El covid apaga la última luz roja del Pombal

El Copas, que operaba como prostíbulo, lo compró el vecino de arriba para dedicarlo a hostelería


santiago / la voz

Al igual que los ancianos, los negocios también sufren los achaques de la edad, eso que ahora llamamos a todas horas patologías previas. La pandemia se ha llevado por delante el Copas, el último vestigio que quedaba del barrio chino compostelano, un diminuto prostíbulo en Poza de Bar, en la zona del Pombal, un área urbanística hoy rehabilitada y que se sitúa entre las más caras. La puerta verde de madera del bajo lleva cerrada desde hace ya semanas. Desde el pasado marzo, el negocio abría intermitentemente. El local lo ha comprado el vecino de arriba. Como tiene licencia de bar, su propósito, si las circunstancias lo permiten, es dedicarlo a hostelería, sobre todo teniendo en cuenta que delante hay espacio para una terraza.

Hasta la irrupción del coronavirus, el Copas permanecía abierto casi todo el día. Una fina cortina blanca tapaba la entrada, a cuyos pies había casi siempre un enigmático y oxidado bote de Nesquik. La longevidad de este negocio, que llevaba décadas abierto, es toda una incógnita para muchos de los vecinos, que todavía se preguntan cómo ha podido sobrevivir hasta ahora con tan poca actividad. Era uno de esos negocios con un arrendamiento de renta antigua, pero casi nunca había nadie allí.

Los transeúntes, los habitantes del barrio y los padres y madres que acuden a diario a buscar a sus hijos al colegio que hay al lado, se habían acostumbrado a la discreta y pintoresca existencia del Copas, a su decrepitud, como si fuese alguien que ha llegado a centenario y hubiese sobrevivido a una guerra. Alguien al que hay que mirar con cierta condescendencia porque no anda ya muy lejos de la muerte. Poco o nada molestaba ese local. Su encargada compraba comida en las tiendas cercanas y se llevaba los callos del Caamaño los jueves, y el café, como si estuviese al frente de una zapatería. «Este es un bar como otro cualquiera, ¿qué quieres que te diga?», explicó a este periódico una fría mañana de enero de hace dos años

Supervivientes

En realidad, no era así. Una cerveza costaba entonces cinco euros, más del doble que en un establecimiento de esa clase. El Copas tenía un aire decadente que mostraba sin complejos, como alguien que no tiene nada que perder. Un local lúgubre y sórdido, impregnado de humedad, con el decorado de una pecera, y en el que había un enorme y mohoso espejo y un destartalado y agujereado sofá con dos mantas. La última reliquia de aquella época dorada de los barrios chinos. En cierto modo, el Pombal era a Santiago lo que el Raval a Barcelona, la Palanca a Bilbao o el Papagayo a A Coruña. Todos los negocios de la zona fueron cayendo. Y los viejos prostíbulos se reencarnaron en viviendas, hoteles o locales de hostelería. Fue la suerte que corrieron el Trébol y el Ramos.

A pesar del frío de estos días y del cierre del Copas, por la zona todavía merodea una mujer mayor que camina renqueante con un bastón y que hace la calle. Todos los vecinos la conocen. Se llama Mercedes, vive al norte de la ciudad, y va en autobús. Dicen que es catalana y que lleva ya muchísimos años en la capital gallega. El cierre definitivo de este local supone el final de una historia que arrancó hace ya más de medio siglo. El Pombal vivió su época de mayor esplendor en los 70, cuando la feria de ganado se celebraba muy cerca de allí, en la carballeira de Santa Susana. Eran tiempos en los que los tratantes llevaban el Celtas colgando de la boca y un fajo de billetes en el bolsillo atado a la goma, tiempos en los que acababan su jornada laboral de alterne, sin esconderse, como si fuese un derecho adquirido y tolerado socialmente, una especie de descanso del guerrero ante el que había que hacer la vista gorda.

La prostitución siguió activa también en la década de los ochenta y principios de los noventa. Pero en aquel tiempo hubo también otra devastadora pandemia, aunque de alcance distinto. Una pandemia que muchos quizá hayan olvidado y que diezmó el barrio y lo convirtió en un escenario de guerra. La heroína arrasó aquellas calles de un modo despiadado. Los vecinos más viejos recuerdan a las chicas jóvenes en las aceras, con las piernas delgadas como juncos, con aquella ingenua belleza que se iba transformando súbitamente en vejez, como si empezase a asomar el hueso de una calavera por sus pómulos. Jóvenes de aire espectral que hacían la esquina, que deambulaban perdidas, igual que si fuesen soldados que regresan derrotados del frente, tuteladas por los chulos que las explotaban vilmente para costearse sus adicciones.

Los vecinos recuerdan las peleas constantes, el aire intimidatorio y hostil de aquel tiempo, que en nada se parece ya al próspero barrio de clase media y alta en el que se ha convertido hoy toda la zona del Pombal.

En cierto modo, el Copas sobrevivió incomprensiblemente a aquella devastadora guerra que se perdió contra la heroína y el virus del sida, y ha estado todos estos años ahí, agazapado, como si fuera una especie de ex combatiente. Pero como a todos, al final, también le ha llegado su hora.

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