Galicia bate un récord en la incautación de plantas de marihuana: más de 15.000 en un solo año

Tramas extranjeras asociadas con gallegos abastecen el mercado europeo

Macroplantación de marihuana en un polígono industrial de As Somozas
Macroplantación de marihuana en un polígono industrial de As Somozas

Vigo

Cultivos y más cultivos para consumo propio, o para abarcar mercados locales y comarcales. Entre unos y otros, un escenario colonizador de la planta contra la que luchan por igual la Policía Nacional, la Guardia Civil y las policías locales. Entre todos ellos contribuyeron a que en el 2019 se produjera la mayor incautación de marihuana en Galicia desde que hay registros: 15.152 vegetales arrancados antes de tiempo o en proceso de secado. O lo que es lo mismo, 41 plantas al día. Ya no se fumarán.

Las cifras —recogidas en el último informe del Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado del Ministerio del Interior— sitúan en el 2016 el inicio del primer repunte fuerte. Aquel año se confiscaron 8.507 plantas, por las 2.123 del 2015. Antes, las cifras no superaban las 3.000 unidades al año. Ya en el 2017 volvieron a dispararse hasta las 11.142, sufriendo una drástica caída en el 2018, con 5.139.

El escenario resulta curioso en una comunidad como la gallega, de clima concreto y poco dado, por falta de sol y calor en buena parte del año, para el cultivo de hierba. Sirva de ejemplo la mayor plantación incautada en suelo gallego hasta la fecha, también en el 2019: 4.000 plantas crecían en una nave industrial en As Somozas, bajo la tutela de un ciudadano inglés y seis chinos. Otras operaciones en el último ejercicio evidencian que más extranjeros implicados en el trafico de marihuana residen en Galicia tras pasar por la cárcel o participar en el tráfico de otras sustancias a orillas del Atlántico. Lo siguiente es contactar con grupos organizados en sus naciones de origen para despacharla.

La producción exterior de las plantaciones de marihuana apenas implica gastos; de hecho, las interiores se detectan casi siempre por el consumo excesivo de luz, aunque hoy ya se utilizan generadores eléctricos, alquilados o comprados, para no dejar rastro. También para surtir su inabarcable mercado: de Galicia a Europa pasando por España.

Las detenciones de ciudadanos extranjeros, con antecedentes por traficar otras sustancias, son comunes, sobre todo en las provincias de Pontevedra y A Coruña. Mucha de esa mercancía acaba en sus países de origen mediante organizaciones criminales oriundas. Se alían con ciudadanos gallegos, también vinculados al narcotráfico y conocedores del terreno, para que broten los sembradíos.

Otra ventaja detrás de este crecimiento de los cultivos está en su bajo castigo procesal, inferior al de la cocaína y la heroína, también al del hachís. Las penas por tráfico de marihuana van de uno a tres años de cárcel siempre que el decomiso no supere los 10 kilos. Lo siguiente son condenas que van de los tres a los cuatro años y medio.

Otra casuística generalizada es que los responsables de cada gran cultivo, una vez detenidos y puestos a disposición judicial, casi nunca ingresan en prisión provisional. Los cultivos tendrían que tener una magnitud similar al citado en As Somozas, o implicar a mayores delitos de organización criminal o blanqueo.

Existe, en paralelo, todo una cultura de defensa del consumo y producción de marihuana. Basta decir que se permite la venta de semillas, lo que, a ojos de quienes rastrean su olor, supone un sinsentido que implica la pérdida de tiempo y recursos públicos en un zona tan activa importando cocaína y heroína.

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