Así es la galardonada con el Premio Fernández Latorre: una política de Estado, desde Galicia a Madrid pasando por Bruselas

Ana Balseiro
ana balseiro MADRID / LA VOZ

GALICIA

Nadia Calviño, firmando en el libro de honor, en presencia de Santiago Rey
Nadia Calviño, firmando en el libro de honor, en presencia de Santiago Rey VÍTOR MEJUTO

Curtida en la arena europea, Nadia Calviño tiene el reto de tutelar los fondos de reconstrucción

10 may 2021 . Actualizado a las 20:27 h.

Nacida en A Coruña en 1968, a la vicepresidenta segunda y ministra de Asuntos Económicos y Transformación Digital la precede su intachable reputación de trabajadora tenaz, comprometida y dialogante. Se la forjó Nadia Calviño en la década de los noventa en el mismo ministerio que hoy encabeza, y acabó de bruñirla tras hacer las maletas, en el 2006, con destino a Bruselas. Allí aterrizó para ganarse, a base de tesón, llegar a ser la funcionaria española de mayor rango en las instituciones europeas: directora general de Presupuestos. Antes había estado en las direcciones generales de Competencia y Mercado Interior.

En el 2018, su desembarco en la política nacional para integrarse en el primer Gobierno de Pedro Sánchez supuso para el gran público el descubrimiento de una impecable profesional que sobradamente conocían en los foros europeos, dado que en Bruselas -al frente de un equipo de 500 personas- era la responsable de analizar las cuentas.

Tres años y una pandemia después, en un Ejecutivo de coalición no siempre bien avenido, para los ciudadanos Calviño ha pasado de ser la «hija de» -de José María Calviño, director general de RTVE durante el primer Gobierno de Felipe González- a la cara técnica, mesurada y fiable de una política económica que atraviesa las arenas movedizas de la peor crisis habida en tiempos de paz.

Tenía cinco años cuando se mudó a Madrid con su familia. Acudió al colegio Estudio, heredero de la Institución Libre de Enseñanza, y luego a la Complutense. Pero la vicepresidenta nunca pierde la oportunidad de ejercer de gallega profundamente conectada con la realidad de su tierra. El último ejemplo fue hace una semana, en la reunión mantenida con el presidente de la Xunta para abordar los problemas más acuciantes de la comunidad -con la crisis industrial a la cabeza-, además del ansiado reparto de los fondos europeos.

Precisamente ese sentido de Estado, y su visión de la política como la vía para mejorar el país y la vida de sus ciudadanos, fue lo que la trajo de vuelta a casa, tras doce años de rutilante carrera en Bruselas.

Nada hacía sospechar en aquel momento, cuando tomó las riendas de la economía española, la dureza de los momentos que habría de gestionar, materializados en una crisis sin precedentes. Sin embargo, con la confianza que infunde en la arena europea, Calviño primero propuso y luego negoció -disciplina y discreción por enseñas- el que acabaría siendo el flotador de 140.000 millones que deberá ayudar al país a alcanzar la orilla y a recuperar la confianza en un futuro aún peligrosamente incierto.

Su impronta, a modo de salvoconducto ante una Comisión Europea que la respeta, está detrás de las más de dos mil páginas que conforman el plan de recuperación al que se fía desde ya la reconstrucción económica.