El Rey dejó su huella en el chapapote

Los afectados agradecieron al monarca con vítores que fuese el primer mandatario en bajar a la playa y observar los efectos de la catástrofe desde la primera línea

El monarca, durante su visita a Laxe
El monarca, durante su visita a Laxe

Muxía / La Voz

El Rey de España venía con ropa de faena —traje y abrigo largo—, pero bajó a la arena sin preocuparse por ese chapapote —en Muxía lo saben— que se pega hasta los huesos. En tierra, desde el paseo, el comentario estalló de golpe: «Por aquí xa pasaron moitos a mirar, mais el é o primeiro que baixa». Y los muxiáns se lo agradecieron con aplausos y vivas. Y es que nadie se lo esperaba.

«Por aquí xa pasaron moitos a mirar, mais el é o primeiro que baixa»

El Rey, por sorpresa, enfiló el arenal para conocer de boca de los voluntarios cómo se estaban realizando las tareas de limpieza. Siguiendo la estela del monarca, Fraga y Rajoy también tuvieron que mancharse los zapatos. Alrededor del monarca, kilómetros de uniformes verdes y de corbatas. Agentes con pinganillos en la oreja e impecablemente vestidos. Los periodistas, controlados como un rebaño —con perros y todo— y la promesa anticipada de que el Rey no iba a hacer declaraciones. Don Juan Carlos llegó en un Mercedes con una corona dorada por matrícula, con un séquito de media docena de coches anunciando su venida, y al abrirle la puerta estallaron los aplausos. Una mujer quiso tocarlo como quien toca una reliquia, y los agentes se afanaron en contenerla. No tenía el Rey tantas manos como las que le pedían. El acoso de las cámaras no fue menor, y alguno rodó con el equipo, despejado por los guardaespaldas.

El Rey, explicó, no venía para fotos demagógicas, y su semblante preocupado confirmaba entre el chapapote de O Coído que aquella tragedia sí era grande, algo que saben todos los habitantes de Muxía y que pedían a gritos que de una vez alguien reconociera. El Rey preguntó y preguntó mucho: cómo se recoge, cómo se pega a las piedras, para dónde rola el viento, y se preocupó en estrechar manos consoladoras y hasta en regalar algún beso —la afortunada de Laxe se lo contará a sus nietos—, y algunas sonrisas a los niños de cuatro y cinco años que aparecieron por el puerto de Laxe para ver a la cabeza de la Casa Real.

El rey Juan Carlos saluda a los niños de Laxe
El rey Juan Carlos saluda a los niños de Laxe

Algunos, por estas fechas, esperaban un rey mago, otros soñaban con una cabeza coronada, pero la altura del personaje la ponían las caras serias y solemnes de los pequeños. Los gritos de protesta, que los hubo, no pudieron competir con el calor de una primera visita real.

Pancartas durante la visita del monarca
Pancartas durante la visita del monarca

El Rey puso un pie en la Costa da Morte y, además, lo metió en el fango. El aire crítico hacia la actuación política se diluyó ayer con Juan Carlos I. Nadie se acordó de abrir la boca ante Manuel Fraga y Mariano Rajoy, cuya valoración en la zona cayó en picado desde que el Prestige se fue al fondo arrastrando con él la economía de la Costa da Morte. Ayer todo el mundo separaba, en Laxe y en Muxía, la política de la monarquía, y en tan sólo un par de horas —lo que duró la visita real—, quedó claro qué es lo que valoran más. «Non protestedes —decía una mujer a los manifestantes—, que se non non volve máis».

Protestas de los trabajadores del cerco de Malpica
Protestas de los trabajadores del cerco de Malpica

Las «fans» del Príncipe

Y es que muchos querían verlo otra vez y a ser posible acompañado del resto de la familia. Las fans del Príncipe eran innumerables y las jóvenes comentaban, medio en broma medio en serio, que no les importaría llegar a reinas: soñar —decían— es gratis. La visita de Juan Carlos I fue también una especie de sueño, pero gracias a él ayer en Muxía mucha gente se olvidó por un rato del Prestige.

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