El maestro Mateo no esculpió las estatuas para estar encerradas en torreones

Las figuras de los profetas que se guardan en el pazo de Meirás fueron labradas para la fachada del Pórtico de la Gloria de la catedral de Santiago

Las estatuas que esculpió el maestro Mateo, en la capilla del pazo de Meirás, están protegidas por la declaración como BIC
Las estatuas que esculpió el maestro Mateo, en la capilla del pazo de Meirás, están protegidas por la declaración como BIC

El general Franco parecía sentirse a gusto entre la parafernalia medieval con la que su equipo de hábiles asesores construyó su imagen pública. Como nuevo Cid campeador —de Ferrol, que no de Vivar—, se presentaba escoltado por una guardia mora —marroquí, que no valenciana— y recibía cada primero de enero en el Palacio Real las credenciales de los embajadores, de pie custodiando el trono de un providencial nuevo monarca que habría de venir.

Estos son solo algunos ejemplos. En el marco de esa construcción medieval que se gestó en torno a su figura, las portadas de catedrales medievales profusamente esculpidas se convirtieron en atrezo de honor para ceremonias especialmente señaladas. Así, si la portada del Sarmental de la catedral de Burgos sirvió de telón de fondo sobre el que se perfilaba la figura del general, al pasar revista a la tropa en el desfile de lo que el bando de los sublevados denominó Día de la Victoria, cada 25 de julio el Pórtico de la Gloria habría de darle la bienvenida cuando entraba en la catedral bajo palio, para rendir honores al santo adalid patrón de las Españas.

Es probable que en una de esas ocasiones le fueran mostradas a Franco dos esculturas que provenían de la parte exterior del Pórtico, destruida cuando se levantó la fachada barroca del Obradoiro. Eran, por aquel entonces, propiedad del Ayuntamiento de Santiago y acabarían, hasta hace poco tiempo, en la Casa Cornide, en la ciudad de A Coruña.

Aún en vida del dictador, y también después de su muerte, estas estatuas fueron expuestas, ocasionalmente, en sucesivas exposiciones con el rótulo «colección particular». ¿Particular? Los herederos de Franco trasladaron las figuras al capricho arquitectónico neorrománico de una escritora, que el dictador había convertido muchos años atrás en su residencia de verano y que bautizó como pazo de Meirás.

Resulta desolador ver hoy las extraordinarias tallas constreñidas en un espacio que, con su apretada combinación de bancos castellanos rústicos, sillas neogóticas y extrañas decoraciones murales, más parece un almacén de quincallería que una capilla. Esas estatuas no fueron hechas para estar encerradas en torreones, ni para ser disfrutadas por unos pocos, ni para huir de tierras gallegas, que nunca se sabe, porque mover ya se movieron bastante.

Fueron labradas para la fachada exterior del Pórtico de la Gloria, el lugar más visible del hastial occidental de la catedral compostelana, y al que tenían acceso no solo reyes, magnates y prelados, sino también los compostelanos y, por supuesto, los peregrinos y los viajeros. No solo contemplaban a en ellas a Ezequiel y Jeremías, también escuchaban sus profecías, pues las cartelas de grandes dimensiones que sostienen y señalan debieron de estar originalmente repletas de inscripciones pintadas.

Ojalá la Justicia pueda dirimir satisfactoriamente el intrincado entramado legal que ahora las atenaza, para que puedan volver a formar parte del patrimonio público.

Rocío Sánchez Ameijeiras es profesora titular de Historia del Arte en la Universidade de Santiago

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