El desmadre del zumo de naranja

Algunos locales gallegos superan el 500 % de beneficio por cada vaso que sirven. Pero sus bondades no son tan exageradas como creen madres y abuelas


El zumo de naranja, por alguna extraña razón, marca las etapas de la vida. Puede parecer una reflexión exagerada, pero si uno piensa en su relación con este elixir de vitamina C a lo largo de los años, probablemente, caiga de la burra. Cuando eres todavía un mico el zumo de naranja es un temido enemigo. No porque los niños detesten su sabor, sino porque con los padres metiéndoselo casi por vía intravenosa a sus retoños a toda prisa (por eso de que pierde las vitaminas, un mito que tumban los estudios, por cierto), genera un poco de rechazo, y por qué no, incomprensión. Años después, con la espinilla ya puesta, el joven comienza a darse cuenta de los verdaderos beneficios de este brebaje, que nada tienen que ver con eso de curar los resfriados (ahí va otra leyenda urbana): esa sensación reparadora tras una noche de excesos es incomparable. Y, cuando menos se lo espera uno, consigue por fin un sueldo. Y decide que es momento de entrar de lleno en el mundo de las maravillosas mañanas dominicales leyendo la prensa en el bar de la esquina mientras se toma un zumo de naranja. Entonces, y solo entonces, se plantea si no será momento de desterrar esta bebida para siempre de la rutina, pero ya es tarde. Pese a los 2 euros que cuesta el vaso (ese que te sigues bebiendo de un trago por inercia), cae rendido a su acidez reparadora. 

Muchos, amigos de la cofradía del puño, hacen los deberes en casa antes de ponerse hasta arriba de tostadas y churros fuera de casa. Pero la mayoría sigue consintiendo que los hosteleros le claven lo mismo por un zumo de naranja que por un desayuno completo. Pasa en toda Galicia. Basta con echar un vistazo a los bares de las principales ciudades gallegas para descubrir que lo habitual es que el precio ronde los 2 euros (10 céntimos arriba o abajo), aunque hay establecimientos, como alguna cafetería del centro de Vigo, donde el zumo cuesta a precio de barril de Brent y te sirven un vaso por 3,75 euros.

En el ejemplo más frecuente, el beneficio que obtienen los hosteleros por cada pedido de zumo de naranja supera el 500 %. Veámoslo. Un kilo de naranjas comprado a un proveedor le cuesta a un hostelero unos 70 céntimos. En ese kilo hay unas cinco naranjas, de las que usan 3 por cada vaso. Esto quiere decir que cada zumo le cuesta al bar 42 céntimos. Y el esfuerzo por hacer un zumo, que podría encarecer el resultado final, tampoco es demasiado arduo. Precios abusivos que no se pueden achacar, en este caso, ni a la estacionalidad del producto ni a los aranceles a las importaciones, pues España es uno de los principales países productores de naranjas del mundo.

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