Roberto Varela Fariña: «Hacer maletas desgasta el ánimo»

El exconselleiro salió de casa a los 11 años y todavía no ha regresado, salvo un paréntesis en el Gobierno de la Xunta que le dejó «una estela interesante». En breve presentará unas memorias gráficas

Varela en París, de donde tendrá que marcharse dentro de tres años
Varela en París, de donde tendrá que marcharse dentro de tres años

Suena el telefonillo en un piso de París. Roberto Varela (Meaño, 1959) no espera a nadie, pero abre el portal sin preguntar a riesgo de que sus vecinos le reprendan. Como diplomático que es, elude cualquier tópico sobre los franceses, pero cuando retoma la conversación telefónica reconoce que, a diferencia de Nueva York, «el primer acercamiento a esta ciudad es duro, pero después es familiar, tiene de todo y es preciosa», aunque en los últimos años haya vivido momentos colectivos dolorosos. A 1.500 kilómetros de distancia se le nota satisfecho con su destino, pero tendrá que irse dentro de tres años «pase lo que pase». Algo parecido le sucedió en Santiago, Zamora, Madrid, Barcelona -allí se licenció en Filosofía- Londres, París -donde también estudió-, Nueva York, Bonn, Kuwait, Montevideo y ahora de nuevo en la capital francesa, donde ejerce como agregado cultural de la Embajada de España. «Hacer maletas desgasta el ánimo. No quiero dar pena, pero un diplomático no es un emigrante, es una emigración constante».

Con la Galicia exterior tuvo un intenso contacto en Uruguay, donde ganó kilos acudiendo a todas las fiestas de las comunidades gallegas, que querían contar con él para todo, seguramente porque es un intelectual ameno y cercano. Fue el colofón institucional a sus años como conselleiro de Cultura, entre el 2009 y el 2012, una experiencia breve pero intensa: «Volver a Galicia no significó ocupar un puesto de trabajo, para mí fue regresar a mi país, retomar amistades de la infancia y otras nuevas que han dejado una estela interesante. Mucho de lo que ahora hago no sería lo mismo de no existir ese regreso imprevisto y fuera de calendario. De repente me vi en mi país, que no es el que me había imaginado, que es otro, pero también me di cuenta de que el que había cambiado era yo».

El tono existencial tiene su razón de ser. Su amigo Julio Ouviña, propietario del hotel Quinta de San Amaro, le animó este verano a colgar en las paredes de su singular complejo rural en el corazón de O Salnés las fotografías que Roberto hizo en París durante el confinamiento. La muestra se titula Le silence, y refleja unos días «tristes» que coincidieron con el fallecimiento de su madre, de la que no se pudo despedir, y en los que tampoco pudo refugiarse en las actividades culturales. «Me he sentido paralizado, la pandemia ha sido un tsunami que ha cortado todo de cuajo. Por eso me identifico con la situación de los creadores». Él también lo es. En breve regresará a Galicia para presentar O tempo que vivimos, un libro que incluye textos de amigos y fotografías realizadas en su tránsito por el mundo, y que no tendrá carácter comercial. «El confinamiento me dio un regalo, tiempo para la fotografía y la edición. En algún caso ni siquiera soy capaz de identificar los lugares, pero son memorias visuales y sé que es un viaje de regreso». Empieza en la playita arousana de Os Seixiños, en Dena. En casa.

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