La prisión sacó a Rosario Porto del plan antisuicidios antes de que se ahorcara

La madre y asesina de Asunta ya había intentado quitarse la vida en Teixeiro y A Lama


santiago / la voz

Cuando el pasado mes de marzo Rosario Porto fue trasladada al penal de Brieva (Ávila), se le aplicó de inmediato el protocolo de prevención de suicidios, por lo que ingresó directamente en el módulo de enfermería y quedó a cargo de una presa sombra, una reclusa de confianza que ayuda en el proceso de adaptación. Sin embargo, a la madre y asesina —junto al padre, Alfonso Basterra— de su hija adoptiva Asunta le habían levantado esas cautelas, por lo que hacía vida normal antes de que este miércoles se quitase la vida ahorcándose con una tela que amarró a la ventana de su celda.

Los últimos en verla con vida fueron los funcionarios de prisiones que pasaron revista a las ocho de la mañana, cuando las presas tienen que levantarse. Sin embargo, no la encontraron en el comedor para el desayuno, por lo que fueron a buscarla a la celda y fue allí donde la encontraron ahorcada. Dieron aviso inmediato al 112 y los sanitarios intentaron reanimarla.

Instituciones Penitenciarias ha abierto una investigación para esclarecer los hechos, aunque en la celda que ocupaba Rosario Porto no ha aparecido ningún objeto sospechoso ni prohibido. Estaba todo recogido y, según las primeras informaciones, no había ninguna carta ni mensaje. La autopsia deberá ahora confirmar la causa del fallecimiento y descartar otras posibles causas distintas del suicidio, que es por ahora la principal tesis.

Antes de quitarse la vida ahorcándose, Rosario Porto ya había protagonizado otros intentos en las otras cárceles en las que estuvo cumpliendo su pena de 18 años por el asesinato de Asunta. En Teixeiro (A Coruña), el 24 de febrero del 2017 ingirió una dosis letal de un medicamento que tenía prescrito por su depresión y del que había hecho acopio pese a que los funcionarios la vigilaban de cerca y estaba obligada a tomar las pastillas delante del médico.

En aquella ocasión, ella misma afirmó que el motivo del intento de suicidio fue protestar y tratar de evitar que la trasladasen a la prisión pontevedresa de A Lama. No lo consiguió, y tuvo que mudarse en contra de su voluntad. Nada más ingresar en su nueva cárcel, le aplicaron el protocolo antisuicidio, como ya habían tenido que hacer en la institución coruñesa. Finalmente, logró adaptarse, pero sufrió una recaída en su ánimo coincidiendo con la decisión de la dirección de privarle de su destino en la biblioteca del centro, que le permitía pasar las horas entre libros, lecturas, la organización de los fondos editoriales e incluso con la programación de alguna actividad cultural.

«La hundieron», aseguró en su momento su abogado, José Luis Gutiérrez Aranguren, que era ya casi la única persona que mantenía contacto con ella y la visitaba. Los pocos familiares que le quedaban —tíos y primos— y sus amigos le habían dado la espalda.

La nueva mudanza a la cárcel castellana hizo que se repitiera el proceso, aunque Rosario parecía estar más calmada y dejó de protagonizar los continuos altercados que marcaron su paso por Teixeiro y A Lama y que hicieron que le abrieran un buen número de expedientes disciplinarios.

Rosario Porto tenía 51 años de edad y ya había solicitado la concesión de permisos para poder salir de prisión, aunque por el momento le habían sido denegados siempre. No obstante, dentro de no más de cuatro o cinco años habría podido abandonar su reclusión, ya que ya había cumplido siete de los 18 años a los que fue condenada por el asesinato de su hija Asunta.

La pequeña, que fue la primera niña china adoptada en Santiago, tenía 13 años de edad cuando sus padres, de común acuerdo, la drogaron con un medicamento que tenía recetado la madre —Orfidal— en una comida que el 21 de septiembre del 2013 celebraron los tres juntos en la casa del padre. Cuando el tranquilizante le hizo efecto, Porto la trasladó en coche hasta un chalé de Teo que había heredado de su padre y allí la asfixió hasta la muerte tapándole nariz y boca con un objeto blando, probablemente un clínex.

Alfonso Basterra fue condenado a la misma pena porque, según la sentencia, actuó siguiendo un plan ideado y ejecutado conjuntamente por ambos, que estaban divorciados.

Alfonso Basterra rompe a llorar en Teixeiro al enterarse de la muerte de su exmujer

Alfonso Basterra cumple condena en la cárcel de Teixeiro por el crimen de su hija Asunta. Su día a día en el centro coruñés era tranquilo hasta ayer, miércoles. A primera hora de la mañana, al trascender la muerte por ahorcamiento de su exmujer Rosario Porto, Basterra se encontraba en el taller ocupacional y fue trasladado a una estancia para comunicarle la noticia antes de que la viera o escuchara por televisión. Basterra, generalmente de actitud altiva entre los presos y funcionarios, no necesitó oír nada. El comentario generalizado en la plantilla de Teixeiro es que Basterra apenas necesitó que le explicaran nada. Cazó la noticia al vuelo: «¿Qué pasó? No me digan. ¿Rosario?». Lo siguiente fue empezar a llorar e, inmediatamente, los responsables del centro activaron el programa de prevención de suicidios previsto por Instituciones Penitenciarias por si decidía seguir el mismo camino que su exmujer.

Se trata de un protocolo que Basterra conoce de sobra, pues ejercía, hasta ayer mismo, de preso de apoyo para vigilar a otros reos que se considera que podrían intentar suicidarse. Basterra pasó, ya desde las once de la mañana, pasó de ser un preso de apoyo a tener otro asignado. Los funcionarios consultados dicen que, hasta ayer, el padre adoptivo de Asunta mantenía una actitud tranquila y conciliadora con la comunidad reclusa de Teixeiro.

El protocolo antisuicidio aplicado a Basterra incluye, además del preso de apoyo, un seguimiento minucioso del equipo de psicólogos del centro y el vaciado de cualquier elemento de riesgo que pueda encontrarse en su celda. Algunas fuentes añaden que Basterra, desde la mañana de ayer, fue trasladado a otra celda para garantizar que no esconde nada que pueda usar para quitarse la vida. En el tiempo que lleva de condena (7 de los 18 años impuestos) no se intuyeron intentos de suicidio, ni tan siquiera comentarios o gestos frívolos.

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