¿Un «procés» gallego?

GALICIA

PILAR CANICOBA

03 jul 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Copérnico ayuda a comprender la evolución de la Galicia política. El astrónomo destrona la teoría geocéntrica que hace de la tierra el centro del universo de acuerdo con sesgadas interpretaciones bíblicas, para coronar al sol como astro rey. En el confín dos verdes castros se produce un cambio inverso, por el cual el país gallego deja de girar en la órbita de los soles de Madrid o Barcelona y se convierte en centro de sí mismo. Es el gallegocentrismo, aupado por una autonomía que descubre la capacidad de los gallegos para gobernarse sin mirar de reojo a nadie, ni importar manuales de esas dos metrópolis que antes eran alfa y omega de España. Un proceso análogo se da en el fútbol cuando se pasa de adorar a dioses ajenos a practicar cultos indígenas, de origen celta o suevo.

O sea que antes del autogobierno había una política gallega que imitaba las modas madrileñas y otra que tenía en Cataluña su Meca. O chotis o sardana, con la muiñeira relegada a fiestas locales. El centralista peregrinaba a la capital para ser ungido por algún preboste que lo miraba como el casero al arrendatario, mientras que el nacionalista hacía lo propio yéndose a la Ciudad Condal en busca de inspiración y reconocimiento. En ambos casos latía un disimulado complejo de inferioridad que se traducía en el ansia de recibir el espaldarazo de quienes dictaban el canon de la buena política, algo que se prolongó durante una parte de la transición democrática hasta que surge el homo autonomicus.

A día de hoy, el Madrid político ya no encandila y lo mismo pasa con la Cataluña a la que el procés ha fraccionado en un cubo de Rubik que tardará en recomponerse. Lo que allí sucede y sigue sucediendo debiera ser una vacuna contra cualquier tentación de hacer añicos un país. Incluso un nacionalista sensato buscaría otro camino para hacer realidad sus sueños, y sin embargo el nacionalismo gallego propone superar el marco vigente, en un incomprensible mimetismo porque no es Ana Pontón la que tendría que procurar parecerse a Rufián, sino al revés. La Galicia que pone a la lideresa en la sala de espera del poder, aguardando mientras visita empresas y supermercados a que Feijoo se canse de gobernar, nada tiene que envidiar a la comunidad rota, convulsa y decadente del portavoz de Esquerra. El gallego que viene al mundo no teme que una de las dos Galicias le rompa el corazón, como en la España de Machado o la Cataluña actual.