¿Por qué cambiar a los conselleiros de Sanidade y Educación en un momento como este?

Feijoo prescinde de Carmen Pomar en la semana de vuelta a las aulas tras asumir que la Xunta no había estado a la altura de las circunstancias; Vázquez Almuiña ya acumulaba problemas de gestión que la pandemia había tapado


Santiago

Feijoo tenía dos opciones. O mantener a los conselleiros de Sanidade y Educación y recibir criticas por ello. O relevarlos y recibir críticas por ello. Así que se inclinó por la segunda, más audaz y autocrítica, pero que le permite abrir una nueva etapa en las áreas que más presión generan en el Gobierno autonómico. En realidad, era el calendario académico, en pleno inicio del curso, y la coyuntura de salud pública las débiles pinzas que sostenían a Jesús Vázquez Almuiña y a Carmen Pomar para poder seguir el Gobierno gallego. Su relevo ha pillado por sorpresa precisamente porque no parecía el momento más oportuno. 

El desgaste del médico y exalcalde de Baiona venía de atrás, meses antes de que sobreviniese la pandemia. La oposición se había anclado sobre su departamento para hacer su labor, y pincharon en carne porque poco después del revuelo que se sustanciaba en el ámbito parlamentario saltaron las costuras de la atención primaria. El propio Feijoo tuvo que ponerse al frente de la gestión bajo la promesa de darle un vuelco completo al Sergas, un papel de conselleiro in pectore que incluso reforzó durante la crisis sanitaria. Hoy casi todos los españoles conocen a Salvador Illa, que ejerció de parapeto de Sánchez desde un ministerio sin apenas competencias, y muy pocos gallegos reparan en la figura de Sito, como le llaman en confianza, que desde este fin de semana dormirá más tranquilo.

Una cosa es el desgaste natural, que es lo que ha ocurrido en Sanidade, y otra muy distinta la rápida combustión que ha sufrido Carmen Pomar. Nombrada en septiembre del 2018, la investigadora de la Universidade de Santiago, experta en altas capacidades, recibió la confianza de Feijoo para gestionar la siempre complicada educación obligatoria —1.100 centros, 300.000 niños y niñas y más de 30.000 profesores—, las universidades y la FP. Sin decirlo expresamente, el presidente asumió su error en el discurso de investidura, al reconocer que la Xunta no había estado «á altura das circunstancias» en el regreso a las aulas. Tampoco en el fin de curso, porque a pesar de tener el viento a favor —el último Informe Pisa es el mejor aval— en pocas semanas Pomar enfadó a los sindicatos, a los opositores por no aplazar los exámenes y a los rectores, a los que quiso escribirles el guion de cómo deben ser la docencia universitaria. Lo último fue una convocatoria de huelga en la semana de vuelta a las aulas, y una presencia escasa cuando arreciaban las críticas. Le faltó la cintura política que sí tiene Román Rodríguez.

Ambos, Almuiña y Pomar, mantienen acta en el Parlamento de Galicia como diputados del PP por las provincias de Pontevedra y de A Coruña. Está por ver si deciden mantener su acta tras el relevo en sus consellerías.

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