamental «romper la barrera de los prejuicios, sin duda la más importante, y creo que está superada», para alcanzar una igualdad casi real. En una línea de pensamiento similar se encuentra Marta Fernández, que antes de dedicarse a gestionar el CSHG estudió Ingeniería Agrícola y se formó como enóloga en La Rioja. Fue allí, entre bodegas, donde recuerda el tufillo a estereotipo que ahora ya no atisba a su alrededor. «Era mujer, joven, y tenía responsabilidad; eso había algún perfil de trabajador que no lo entendía muy bien», comenta.

Igual que saben identificar estas tres líderes los flecos sueltos que quedan en materia de igualdad en la alta cocina mencionan lo mucho que han cambiado las tornas de un tiempo a esta parte. Y lo celebran. «Es importante, y sucede, que las mujeres ganen presencia en congresos, en ferias, a todos los sitios que voy veo que se está cumpliendo esa parte, cuando hace años no era así», comenta Marta Fernández, para añadir Daporta que la profesionalización en el sector también ha sido clave para esta evolución.

Cerveza: el eterno reducto machista

Laura G. del Valle

Las españolas beben la misma cantidad que los hombres pero muchas marcas, sexistas, aún se dirigen en exclusiva al público masculino

En uno de sus primeros papeles, Marilyn Monroe bebía un larguísimo trago de cerveza en una taberna bajo la atenta mirada de Robert Ryan. Se trataba de una escena de Encuentro en la noche, de 1952, y por aquel entonces ni la tentación rubia ni el resto de mujeres tenían por costumbre acompañar su ocio de bebidas alcohólicas. Menos aún si se trataba de una burda cerveza, asociada comúnmente por la filmografía de la época a campesinos y obreros que encontraban en el lúpulo una manera de desconexión tras la dura jornada de trabajo. Muy lejos ya de aquella realidad, todavía quedan posos que identifican la cerveza con una bebida típicamente masculina. No hay más que pensar en todas las veces que en un bar el camarero sirve la jarrita fría al hombre y el refresco light a la mujer, dando por sentado una situación que ya no es tan habitual.

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