Arousa pelea con las manos desnudas

Pescadores, mariscadores y mejilloneros toman la iniciativa ante la falta de medios y de una respuesta coordinada desde las diferentes administracion


Nadie se prestó a una fotografía demagógica, ayer, en la boca de Arousa. Cuando el fuel por fin apareció, haciendo buenos los peores presagios y echando por tierra los analgésicos discursos oficiales, mantenidos contra viento y marea hasta el último momento, entonces sólo un puñado de mariscadores y pescadores le estaban esperando. Ninguna ocasión mejor para arrimar el hombro en la tarea titánica, casi imposible, que quedaba por delante: frenar la destrucción de la primera reserva marina de Galicia. Pero no. Sola, como siempre, organizándose por su cuenta y riesgo, recogiendo la muerte negra con uñas y dientes, la gente del mar hizo su trabajo lejos de los despachos de Santiago y Madrid. La mañana empezó mal. Las noticias volaban entre las emisoras de las pequeñas embarcaciones, repartidas en dos frentes, al norte y al sur de Sálvora, la isla que cierra la ría. La principal mancha enfilaba el rumbo de Bueu y apuntaba hacia Vigo y las Cíes. Pero una multitud de pequeñas extensiones de fuel, apenas puñados en algunos casos, hasta cinco y seis metros de pestilente hidrocarburo en otros, se colaban en el canal de navegación.

Como sus bisabuelos

Frente a Sálvora, apenas a una milla, uno de esos buques cuyo lujo ni Galicia ni España pueden permitirse, el belga Union Beaver hacía lo que podía con los residuos de mayores dimensiones.El resto quedaba, literalmente, en manos de un centenar de barcos mejilloneros y otras tantas gamelas, unas diminutas lanchas en las que tripulaciones formadas por tres hombres se dejaban el pellejo y el aliento con los mismos medios de los que podrían haber dispuesto sus bisabuelos: trueles, rastrillos, horquillas y sus puños crispados.

Se luchó sin mascarillas y sin guantes cuando fue necesario, a puro nervio y a pulmón descubierto Los bateeiros recogían el mejillón a toda prisa para descargar en los muelles y dirigir sus barcos hacia O Grove y Aguiño, junto a sus compañeros. Alguno arañaba el que quizás fuese el último centollo de la temporada. El momento de la previsión, de hacer acopio de recursos y de buscar la coordinación oficial en un operativo meditado había pasado de largo. En la playa es posible dar media vuelta y esconderse entre cuatro paredes. En el mar, cuando el fuel entra por los ojos y las narices y se multiplica hasta la náusea, no hay alternativa. Las llamadas a la prudencia, al pertrecho bajo medidas de seguridad, el guante y la mascarilla, no sirven cuando el pan y la vida están en juego y sólo el propio esfuerzo se interpone en el avance del desastre. Ayer, en la ría de Arousa, se limpió chapapote donde había que hacerlo, en el agua, antes de que la mortífera carga del Prestige golpease la costa. Y se hizo a pulmón descubierto, sin mascarillas, sin guantes cuando por desgracia fue necesario, a pura mano y a puro nervio.

«¿Tedes mascarillas? Chamade pola radio, pedide máis, aquí hai xente que xa se está a poñer mal»

Cartones de leche

No había ningún loco. Cada vez que una nueva embarcación se unía a la lucha, la exigencia era la misma: «¿Tedes mascarillas? Chamade pola radio, pedide máis, aquí hai xente que xa se está a poñer mal». Eran las tres de la tarde. Muchos de los hombres cumplían su séptima hora entre los pegajosos vertidos. Y la falta de la más básica de las protecciones se suplió con las mismas recetas que podrían haber recomendado sus bisabuelas: en pleno siglo XXI, una planeadora repartía cartones de leche entre los trabajadores para evitar una intoxicación cantada. Difícil imaginar recurso más rudimentario.

«¿Ides a terra? Levádeos e chamade para que os recollan; están moi mal»

Tiempo para las aves

Poco a poco, un gris oscuro fue tiñendo cielo y mar con la amenaza del temporal. Las gamelas cabalgaban olas de cuatro metros con Sálvora y Ons a la vista, dos de las islas del primer parque nacional de Galicia, el de las Illas Atlánticas, que nace bajo la lacra del fuel. A pesar de ello, el horizonte se mostraba huérfano de dispositivos de Medio Ambiente. Ni para intentar proteger el espacio teóricamente protegido, ni para recoger a las aves que nadaban entre el chapapote. Una vez más, eran los mariscadores quienes se encargaban de retirar del mar a mascatos y paíños cubiertos de un manto letal. «¿Ides a terra? Levádeos e chamade para que os recollan; están moi mal». El Carlitos, un barco del Aquarium de O Grove, asumió el traslado. Ya en el muelle, un solitario funcionario explicaba que la consellería estaba desbordada: «É que case non temos barcos». Mientras, las emisoras rugían pidiendo depósitos para los residuos. Todo valía, desde contenedores para el reciclaje de basura hasta capachos de almejas. Ni previsión oficial, ni demagogia. En la ría, sólo trabajo descarnado.

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