Narcotráfico 2.0 en Galicia

El contrabandista que juraba por el bulto de su entrepierna y untaba a diestro y siniestro, el que dio el salto del tabaco a la cocaína, cuenta las noches entre rejas, cría malvas o duerme la siesta de su propia decadencia

Kote

La comisaría de Vilagarcía en la que el ministro Belloch enarcó la ceja al comprobar cómo los agentes sudaban tinta china para trabajar las escuchas telefónicas en el interior de un vulgar armario de oficina se ha convertido en un pabellón de deportes. El pub Museo, el lugar donde Danielito, uno de los históricos de aquel proceso, cayó abatido años más tarde de un disparo en la cabeza, ha sido remodelado para acoger una rutilante casa de apuestas. El tiempo pasa sobre los escenarios de la operación Nécora y las gentes que los habitan. Treinta años. El contrabandista que juraba por el tamaño de su entrepierna y presumía de cuartos, mujeres, mansión y cochazo, aquellos tipos que dieron el salto del tabaco a la cocaína y el hachís, untando a diestro y siniestro para que todos supiesen quiénes mandaban en la ría, cuentan las noches entre rejas, crían malvas o duermen la siesta de su propia decadencia. Algunos, los más discretos, los que leyeron de qué va en realidad todo esto, todavía son capaces de mostrar las garras si se tercia la ocasión. Una vez asentado, el negocio, como la energía, ni se crea ni se destruye: se transforma.

Nadie que hoy se dedique al narcotráfico en Arousa, y esté en su sano juicio, repetiría la sonrojante escena de aquel fenómeno que se sentó en un restaurante para pedir lo más caro y acabó trasegando Vega Sicilia con gaseosa a precio de oro. El narco gallego 2.0 vive bien, solo faltaría, pero nadie tiene por qué enterarse, más allá de su círculo más o menos imprescindible. Echa un trago a tu lado, firma las facturas de algún negocio que no da el cante, conduce un coche potente, quién no, si se lo puede permitir, saluda por la calle y aprovecha el verano para hacer pádel-surf. Su rostro no domina el palco del fútbol ni invita a las fuerzas vivas a tremendas parrandas en el pazo. Es un profesional de lo suyo y ha sabido conservar esa reputación de cumplir y estar callado que cultivaron los pioneros. Hace años que no hay tiroteos. La ría se ha acostumbrado a un nivel, digamos, tolerable. Nada de sicilianización. Uno puede vivir aquí durante años sin enterarse de lo que se cuece por debajo si no quiere.

Esta mafia sigue en pie porque mueve cantidades obscenas de dinero y se alimenta de la inamovible inclinación humana hacia la alteración de la conciencia. Podremos seguir jugando al gato y al ratón, pero eso no hará que pare. Así que tal vez sea interesante centrar de una vez el foco donde duele, en el dinero, olvidar antiguas obsesiones y procurar que la sociedad madure lo suficiente.

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