Del pazo de Ximonde a Meirás: la apropiación de los profetas del maestro Mateo

Francisco Prado-Vilar

GALICIA

Imagen del pazo de Ximonde en 1945, con las esculturas apoyadas en su fachada. Fondo Durán Loriga. ARCHIVO MUSEO DE PONTEVEDRA
Imagen del pazo de Ximonde en 1945, con las esculturas apoyadas en su fachada. Fondo Durán Loriga. ARCHIVO MUSEO DE PONTEVEDRA

Nuevos documentos revelan datos inéditos sobre las esculturas y la intención de la familia del conde de Gimonde de denunciar el expolio franquista

06 dic 2020 . Actualizado a las 18:25 h.

El 15 de febrero de 1955, Manuel Chamoso Lamas, Comisario de Patrimonio, escribe a María Carrasco, condesa de Gimonde, informándola del avance en los trámites para la compra por parte del Estado de las dos esculturas del maestro Mateo que quedaban en su posesión, y que, finalmente, serían adquiridas para el Museo de Pontevedra, donde están en la actualidad (los profetas Enoc y Elías). «En cuanto a los títulos de propiedad que se exigen por el Estado al vendedor en toda esta clase de compraventas», le indica Chamoso, «conviene que envíen Vds. su reseña y si careciesen de documentos singularmente acreditativos sería necesario que me enviasen una relación, lo más concreta posible, de datos o documentos referentes a la posesión de las referidas esculturas por parte de su familia, los cuales podrían bastar a completar un informe mío que supliese ante el Estado, en cierto modo, la carencia de títulos especificativos de propiedad». 

En respuesta a esta petición, Santiago Puga Sarmiento, conde de Gimonde, escribe de su puño y letra un extraordinario documento titulado Por qué considero mías las estatuas que hasta ahora ha permanecido inédito en el archivo familiar y del que aquí reproducimos un fragmento relevante: 

«En el año 1907, por testamento de mi abuelo paterno D. Manuel M.ª Puga Sarmiento, Conde de Gimonde, los cumplidores testamentarios de él... me dieron posesión de la finca, pazo de Gimonde... Según dicho testamento el heredero… no solo heredaba la finca, rentas a ella afectas, sino también todo lo que en ella hubiese. En una parte o rincón de dicha finca existía una depresión con mesa y asientos de piedra y rodeándola seis estatuas de piedra…conociéndose dicho rincón con el nombre de “Óculo de los profetas” aún hay gentes -vecinos- que lo recuerdan. Estas estatuas con unos sepulcros y la mesa fueron trasladadas para el patio, delante de la casa donde permanecieron muchos años». 

Documento escrito por Santiago Puga Sarmiento, conde de Gimonde, en 1955. ARCHIVO FAMILIA PUGA CARRASCO
Documento escrito por Santiago Puga Sarmiento, conde de Gimonde, en 1955. ARCHIVO FAMILIA PUGA CARRASCO

Continúa el doctor Puga relatando varios episodios del devenir de las esculturas en las primeras décadas del siglo XX, que ahora ya conocemos por otros documentos que pueden ser consultados en el especial Os profetas do Pórtico e a cultura galega. Unha viaxe que non cesa, en la web del Consello da Cultura Galega

Concluye el manuscrito con una nota indicando el estado del conjunto de las seis esculturas en el momento en que escribe, a principios de 1955: «Las tres estatuas fueron policromadas. En la actualidad no lo están [Enoc, Elías y la figura decapitada de Santiago caballero]. Otras tres de menos mérito fueron adquiridas por la Corporación Municipal de Santiago y son en la actualidad propiedad o patrimonio de la ciudad según documento notarial». Estas tres últimas a las que se refiere Santiago Puga son las que se recogen en la escritura de compraventa firmada por él y su primo, el Alcalde de Santiago, Joaquín Sarmiento Garra ante el notario Gonzalo Rey Feijoo el 4 de junio de 1948: las figuras de los profetas Ezequiel y Jeremías del maestro Mateo, que hoy están en posesión de la familia Franco en el Pazo de Meirás, y una lauda sepulcral del siglo XIV que se expone en el Museo do Pobo Galego.

El inicio del éxodo 

No podría haberse imaginado Santiago Puga que mientras que él escribía esa memoria para demostrar ante el Estado que era el propietario legal de las esculturas heredadas de sus antepasados, los dos profetas del maestro Mateo que vendió al Concello de Santiago habían iniciado ya su éxodo hacia Meirás para acabar siendo apropiados, con la connivencia y el silencio de las autoridades de patrimonio, por otra familia a la que nunca se le exigieron pagos, ni contrato, ni documento probatorio alguno hasta hoy. Esa «donación sin papeles» vulneraba, además, la clausula tercera de la escritura de compraventa por la que el conde había condicionado «la venta de las estatuas a que permanezcan indefinidamente en el Patrimonio del Ayuntamiento, de manera que si por cualquiera circunstancia dichas estatuas salieran del Patrimonio Municipal, ya sea por enajenación, donación, concesión de depósito o cualquiera otra posible manera, la Corporación Municipal deberá indemnizar la cantidad de cuatrocientas mil pesetas, que deberá abonar al propio Don Santiago Puga Sarmiento, en su defecto, a los hijos y nietos del mismo, por derecho de representación, y, a falta de unos y otros, a las Instituciones Benéficas, por partes iguales, que entonces existan en Santiago, teniendo personalidad para hacer las reclamaciones oportunas, que procedan, los representantes de dichas Instituciones y la Comisión municipal de Beneficencia».

Indignación de la familia 

El hijo de Santiago Puga, el profesor Álvaro Puga, quien reside en los Estados Unidos, recuerda la indignación de su padre al enterarse de la entrega de las esculturas al dictador. No reclamó en ese momento al ser consciente de la capacidad represora de un régimen en el que «los deseos del Caudillo» moldeaban la ley, y cualquier intento de contravenirlos suponía exponerse a ser alcanzado por los tentáculos de sus redes clientelares, y «condenado» a una eventual muerte civil.

Consolidada la democracia, los herederos de Santiago Puga no olvidaban la afrenta que las autoridades franquistas habían perpetrado contra la voluntad de su padre. En los años 80, su primogénito, Santiago Puga Carrasco, comenzó a redactar, en castellano antiguo, una historia de la familia en cuyo borrador aparece una nota de gran valor testimonial: