Los okupas destrozan un edificio en el centro histórico de Vigo

El dueño tuvo que acceder al inmueble con ayuda de la policía


vigo / la voz

Tras abrir la puerta, una bocanada de hedor pone a prueba a cualquier visitante. A unos metros de la Porta do Sol, el corazón de Vigo, se alza un majestuoso edificio realizado por el arquitecto racionalista Jenaro de la Fuente en el número 2 de Abeleira Menéndez. Es un inmueble compuesto de bajo, entresuelo, cuatro plantas y un ático con vistas a la ría. El señorial bloque de fachada de piedra ha estado okupado desde agosto del 2019. Ahora, los propietarios han podido volver a entrar gracias a la policía, a pesar de que el juzgado de Vigo archivó el caso. «Nos dijeron que archivaron la demanda porque no se la pudieron notificar a los que estaban dentro», cuenta Juan Carlos Rial, que dirige la Fundación José Estévez, que es la titular de la finca. El presidente de la entidad tuvo reflejos y llamó a la policía. Acompañado por las fuerzas de seguridad, entró y comprobó que no había nadie. Hasta hace poco era imposible acceder al inmueble. Los okupas vigilaban desde la ventana la llegada de cualquier persona a las inmediaciones. Tenían sus motivos.

El bajo del inmueble acogió hasta hace tres años una conocida tienda de fotografía, pero los inquilinos se marcharon «y todavía deben dinero», asegura Juan Carlos Rial, que abre la puerta de acero que ha sido colocada provisionalmente. Antes de ponerla «hubo otro nuevo intento de okupación. Se metió dentro una persona, pero pudimos detectarlo con la policía y el individuo no tuvo más remedio que salir».

En el zaguán, la linterna del móvil permite enfilar las escaleras de madera con un pasamanos labrado de una gran calidad artística. Es un dragón alado el que recibe al visitante, que tiene que sortear cachivaches y enseres que se acumulan en el hueco de la escalera. A medida que se asciende, el olor nauseabundo se hace más penetrante.

Hubo dos muertes

Desde fuera, el edificio simula contener algo de vida, con macetas en los balcones. Pero dentro solo hay devastación. En el primer piso, unas cortinas de color púrpura, símbolo de la nobleza y el lujo, esconden un panorama desolador. «Murieron dos personas en el interior», recuerda el propietario, que mantuvo una lucha judicial para recuperar el edificio y rehabilitarlo. Los dueños de los inmuebles colindantes, también en mal estado, quisieron comprarlo, pero no se vende. El objetivo es recuperarlo y dedicarlo a alquiler para costear fines sociales y educativos.

El hedor es mucho más fuerte en los primeros pisos. Latas vacías, botellas, ropa sucia y electrodomésticos desvencijados se acumulan dentro. Cada vivienda mide 53 metros cuadrados, divididos en una salita, dos habitaciones, una cocina y un baño. En una de las habitaciones todavía se ven los restos de un papel de plata quemado para fumar heroína. A su lado, una botellita de alcohol sanitario indica que los moradores también se inyectaban droga. Las alucinaciones se convertían en poesía pintada en las paredes: «No existe, no es posible, mi manera, mi forma de deshacer. Esto que siento parece tan real que ni siquiera es de este mundo».

En cada planta vivían varias personas, y algunas estaban hartos de sus vecinos. «La última vez que queráis algo, subid al sexto». Y el del sexto contestaba: «No entréis. Si lo hacéis, ateneos a las consecuencias. Soy pobre pero no gili».

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