Javier Álvarez Salgado, exfondista: «El atletismo me dio lo mejor de mi vida»

GALICIA

Javier Álvarez Salgado posa en su casa de Nigrán, con las Cíes al fondo
Javier Álvarez Salgado posa en su casa de Nigrán, con las Cíes al fondo XOAN CARLOS GIL

Nacido en Vigo en 1943, fue uno de los grandes fondistas europeos. En las pistas conoció a su mujer, con la que ya ha celebrado las bodas de oro. Hoy disfruta caminando y cuidando el huerto.

10 jun 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

La leyenda de Javier Álvarez Salgado se forjó en la edad de oro del atletismo mundial, a inicios de los 70. Cuando el finlandés Lasse Viren asombraba al mundo entero con sus victorias en la pista, cuando el palentino Mariano Haro sumaba cuatro medallas de plata consecutivas en el Campeonato Mundial de Campo a Través, y cuando el norteamericano Steve Prefontaine decía aquello de que no competía para ver quién llegaba primero a la meta, sino para saber quiénes eran los que no se rendían jamás.

«El atletismo me hizo muy feliz -dice Javier-, y me dio lo mejor de mi vida, que es mi familia. A mi esposa, Loly, la conocí en una pista de atletismo, y después de 51 años casados seguimos siendo tan felices como el primer día. Así que al deporte le debo lo más valioso que tengo. Siempre le estaré agradecido al atletismo -añade-. Y me gusta recordar el pasado, pero no quiero caer en la nostalgia. Prefiero vivir el presente».

Fue uno de los mejores fondistas europeos de todos los tiempos. Nacido en Vigo en el año 1943, como atleta poseía una calidad excepcional, que hizo que a finales de los años sesenta y a comienzos de los setenta lograse marcas (7.52 en 3.000 metros lisos en pista cubierta, 8.36 en 3.000 obstáculos, 13.26 en 5.000, 28.01 en 10.000, 1: 32.15 en la prueba de 30 kilómetros en ruta...) que aún hoy, cuando las pistas de ceniza han dejado paso a los materiales sintéticos, siguen cortando la respiración. Por aquel entonces el atletismo era, además del rey de los deportes, literatura, a medio camino entre la épica y la poesía. Un corredor de fondo era, en sí mismo, el espejo de los mejores valores de una sociedad. Pero los atletas tenían prohibida cualquier forma de profesionalismo, y era necesario compaginar los entrenamientos con alguna forma de ganarse la vida.