Testigos retratan al acusado de matar a Ana Enjamio como un acosador machista

La víctima confesó a su novio de toda la vida y a compañeras de la cena que César Adrio la agobiaba y que le tenía miedo

César Adrio, llegando al juzgado custodiado por la Guardia Civil
César Adrio, llegando al juzgado custodiado por la Guardia Civil

vigo / la voz

En la segunda jornada del juicio por el asesinato de Ana Enjamio salieron a la luz muchas señales del acoso «machista» que sufrió la víctima, aunque ni ella ni su entorno las denunciaron. Así se deduce del relato que hizo su novio de toda la vida, Samuel, con el que ella se había reconciliado, y de tres compañeras de trabajo a las que confesó que estaba agobiada por su colega y examante, Cesar Adrio. Tras volver de una cena navideña de su empresa el 16 de diciembre del 2016, la ingeniera, natural de Boqueixón y de 25 años, fue asesinada de 32 puñaladas en su portal. Todos apuntaron al mismo sospechoso: César Adrio. Él se declaró inocente ante el jurado de la sede viguesa de la Audiencia de Pontevedra.

En la sesión de ayer, seis compañeros de su trabajo testificaron protegidos por un biombo y uno insultó al acusado. Pero sus testimonios confirman su versión de que él y Ana vivían un romance clandestino. En enero, Adrio se separó de su esposa, con la que tenía dos hijos, y en febrero, Ana dejó a su novio, cuando él descubrió que andaba con otro. La nueva pareja convivió en un piso de Teis pero ocultó su relación a la empresa y a la familia, según confirmó su padre.

En julio, Ana tuvo dudas y se acercó de nuevo a su exnovio, que la cobijó en su piso «como amigos». Según varios testimonios, Adrio no asumió la ruptura y subió fotos de ambos juntos a su perfil de WhatsApp, lo que destapó su romance. Ana, enfadada, relató a tres compañeras sus «problemas» con él porque iba a su piso a montar «espectáculos» o la amenazaba con difundir fotos si no volvía con él.

Enjamio trabajó en el 2015 de becaria en su empresa de cableado de O Porriño y al año siguiente ascendió. Mientras, César estaba al borde del despido. La jefa de recursos humanos lo definió como «machista» y «misógino», que si lo contradecías, «se alteraba». Había quejas pero nadie lo denunció por acoso a pesar del convenio laboral. A la jefa le llegó «rumorología» del romance y, en la cena, otro ejecutivo se lo confirmó pues le preguntó a Adrio por su divorcio y le contestó: «Tenía un Seat 600 y ahora un BMW». Cuando la policía avisó del crimen a la jefa, ella les aconsejó que «llamasen» a César.

Hubo más señales de peligro. Samuel contó en el juicio que Adrio los molestaba para boicotear su reconciliación, enviándole fotos comprometidas y emoticonos, o enseñándole un test de embarazo de ella. «No logró nada y paró», dijo. Un día, la joven le llamó porque Adrio se tumbó ante su coche para que volviese con él. Ella rechazó denunciarle porque creía que «no iría a más».

Ana confesó a sus compañeras de trabajo que Adrio «la agobiaba» porque la abordaba en su coche o en su portal. Se mudó pero él aparecía donde aparcaba. «Le aconsejamos que buscase en su coche si llevaba un localizador», dijo una amiga. Ella lo descartó. «Le vi mala cara, le animé a cortar la relación», añadió otra. Cuando contó que alguien le rompió los retrovisores del coche, «sospechamos de Adrio pero ella no lo denunció».

La víspera de la cena, una compañera, por mediación de Ana, llevó en coche al acusado y este le contó que llevaba meses durmiendo mal. Pensó que era por su separación pero «era por Ana». Lamentó apostar por ella porque «le había fallado» y añadió: «Si Ana no está conmigo no está con nadie». La amiga no la previno.

Vete, no quiero que estés aquí

Durante la cena, Ana dijo a sus compañeras que Adrio la había «encerrado» en el baño de minusválidos, forcejearon y él no logró nada. Luego, la pandilla salió a coger el coche y él los siguió. Ana le dijo: «Vete, aquí no pintas nada». Al ver que se metían en el párking, César «se marchó corriendo, esprintando».

Las amigas acercaron a Ana en coche a su piso pero, de camino, una temió que Adrio la abordase en el portal. Quiso acompañarla pero, lamentó entre sollozos: «me quedé dormida». Otro compañero, Alfonso, se apeó con la víctima, no vio nada raro y siguió su camino. Segundos antes del crimen, un guardia civil pasó ante el portal y vio a una joven que le decía a un hombre alto y delgado: «Vete, no quiero que estés aquí». No vio riña y siguió.

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