Catoira, una brisca política sin triunfos

Serxio González Souto
serxio gonzález VILAGARCÍA / LA VOZ

GALICIA

El socialista Alberto García, a la derecha, recuperó la alcaldía de Catoira, que había perdido tras las elecciones
El socialista Alberto García, a la derecha, recuperó la alcaldía de Catoira, que había perdido tras las elecciones MONICA IRAGO

Alcalde desde antes de que cayese el telón de acero, el socialista Alberto García se enroca con el PP frente a la hostilidad de los suyos y del BNG

15 mar 2021 . Actualizado a las 18:44 h.

A simple vista, la aritmética resultante de las municipales del 2019 -cinco concejales para el PSOE, tres para el BNG y otros tres para el PP- dibujaba una gobernabilidad no muy complicada para un pequeño municipio que, enclavado a orillas del Ulla, apenas supera los tres mil habitantes. Los números de aquellos comicios sirvieron, sin embargo, un cálculo envenenado que, sin llegar al ecuador del mandato, ha propiciado el primer relevo en la alcaldía en treinta y tantos años, dos votaciones a diestro y siniestro del PP, una moción de censura impensable que naufragó en la orilla y, por fin, el regreso de un antiguo poder que hizo que cualquier alianza más o menos homologable por las fuerzas en liza saltase hecha pedazos.

Sería fácil recurrir al tópico de los irreductibles normandos y hacer un par de gracejos a cuenta de los símbolos más reconocibles de Catoira: las Torres de Oeste contra las que se estrellaron los temidos invasores del norte. Pero la clave de este enredo político resulta más prosaica y la tiene, en realidad, un solo hombre: Alberto García, alcalde por el Partido Socialista desde 1989.

Es fácil comprender que alguien que empuña el bastón de mando desde antes de que el telón de acero se desmoronase se haya convertido, con el paso del tiempo, en el contrincante a batir. Sería imposible interpretar Catoira sin la figura de Alberto García, sobre todo en un lugar pequeño, en el que un alcalde siempre es mucho más que la suma de sus concejales. Para el BNG, teórico aliado, hace tiempo que encarna la carta del cacique por descabalgar. Invirtiendo sus términos clásicos, algo parecido sucede en un PP que, despojado de poder e influencia durante décadas, aquí siempre ha desempeñado el papel del tercer actor.

Solo en junio del 2019 la pérdida de la mayoría absoluta precipitó la caída del puño y la rosa. El joven portavoz del PP, Iván Caamaño, decidió prestar sus tres votos para que el aspirante nacionalista, Xan Castaño, se encaramase a la alcaldía.

Pero Caamaño se arrepintió, y su viraje remató la faena. Con tres ediles, el BNG pilotó como pudo el gobierno local hasta que una alianza aparentemente indigesta, pero sobre el terreno más que cantada, llevó a García y a Caamaño a sellar una moción de censura que se esnafró contra la pandemia, primero, y contra una revuelta en el grupo socialista, a continuación. Aunque habían firmado la moción, en realidad la mayoría de los concejales del PSOE renegaban del acuerdo con el PP. Total, que tres de sus cuatro compañeros retiraron su apoyo al histórico regidor en el vestíbulo del mismo pleno en el que debía recuperar el poder. El nacionalista Castaño hizo su parte, dimitiendo, y unos y otros evitaron el ridículo a las puertas de las autonómicas.

Con todo, había que escoger nuevo alcalde, y la ley electoral impedía que, salvo renuncia expresa, fuesen investidos otros aspirantes que no hubiesen liderado sus candidaturas. Ninguna combinación cuadraba el círculo. Solo la idea de que García se hiciese a un lado para facilitar la toma de posesión de otro concejal socialista hubiese prosperado con el visto bueno del Bloque. Pero el veterano político se enrocó. Si los díscolos no estaban dispuestos a apoyarlo, que se abandonasen al transfuguismo. Con el agua al cuello, la dirección del PSOE en Pontevedra negoció una salida: García recuperaría la alcaldía con el respaldo de su grupo a cambio de retirarse en unos meses. Así alcanzó de nuevo el bastón de mando.

Rebelión en el PSOE

Ocho meses más tarde, sus compañeros en el PSOE se revuelven ante la perspectiva de que García, investigado por la Fiscalía por cobrar dietas estando jubilado, oiga llover y siga en el sillón. Se resisten a aprobar los presupuestos diseñados por su desgastado alcalde e instan a la dirección del PSdeG a ejecutar aquel remiendo cosido sobre la bocina. Falta por ver quién le saca el casco al viejo vikingo, que acaba de añadir más leña a la hoguera al ser sorprendido mientras se saltaba el cierre perimetral. Por lo visto iba a la farmacia.

El pacto para la sucesión de Alberto García reaviva las hostilidades políticas en Catoira

serxio gonzález

Si la moción de censura que el socialista Alberto García y el popular Iván Caamaño tejieron durante el primer año de mandato para desplazar al BNG de la alcaldía de Catoira fue bautizada como operación drakkar, lo que ahora se está moviendo bajo la corteza política del municipio arousano bien merece la etiqueta de operación drakkar 2. La sucesión de García y el pacto que alcanzó hace un año con la dirección provincial del PSOE para recuperar el poder, sin que su propio grupo municipal saltase hecho pedazos, se encuentran en la base de las hostilidades que despiertan de nuevo a la sombra de las Torres de Oeste.

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